Tununa Mercado (Córdoba, 1939)


"Identidad"


"Pensar una erótica"

 


Identidad (de Narrar después, 2003)

 

 

Identidad, pertenencia, nacionalidad, desato estas nociones y sólo aparece ante mis ojos un tipo de razonamiento que enceguece por el sentido común que lo preside: el lugar donde se ha nacido, el origen, gravita en la obra, incide en las maneras literarias del autor, determina su posición en el mundo. Y seguramente produce muchos más efectos. Pero descender hasta ellos y constatarlos, no me produce en este momento ninguna revelación particular. Nací en la Argentina, en una ciudad del interior, Córdoba, capital de provincia; viví y vivo en Buenos Aires; durante muchos años viví en el exterior. Es como si estuviera releyendo un apunte de mis tiempos de Facultad de Letras y reconociera el juego de flechas que van de un punto a otro destacando un itinerario trasegado que va de la causa al efecto, tratando de disimular su corto alcance con otros signos enfáticos, promesas de un desarrollo que no crece. Tanteo esos datos como quien toca una materia de escasa elocuencia, pero que sin embargo insiste en susurrarme que algo debe haber pasado por haber nacido en un lugar y me doy cuenta de que la pregunta sobre la identidad ha estado presente para mí en estas décadas desde el setenta en adelante por circunstancias que quizás no sea imprudente evocar.

 

La primera vez fue cuando me fui de Córdoba para vivir en Buenos Aires, en mis años veinte. Es fácil imaginar cómo pudo haber reaccionado una joven provinciana en Buenos Aires. No hizo falta una lucidez “federalista” para ver el carácter de mundo aparte que se vivía en la gran ciudad respecto del interior y percibir la diferencia debe haber sido un factor constitutivo en mi formación. De hecho, en mi entorno familiar, en la propia Facultad de Filosofía y Letras donde yo había estudiado, Buenos Aires aparecía como un punto distante en el que se decidían los rumbos culturales del país y, por eso mismo, como un objetivo deseado en el terreno de la política o en el de las aspiraciones literarias. De hecho, por la configuración política misma del país, llegar a Buenos Aires siempre fue la meta de los aspirantes al poder. No me parecía evidente sin embargo entonces que alguien estuviera interesado en los intercambios entre el interior y Buenos Aires. En Córdoba, más bien reinaba la sospecha frente a cualquier porteño que pretendiera hacerse oír y, desde Buenos Aires o en Buenos Aires, el modo en que se marcaba o se intentaba imitar mi tonada peculiar cordobesa, dejaba ver una reticencia leve, por estar yo entre gente de buenas maneras, pero reticencia al fin.

 

Curiosamente, se iba definiendo para mí una forma de pertenencia que voy a tratar de describir: me había “avencindado” en Buenos Aires, vivía en una ciudad de cuyos bienes gozaba y en cuyo ritmo no se me impedía entrar, pero con la sensación de estar en una capital extranjera: la decisión de irme de Córdoba se parecía más a una ruptura que a un simple traslado de ciudad, pero lo que dejaba al irme ya entonces empezaba a cobrar la forma de un capital que esperaría su momento para declararme sus beneficios. Estar y no estar, ser de un lugar y no serlo, esa provisoriedad que en algún momento pudo haber sido sentida como empobrecimiento, fue finalmente mi acumulación primitiva.

 

No hubo nostalgia entonces, sólo puede haber ahora una nostalgia retrospectiva porque nos hacemos viejos en este aprendizaje de las pérdidas y porque y en otros desplazamientos más traumáticos, como por ejemplo el exilio en México durante la dictadura militar, se puso a prueba la decisión de sobrevivir y de crear un espacio político que nos diera sentido como personas más universales y no sólo como argentinos.

 

La cuestión de la identidad había hecho crisis por primera vez mucho antes de México y fue en Francia, cuando después de tres años de vivir allí se planteó si en verdad nosotros, familia de cuatro, con dos hijos bilingües, íbamos a escribir, leer y vivir en francés. Y, como si huyéramos de una fuente de confusión que podía llegar a desintegrarnos, decidimos volver a la Argentina. La identidad, sin formulaciones teóricas expresas, sólo afloraba por imperio de una elección: la lengua de la escritura.

