Esporas de América Latina

“esporas”, en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y tantas otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de escritura. Tenemos el placer de inaugurarla con microrrelatos de Luisa Valenzuela.



Luisa Valenzuela (Buenos Aires, 1938), cuentista, novelista, ensayista y periodista argentina es una de las más importantes escritoras latinoamericanas contemporáneas. Su madre Luisa Mercedes Levinson, escritora interesante y original reunía en su tertulia a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato, Eduardo Mallea y a numerosos intelectuales españoles republicanos exiliados y Luisa tuvo la suerte de conocerlos. Desde muy joven empezó a colaborar como periodista, publicando notas y reportajes en la prensa argentina. A la edad de 19 años, apareció su primer cuento en la revista Ficción. En 1966, en Francia, terminó de escribir su primera novela Hay que sonreír. Un año después, publicó el volumen de cuentos Los heréticos. En 1972 salió, en México, El gato eficaz, cuentos. Siguió con el género breve y publicó, en 1976, Aquí pasan cosas raras. Pasó a la novela, publicando Como en la guerra, en 1977. En l979 Luisa se radicó en Nueva York y durante diez años enseñó literatura latinoamericana y “creative writing” en Columbia University y en New York University. Nueva York le dio muchas sugerencias e ideas que plasmará en Novela negra con argentinos (1990). También pasará un tiempo en México D.F., que es otra de las metrópolis importantes en su cosmopolita geografía personal. Tiene varios volúmenes de cuentos, Libro que no muerde (1980), Cambio de armas (1982), Donde viven las águilas (1983). En 1983 apareció además su novela Cola de lagartija. Los años 90 vieron la publicación, además de la arriba mencionada Novela negra..., de la novela Realidad nacional desde la cama, de los cuentos de Simetrías (1993). Y la reunión de su obra cuentística publicada hasta el momento, Cuentos completos y uno más (1999). En 2001 apareció la novela La travesía y un libro de ensayos, Peligrosas palabras. Un año después, Guillermo Saavedra organizó una extensa antología de la obra de Luisa titulada El placer rebelde. Siempre en 2002 vieron la luz, en México, el libro de ensayos Escritura y secreto y, en Buenos Aires, Los deseos oscuros y los otros. Cuadernos de Nueva York, texto “híbrido” que viaja en los territorios de la autobiografía, la literatura y el ensayo. En 2004 Fondo de Cultura Económica publicó la Trilogía de los bajos fondos que reúne las novelas Hay que sonreír, Como en la guerra y Novela negra con argentinos. Luisa Valenzuela es la autora argentina más traducida al inglés. Agradecemos profundamente a Luisa Valenzuela la amabilidad y gentileza de habernos permitido publicar en nuestro sitio sus microrrelatos.


“Todo escritor debe haberse soñado alguna vez como personaje de su propia literatura”

Luisa Valenzuela (Peligrosas palabras, Buenos Aires, Temas, 2001)


Usted suele sentir... (De Libro que no muerde, 1980)

Usted suele sentir lo que otros llaman nostalgia. No siempre, siempre trata de reír y estar alegre, pero a veces – qué le vamos a hacer – le agarra eso de la nostalgia, animal ofendido. Y entonces es como un dolor muy poco inteligente que le va avanzando sin ton ni son por el cuerpo y que no oprime allí donde debería oprimir un dolor cualquiera. Como esos dolores de los que ni vale la pena hablar, los que todo el mundo sufre: la falta de amor o el dolor de cabeza o las tripas de estopa. Cosa de todos y de todos los días. Lo que mata es lo otro: la añoranza de aquello que nunca llegará tan siquiera a dejarse entrever, a sugerirse.

