Álvaro Vargas Llosa, Il mito Che Guevara e il futuro della
libertà, Turín, Lindau, 2007, 105 páginas.
El panfleto es una obra breve cuya finalidad es
la comunicación inmediata. Se caracteriza por poseer un lenguaje claro y un
estilo breve, directo, eficaz. Es, a menudo, un instrumento de propaganda
política, de ideas (cuando las hay) o de simple propaganda de lugares comunes,
sofismas y otras amenidades. A través de un panfleto se seduce o se crea
rechazo. Este último efecto es el resultado del liviano, acrobático y
tambaleante Il mito Che Guevara e il
futuro della libertà [The Che Guevara
Myth and the Future of Liberty, El mito del Che Guevara y el futuro de la
libertad]. Su autor, Álvaro Vargas Llosa (Lima, 1966), es periodista
político y “propagandista-portavoz” de los dogmas neoliberales hegemónicos. En
la solapa del librito se lee que es hijo de otro Vargas Llosa (Mario) como si
uno tuviera que apelarse a la fama de sus progenitores para poder ser uno
mismo. La credibilidad no se adquiere por herencia sino que se gana con el
trabajo y la seriedad. Sobre todo cuando se quieren demostrar cualidades y
capacidades ante un vasto público lector. De lo contrario se hace exhibición de
veleidades, vanidades y vacíos. A éstas últimas habría que añadirle otra más:
la debilidad. Que puede ser plural: debilidad argumental, cultural, de
reflexiones, de conocimientos. El panfleto en cuestión es la reunión y
transformación en libro de algunas notas aparecidas en medios periodísticos de
habla hispana y está dividido en tres capítulos. Recuerdo, en especial, el
primero, es decir, La macchina assassina.
Che Guevara: da campione del comunismo a gadget del capitalismo [La máquina asesina. Che Guevara: de campeón
del comunismo a gadget del capitalismo]
que apareció, por entregas, en el diario La Nación de Buenos Aires, en el año 2005. Ya desde
el principio el libelo es un muestrario de debilidades. Y vamos a decir porqué.
En la introducción, Vargas Llosa empieza narrando una anécdota de sus años de
estudiante de college inglés. Para él fue desagradable descubrir, en las
paredes del cuarto de un compañero suyo, dos imágenes: la de Abimael Guzmán y
la de Ernesto Che Guevara. Sin duda, su confundido e ignorante camarada no
había sido capaz de discernir y diferenciar a ambos personajes, incompatibles di per sé y no solamente por cuestiones
ideológicas y de método. Es allí donde interviene el “iluminado” autor
intentando diferenciarlos pero recurriendo, al final, a una forzada y torpe
analogía que poco asidero tiene: le cuelga al Che el adjetivo de “estalinista”
(sic) y sentencia que “lo que los unía, es decir, una absoluta sed de poder era
más importante de lo que los distinguía” (p.7). Luego ensaya una especie de
declaración de principios digna de neoliberal bienpensante e hipócrita cuando
afirma que más de la mitad de la humanidad vive en la miseria y bajo la tiranía
a causa de la mentira. Curiosa afirmación, pero muy típica de los neoliberales
que bien se les podría definir como “mercaderes monopolistas de verdades
únicas”, que no dudan ni siquiera un instante en convertirse en gratuitos
liberticidas coludidos con el fascismo cuando se trata de defender los
intereses del capitalismo y del fetiche mercado. Todos sabemos y muy bien que
más de la mitad de la humanidad vive en la miseria gracias a la salvaje tiranía
de la explotación y de la exclusión generadas por el único sistema económico
imperante: el capitalismo, el cual, a pesar de los dogmas, las mentiras de los
neoliberales y de las débiles y sofistas acrobacias propagandísticas de los
Vargas Llosa (padre e hijo), sigue siendo tan bárbaro y salvaje como antes.
Sigue en sus disquisiciones nuestro “iluminado” propagandista y esta vez apunta
contra Ernesto Guevara ensayando otra torpe analogía con Batista y pontificando
que “él (Che Guevara) no era muy diferente de la dictadura de Batista que
combatió de guerrillero en las selvas de Cuba, sino por el hecho de que en el
papel de dictador el Che demostró ser mucho más eficiente e ideológico” (p.