 

Provisoriedad, un fuerte instinto de hacerse del lugar que se pisa y en el que se come, duerme y trabaja, una confianza no menos débil en el instrumento de la lengua, son condiciones para configurar una identidad que cualquiera podría considerar difusa si se piensa que la identidad, cuando se la esgrime como un condicionamiento o como una determinación, tiene un lugar geográfico, un punto desde donde arrojar la flecha para llegar a la obra, y que toda otra heterodoxia acerca del valor del origen es una herejía.

 

En ese vagabundeo o errancia por el mundo que no fue una elección aunque a la larga podría demostrarse que lo era por instinto de vida, sino que fue el efecto de circunstancias políticas adversas, lo que se plasmó y arraigó en realidad fue la lengua. Pero voy a tratar de precisar qué es la lengua para mí, o qué fue esa idea de lengua que había que salvar cuando otra lengua, el francés, se filtraba conmoviendo el impulso de escribir y corriendo el riesgo de anegarlo y por qué la lengua aparece como el principal condensador de la escritura.

 

La lengua en la que escribo, el español, es porosa, no se abroquela detrás de una coraza purista sino que deja circular en su interior partículas que la han penetrado en los sitios en que tocó convivir con otras culturas en español, especialmente en México. No se trata, y ésa es la condición para la aventura de escribir, de “adoptar” términos, de pedir prestado riqueza ajena, sino de dejar que lo que se ha incorporado se deposite y se intercambie con lo ya existente fuera de la voluntad de quien lo recibe. Esos huéspedes sigilosos y discretos no dejarán saber que fueron “de honor” hasta el momento en que mucho después, releyendo un texto, el lector, e incluso el autor mismo advertido por un lector, se den cuenta de que una inflexión, un rasgo, una reminiscencia, delatan una lengua de adopción, en este caso la de México.

 

¿Privilegio el exilio? ¿Privilegio las migraciones? Estos alcances sólo se pueden medir con el tiempo. Pero reflexionando en mi propia historia, podría decir que si lo fue, y volviendo sobre el francés, no fue su influjo lo que en algún momento hubo que disminuir para asumir la escritura propia, porque esa lengua incluso me enseñó a pensar o, si se prefiere, su estructura convino perfectamente a los tiempos de aprendizaje del pensamiento teórico contemporáneo, cuya permeación francesa es indiscutible.

 

No pretendo desbaratar las ideas de identidad que circulan en el edificio de la literatura, ni debatir con ellas. Pero me parece que al querer circunscribir mi caso estoy teniendo en cierta medida lo que se llama una reacción. Yo tendería a creer que la cuestión de la identidad empieza a ser sobre todo un argumento para defenderse de la amenaza de destrucción que las últimas formas exacerbadas del capitalismo cumplen o pretenden cumplir sobre grandes y pequeños grupos de “identificados”. Y que la respuesta: defender a rajatabla la identidad idealizando particularismos regionales, étnicos o nacionales tiene un alcance ideológico, en el mejor de los casos de preservación, pero que no perturba radicalmente el carácter invasor de la red que se ramifica sin límites. Porque una vez que se nos piden los papeles de identidad, que se nos identifica, no por eso se nos deja sueltos, sino que justamente se nos circunscribe y esta operación de cerco no se ve muy bien por qué estaría lejos de la clásica demarcación de fronteras para dominar.

 

Yo sé que esta especie de “universalismo” en el que me sitúo puede herir susceptibilidades. A muchos se nos clasifica como escritores del interior o como escritores de provincia, hay una categoría que nos preside por costumbre: “lo nuestro”, y a muchos les ha costado mucho constituirla. Finalmente, tanto una, pretendidamente internacionalista como la otra, localista, son construcciones que se levantan o modelos que se arman para entender. Y mi propio arreglo, que ordenaba sus figuras en torno de la provisoriedad, sólo funciona si lo remito a una historia literaria personal. Con hitos autobiográficos y un desarrollo cuyos alcances sólo puedo observar en perspectiva.

