“esporas”,
en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una
suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y tantas
otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de
escritura.
Tununa Mercado (Córdoba, 1939), novelista, cuentista,
ensayista, traductora y periodista argentina. Escritora de gran solidez,
originalidad y calidad literarias, es un referente para la literatura argentina
y latinoamericana actuales. En 1958 inicia sus estudios universitarios de
Letras en
“A pie
de página” agradece profundamente a Tununa su cortesía y gentileza por habernos
permitido publicar sus cuentos y notas.
“La lengua en la que escribo, el español, es
porosa, no se abroquela detrás de una coraza purista sino que deja circular en
su interior partículas que la han penetrado en los sitios en que tocó convivir
con otras culturas en español, especialmente en México. No se trata, y ésa es
la condición para la aventura de escribir, de “adoptar” términos, de pedir
prestado riqueza ajena, sino de dejar que lo que se ha incorporado se deposite
y se intercambie con lo ya existente fuera de la voluntad de quien lo recibe.
Esos huéspedes sigilosos y discretos no dejarán saber que fueron “de honor”
hasta el momento en que mucho después, releyendo un texto, el lector, e incluso
el autor mismo advertido por un lector, se den cuenta de que una inflexión, un
rasgo, una reminiscencia, delatan una lengua de adopción, en este caso la de
México”
©Tununa
Mercado, Narrar después, Rosario,
Beatriz Viterbo, 2003.
Amor
combatiente
Amor
desaparecido
Amor
desaprensivo
Amor combatiente (de Canon de alcoba, 1988)
Descubre su arma demasiado
pronto; deslumbrado por el campo de batalla que se abre ante sus ojos, sin
poder acotar los cauces de su pasión, se lanza a la contienda a pasos de
gigante; pisotea la hierba, sus zancadas retumban como si lo tuvieran que oír
en el centro de todos los plexos. No sabe que el deseo entreabre sus puertas
con delicadeza, con un soplo apenas, sin siquiera tocar los picaportes o girar
los goznes, llamando a silencio más que a vociferación. Pero este amor olfatea,
husmea como una fauna de animales multiplicados, sus fauces se pegan a
cualquier promesa de agua y escupen su sed en las cuencas más generosas;
arrastra sus enormes borceguíes por la tibieza de los lodos, por la tersura de
los nardos. Sin retener entre sus dedos la brizna ni la rama, arracando
mechones de hojas a su paso; sin diluir la esencia, espeso a todas las huellas
y opaco a todos los halos de la respiración del otro, el amor combatiente
quiere dejar una marca, una cicatriz, su nombre grabado solemnemente en la
corteza del territorio que atraviesa.
El otro, la otra, atemorizado
por el asalto, sin tiempo para preservar sus flancos o endurecer sus defensas,
corre sus líneas imaginarias, pero el amor las borronea bajo sus plantas.
Encima, con una caída que aplasta como una prensa, con un peso que expulsa todo
el aire del otro cuerpo hasta dejarlo como una lámina, a un ritmo de badajazos
desesperados, el combatiente no cede, como si ya el mundo se estuviera por
acabar las luces, de cerrar las llaves del agua, de contener la marea
ascendente o exaltar la descendente, como si con el dulcísimo amor que va a
salir de su sexo, esa sustancia liminar por su nobleza, tuviera que saldar las
cuentas milenarias de la especie, pagar todos los riesgos y comprar todas las
sorpresas.
El tiempo se le acaba; piensa
que galopa por llanuras desmesuradas, con vocación de exterminio pulveriza los
pétalos con sus cascos, derrota los pólenes, aplasta las telarañas diminutas
del pasto, los rocíos se vuelven lágrimas ante el invasor amante que tiene una
estrategia lejana, muy distante del cuerpo que se le ofrece, un blanco que está
más allá y que poco tiene que ver con el amor que subyacía a su avance y que
ahora, mientras el martillo cae sobre el yunque, es disparado, eyectado por el
ojo sin cuencas, por la solitaria pupila del amor, como una flecha. El
combatiente se queda muy solo.
©Tununa
Mercado, Canon de alcoba, Buenos
Aires, Ada Korn Editora, 3ª edición, 1991.
Amor desaparecido (de Canon
de alcoba, 1991)
Lo mira insistentemente. Lo
toca dejando perdurar sus dedos en las líneas de su boca. Lo besa con labios y
lengua. El arrobamiento no aparece. Lo vuelve a abrazar, lo suelta, toma
distancia para evaluar con el entendimiento lo que le niega la emoción. Él es
el mismo pero ella ya no desentraña en él aquel brillo que otrora la iluminaba.
Sus manos son las mismas y cuando las toma entre las suyas cree reconocer una
tibieza conocida, pero, si bien la tibieza está, pareciera que de algún modo
fuera segregada sin intención ni mensaje y existiera por su propio continente
natural, las manos. Se aparta, observa la situación tratando de buscar el punto
donde sea posible recomenzar. Se esfuerza por clavar su mirada en sus ojos y
transmitirle una pasión incontenible; dice dos o tres frases vehementes
intentando crear una situación de reacomodamiento amoroso; sonríe y entorna los
ojos retrotrayéndose a gestos de seducción que antes bordeaban el desmayo pero
que ahora se disipan contra paredes muelles y sin resonancias; vuelve a poner
sus labios en su boca queriendo extraer una sensación, al menos una distante
sensación que vuelva a dibujar la forma del deseo; se aprieta contra su cuerpo
y hace coincidir, como tantas otras veces, su pubis contra su sexo.
Él la besa, se aprieta contra
su cuerpo, la mira con ojos profundos y susurra las palabras siempre, siempre. Se aparta, toma
distancia y trata de reconocer en ella el paisaje anterior al desierto, el
vergel en el que se amaban; insiste en el acercamiento y apoya su pecho en sus
pechos buscando su morbidez, pasa su mano por la espalda de ella, llega hasta
la cintura, cierra los ojos, busca el convencimiento.
©Tununa
Mercado, Canon de alcoba, Buenos
Aires, Ada Korn Editora, 3ª edición, 1991.
Amor desaprensivo (de Canon
de alcoba, 1991)
Un amor relativo, sin piel,
que no recorriera. Ni el deslizamiento, ni la presión, ni la lengua. Un acto
separado y caballeresco. Las cortinas del teatro se levantan y el amor sube al
escenario para consumarse. Amor que ciega con su espada final las vibraciones
más pausadas, aquellas en las que la muerte se reconoce en la vida. Cierra la
puerta sobre el último aleteo y se va. ¿Dónde se recupera, en que sueños
reaparece para armar el próximo escenario?
©Tununa
Mercado, Canon de alcoba, Buenos
Aires, Ada Korn Editora, 3ª edición, 1991.