8-9). Como podemos ver, la ignorancia o la mala fe de Vargas Llosa es
descomunal y revela cuán paupérrimos son los neoliberales en su intento de demonizar
y demoler, en este caso, a Ernesto Guevara. Ignorancia histórica y pocas luces
en el análisis porque nadie que tenga un mínimo de inteligencia y lucidez se
atreve a afirmar semejante despropósito. La demolición continúa impertérrita y
carente de argumentos sólidos en el primer capítulo cuyo título hemos citado
líneas arriba. Va desde el vacío de sentido del ícono mediante su
mercantilización por parte del capitalismo, pasa por la ridiculización hasta
llegar a la criminalización del personaje. No es una mera casualidad que este
librito haya salido justo cuando falta poco para que se cumplan 40 años del
asesinato de Ernesto Guevara a manos de la CIA junto con sus genuflexos cómplices bolivianos
y mercenarios cubanos. Desde un escenario internacional y gracias al poder de
atracción del apellido, Vargas Llosa pretende hacerles un favor a sus
nostálgicos amigos mercenarios batistianos de Miami, a esa fauna variopinta
compuesta por terroristas de extrema derecha impunes. Esa cofradía de mercenarios
ha armado una maciza campaña de criminalización mediática de Ernesto Che
Guevara. Aquí también se inserta Vargas Llosa fungiendo de megáfono repetidor
de consignas. Parece que los estudios de ciencias políticas en una universidad
“very british” y, en particular, los de Historia universal, no le han servido
para nada a Vargas Llosa. Todos sabemos que en las guerras se cometen excesos,
crueldades y desmanes. Nadie está libre de ellos. Sobre todo en una guerra
revolucionaria de liberación como fue la cubana. Y en la que, como en todas las
guerras de la Historia,
hubieron víctimas. No contento con insistir sobre la crueldad, la sed de poder
y otros disparates, Vargas Llosa recurre a propinarnos otra torpe analogía
entre Lavrenti Beria y Ernesto Guevara. Sin embargo, una curiosidad nos
suscitan las “reflexiones” de Vargas Llosa: la “amnesia” histórica que
manifiesta con respecto a criminales muchos de ellos impunes como Pinochet,
Stroessner, Fujimori, y toda la demás pandilla. Es aquí donde los neoliberales
están coludidos con el fascismo. Sólo que les falta la honradez necesaria para
admitirlo. A parte la indignación que nos genera el hecho de leer estas
sandeces, ahora pasamos a la risa dado que, al parecer, el panfletista sigue en
su intento desesperado por encontrar asideros a las manifiestas carencias de
sus, por así llamarlas, reflexiones. No hay un verdadero análisis que sostenga
estas páginas. Atribuir a Guevara el calificativo de “máquina asesina” es
solamente vulgar difamación y es indicativa de la miseria de ideas de los
neoliberales poco aptos a la elaboración teórica seria y responsable y más
idóneos a la ramplona propaganda. Los otros capítulos del panfleto de Vargas
Llosa se titulan: Il liberalismo
dell’America Latina: un miraggio? [El
liberalismo de América Latina: ¿un espejismo?] e Il retaggio dell’individualismo in America Latina [La herencia del individualismo en America
Latina]. En ellos quiere darnos unas lecciones de “liberalismo”, cuando
sería mucho más honesto y valiente que dijera de “neoliberalismo”. Es allí
donde despliega la defensa de algunos conceptos mal utilizados y mal
comprendidos como “colectivismo”, por ejemplo. El presunto “colectivismo” al
que se refiere Vargas Llosa con tanta vehemencia nunca existió en la América Latina
contemporánea por la sencilla razón de que nunca se implantó, a parte Cuba, un
sistema socialista, si eso es lo que entiende por colectivismo. En América
Latina el capitalismo tuvo una naturaleza dependiente y periférica. Lo debería
saber muy bien el panfletista porque es el abc de cualquier manual de historia.
Si por colectivismo entendemos una idea de comunidad o de colectividad o de
bien común estamos muy lejos. Son cosas muy diferentes. La idea de bien común
nunca fue puesta en práctica en América Latina y el tan exaltado individualismo
que predica Vargas Llosa es sólo una manifestación más de la barbarie. Es
suficiente ver qué grado de solidaridad y de conciencia del bien común existen
en sociedades como las latinoamericanas tan laceradas y violentadas por las
contradicciones del capitalismo salvaje. Para el panfletista, el colectivismo
significa el desprecio por el individuo y aquí sería imprescindible hacer una precisión:
a pesar de que es un error garrafal hablar de colectivismo, hay que decir que desde
el dizque “liberalismo” se siguió despreciando al individuo negándole derechos,
exigiéndole sólo deberes, expulsándole del “mercado” de trabajo. Precarizándole
la vida, la existencia, las esperanzas. Esos “grandes cambios” que defiende
Vargas Llosa, con tanta debilidad argumental y con un tono que raya en el
fundamentalismo, cuando se refiere a los años 90, son años perdidos en
bienestar, justicia y derechos elementales en América Latina. Allí también,
para seguir defendiendo lo indefendible, retorna al “ejemplo” chileno en el
cual homenajea la privatización de las pensiones y de la salud que define, con
desparpajo, “intocables” porque estaban en manos del Estado. Sólo que evita por
comodidad y mala fe hacer cualquier referencia a la dictadura criminal de
Pinochet que fue el mejor banco de ensayos del neoliberalismo. Por otra parte,
Vargas Llosa, en su ataque al Estado, exalta otro fracaso más de las tropelías
del capitalismo salvaje: la economía informal. La economía informal es un
fracaso porque coexiste marginada en un sistema mal administrado y peor
concebido. Es una de las patologías del sistema y en su espacio se perpetúan
todas las lógicas brutales de explotación y de negación de los derechos
elementales. En suma, el panfletista no dice nada nuevo de lo que ya conocíamos.
Escuchamos sólo una monótona y repetitiva musiquita que ya fue interpretada por
otros, “in primis”, Vargas Llosa (padre), su ex amigo Hernando de Soto, Francis
Fukuyama, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Carlos Menem, los neocons, teocons,
Sarkozy, Berlusconi, Aznar, y toda la fauna del “pensamiento único” neoliberal.
Cabe preguntarnos: ¿Son éstas las novedades que proponen los neoliberales?
Escribir un panfleto es seguramente un desafío o una apuesta. En esta obrita
hay toda una serie de lagunas, censuras y omisiones deliberadas e
instrumentales. Y es débil por la gravedad de sus carencias. Lo único que salta
a la vista a cada instante es la difamación gratuita y la mentira deliberada.
El resultado es magro, escaso, estridente, a pesar de las veleidades de su
autor. Si comparamos este libelo con otros escritos en los siglos pasados sólo
podemos sentir nostalgia. Al menos, sus autores eran más serios, menos
“amnésicos”, menos ignorantes y sabían argumentar bien sus puntos de vista.
Pensar no es una cosa fácil. No se adquiere automáticamente por herencia. Se
adquiere a través del trabajo, de la sensibilidad, de la cultura. Es así como
uno puede presentarse con seriedad. Es así como uno puede ser honrado y creíble.
©Luis
Dapelo, 2007.