 

Veo varios exilios, simbólicos y reales. Y se me ocurre pensar que la identidad es la manera en que una escritura se desplaza montada en una sintaxis, con diversos ritmos y cadencias, originarios y aluvionales. Encabalgada en modos propios y ajenos, sensible y porosa a lo diferente, se ha dejado permear por inflexiones y saberes. En mi caso la condición que la hizo posible fue el exilio. Pero hay otro exilio que no es vivir en tierra extranjera y que atañe a la situación misma de quien escribe en el momento en que escribe. Allí las fronteras las levanta el proprio texto a medida que se ejecuta, y el único puente que se tiende hacia el mundo es el hilo de la escritura. En ese sitio separado, provisorio e indistinto, la pobreza y el aislamiento son extremos. El movimiento que se ejecuta se parece al de una bomba que extrae, pierde y acumula recursos infinitamente renovables, en este caso de la lengua.

 

                                                                                                 Luján de Cuyo, 5 de octubre de 1998

 

©Tununa Mercado, Narrar después, Rosario, Beatriz Viterbo, 2003.




Pensar una erótica (de La letra de lo mínimo, 2003)

 

 

Anoche quería apresar, entre un sueño y otro, cuál era la molestia que me causaba estar “cobijada”, como escritora, bajo la designación “literatura erótica”. La cobija, si la hay, es como cualquier otra: pesa, da calor, pone techo y deja mirar hacia arriba, produce, incluso, escozor y, sobre todo, aísla en una clasificación rutinaria. Igual asfixiarían otras cobijas: “usted es una novelista histórica”, o “una costumbrista”, o “una poeta lírica” o una “escritora feminista”. Si la mera idea de los géneros como instrumento para encasillar y aun para marginar distintas prácticas puede provocar fastidio, por qué no ha de provocar fastidio, por qué no ha de provocarlo una taxonomía que se le superpone en un mismo impulso de orden, rol o nómina cuyo designio, manifiesto u oculto, es demarcar y castigar al que se sale de las estructuras. Nunca he dejado de escribir que el máximo erotismo es precisamente escribir o, si se prefiere, solamente pensar o, aún más, contemplar. Pero, de noche, envuelta en cobijas, me esforcé en aislar una idea que diera cuenta, en ese momento de mi reflexión, de dos posiciones que de inmediato viví claramente separadas por un foso y, a medida que pasaban los minutos, por un abismo: literatura erótica y escritura erótica, que aparecían, cada una, en dos dimensiones diferentes, que de manera provisoria llamé sistema cerrado y fluido libre, respectivamente. Hacer literatura erótica sería aceptar un sistema con todo y sus normas, es decir un orden que promete o en el que se busca un determinado efecto mediante la combinatoria particular de ciertas figuras y con la voluntad de mantener una tensión que eventualmente habrá de dirimirse en un final triunfante. Apela a recursos, los dispone como valores, hace una economía anatómica basada en magnitudes, cuando no más pedestremente en medidas, y llega a proponerse como una pedagogía en la que alguien instruye a otro sobre el más alto rendimiento del placer, en posición de sometimiento o de dominación. Escribir erótica, o hacer escritura erótica “en fluido libre” implica más riesgos: la progresión se hace simultáneamente al avance del texto, y por eso mismo, por ser fluido, se distancia tanto de un futuro como de un pasado y capta la instancia amorosa en un continuo de las formas, en un devenir de esas figuras que obstinadamente se reúnen para separarse en la línea de la escritura. El acto de fusión es fuerte y desesperado el intento, porque pensar así una erótica, en ese lugar “otro” que es la escritura, es quitarse los ropajes – la cobija – y quedar abandonado(a) al máximo desafío: que las palabras extraigan y segreguen Eros, por la pura fuerza, ascética y desnuda, del acto de escribir. Esa sería la distancia entre premeditación (de literatura erótica) y meditación (de escritura erótica), interrumpiendo en dichos términos la corriente que los lleva, en un caso, a alevosía y, en el otro, a trascendental.

 

                                                                                                    Buenos Aires, 24 de mayo de 1993.

 

©Tununa Mercado, La letra de lo mínimo, Rosario, Beatriz Viterbo, 2003.