© Luisa Valenzuela


 

Elementos de botánica (Inédito)

En primera instancia eligió las más bella y dorada de las hojas del bosque; pero estaba seca y se le resquebrajó entre los dedos. Con la hoja colorada, también muy vistosa, le ocurrió lo contrario: resultó ser demasiado blanda y no conservó la forma. Encontró una notable por sus simétricas nervaduras pero le pareció transparente en exceso. Otras hojas elegidas acabaron siendo demasiado gandes, o demasiado pequeñas, o muy brillantes pero hirsutas, ásperas o pinchudas. No debemos compadecer a Eva. Pionera en todo, fue la primera mujer en pronunciar la frase que habría de hacerse clásica por los siglos de los siglos: “¡No tengo nada que ponerme!”.

© Luisa Valenzuela


 

Uno de misterio (Inédito)

Acá hay un sospechoso, qué duda cabe. Usted vuelve a releer el microrrelato, lo analiza palabra por palabra, letra por letra, sin obener resultados. Nada. No se da por vencido. Gracias a la frecuentación de textos superbreves como el que tiene ante sus ojos usted sabe leer entre líneas, entonces se cala bien las gafas y ausculta el espacio entre las letras, entre los escasos renglones. No encuentra pista alguna. Nada. El sospechoso es más astuto de lo que suponía. Toma una lupa y revisa bien los veinte puntos, las veinte comas, sabe que debe esconderse en alguna parte. Piensa en el misterio del cuarto amarillo, cerrado por dentro. El sospechoso no puede haberse salido del texto. No. Busca el microscopio de sus tiempos de estudiante y escruta cada caracter, sobre todo el punto final que es el más ominoso. No encuentra absolutamente nada fuera de lo normal. Acude a una tienda especializada, compra polvillo blanco para detectar impresiones digitales y polvillo fluorescente para detectar manchas de sangre. Sigue las instrucciones al pie de la letra con total concentración y espera el tiempo estipulado sin percatarse del correr de las horas. Pasada la medianoche oye un ruido atemorizador, indigno. Está solo en la casa, en su escritorio, ante el relato que cubre apenas un tercio de la página. Insiste en su busca, no se asusta, no se impacienta, no se amilana, no se da por vencido.
Y descubre, consternado, que para mí el sospechoso es usted.

© Luisa Valenzuela


 

Efectos especiales (Inédito)

En el importante estudio de filmación contrataron al mayor experto en efectos especiales. El galán no quería dobles, y por supuesto no se le podía pedir que saltara de una terraza a otra a veinte pisos de altura como exigía el libreto. El experto era un verdadero mago, un brujo, siempre lograba lo que le pedían. Supervisó él mismo la construcción de las plataformas de veinte centímetros de alto que simulaban las terrazas, escogió con especial cuidado la pintura negra del suelo para poder generar allí el abismo por computación. Pero el galán se negó a saltar el metro que separaba una plataforma de la otra. Me voy a arrugar los pantalones, alegó, me voy a despeinar y lastimar las rodillas. Necesito que lo haga, insistió el experto, para obtener la necesaria apertura de piernas así la escena sale perfecta. Usted es un verdadero mago, un brujo, arrégleselas con lo que puedo brindarle porque yo no estoy acá para recibir órdenes, le contestó el galán de mal talante.
Y el experto se las arregló: la escena quedó perfecta, pero el galán no pudo asistir al estreno mundial de la película porque la noche anterior, cuando quiso saltar un charco al borde de la vereda, cayó a un abismo de veinte metros y no sólo se despeinó, o se le arrugó el pantalón, o se lastimó las rodillas.

© Luisa Valenzuela


 

Círculo vicioso (Inédito)

Me pregunto cuántos elefantes vivirán en mi casa. Son invisibles, incorpóreos, pero sus enormes deyecciones empantanan la sala mientras toda la familia duerme. Por la mañana el piso poroso ha absorbido hasta el último trazo. Perdura el relente, y el aire de la casa se espesa obligándonos a hablar a los gritos hasta insultarnos. Los elefantes no se inmutan por eso, de eso se alimentan.

© Luisa Valenzuela