Hijo de “un sastre
bolche”, militante de Tupamaros que soportó trece años de cárcel en los que lo
salvó la imaginación, capaz de darles vida a personajes como el Macho
Gutiérrez, el Negro Invierno o el gallego Menéndez, Rosencof señala: “Quiero
dejar testimonio literario de algo que forma parte de nuestra alma, de nuestros
sentimientos, de nuestro origen”. “Todo pasa por la ventana, desde una ventana
los historiadores escriben sobre el mundo.” La frase podría pertenecer a
Malarracha, el humanista y quinielero de Una
góndola ancló en la esquina (Alfaguara), o a esos peculiares narradores
omniscientes y con una fuerte afectividad que suelen comandar algunas de sus
novelas, matizadas por una tonalidad autobiográfica que desdibuja los límites
de la ficcionalidad. El hijo de Isaac –un sastre bolche que llegó desde Polonia
a Uruguay y fundó el Sindicato de
El escritor uruguayo pasó por
Buenos Aires para acompañar la publicación de su última novela, Una
góndola... y la tercera reedición de El barrio era una fiesta,
en la que reconstruye el barrio de El Parque en la década del ’40, donde aún
resonaba el triunfo del Mundial de Fútbol de 1930 y los exiliados cargaban con
el dolor de la derrota en
Si Juan Carlos Onetti creó
Santa María y Gabriel García Márquez Macondo, Rosencof, actual director de
Cultura de la intendencia de Montevideo, también inventará y desplegará su
barrio-mundo. “Borges creó la mitología del cuchillo y del coraje, pero me
parece que mucho barrio no tenía”, bromea el escritor en la entrevista con
Página/12. “El barrio es el territorio donde se afincan nuestras primeras
raíces, los primeros pensamientos profundos nacen del barrio. El gallego
Menéndez, en El barrio era una fiesta, llegó después de
Silvina Friera: ¿En quién está inspirado
Malarracha?
Mauricio Rosencof: En el Macho Gutiérrez, que era
el quinielero del barrio. El mundo que crea y recrea Enrique Santos Discépolo
se cumple en Malarracha: “Yo aprendí filosofía, dados, timba...”, pero además
se agrega una cosa tremenda: “Sos lo único en la vida que se pareció a mi
vieja”. No sé si se le fue la mano, no sé cómo era la vieja de Enrique Santos,
lo que sí puedo decir es que el sentimiento que expresaba yo lo viví tal cual
como lo describía Discépolo. En los años ’50, entre la milonga y la militancia,
el Macho Gutiérrez un día me dijo: “Tranquilo, ruso, no interrogues a la vida,
mirá si te contesta”. Si le atribuyera este pensamiento a Kierkegaard, como lo
hice muchas veces, seguramente muchos ni siquiera dudarían de la veracidad de
la frase.
“Ahora te encontrás con que
los muchachos toman un vino berreta en la calle, acompañados por un porro, lo
que es más grave si se mandan la pasta base. Antes el boliche era un centro de
contención: te daban consejos matrimoniales, familiares, era como un tango, y
si te ponés a repasar los 700 sainetes de Vacarezza, todos se refieren al
barrio”, advierte el escritor. No tiene apuro; el café se enfría, pero los
recuerdos de Rosencof, con su propia temperatura ambiente, merodean esas raíces
urbanas que formaron al botija de pantalón corto, al hijo del sastre.
Silvina Friera: El narrador de Una góndola...
señala que el barrio estaba tocado por el “realismo fantástico”. ¿A qué se
refiere con esta categoría?
Mauricio Rosencof: La realidad es fantástica
porque la realidad y la fantasía son lo mismo. Cuando te hablan de forma y
contenido... macanas, es uno solo; cuando te explican que el cuerpo humano se
divide en cabeza, tronco y extremidades, no es cierto, el cuerpo humano es una
unidad. La realidad y la imaginación forman un todo, alguien las separó y los
que vinimos detrás le creímos, pero no es verdad porque si tenés que escribir
la biografía de Jesús, de San Martín o la del Che, si hablás de los
alzamientos, de las batallas, si escribís sólo sobre eso, no alcanza. En esta
novela lo que hago es extrovertir la fantasía de cada uno de los personajes en
una realidad que es en sí misma fantástica.
Silvina Friera: Alguno de los personajes de
los barrios que retrató en sus novelas, ¿se acercó para contarle qué opinaba de
lo que usted había escrito?
Mauricio Rosencof: Sí, el negro Varela, que está
en la tapa de El barrio era una fiesta, un personaje que vivió con el gallego
Menéndez en un terreno baldío que había a la vuelta de mi casa. Tenía una
carretilla con la que hacía mudanzas. Iba al boliche, estacionaba la carretilla
y decía: “Cuidame el Chevrolé, botija, que no tiene seguro”. Le servían un
vino, de esos vinos que rompen las leyes de la física porque el vaso hacía una
comba y no goteaba. Debería tener alguna sustancia arbitraria (risas). El negro
Varela se arrimaba al mostrador, entraba en trance, sorbía, levantaba el vaso,
alzaba el meñique y decía: “Que nunca falte”. El chevrolé fue mi primer cuento
publicado y tuvo muchas consecuencias, porque pasé a ser el intelectual del
barrio. Un día estaba en casa, tocaron el timbre y mi vieja fue a atender. Era
Varela, que quería hablar conmigo. Lo primero que pensé fue “a la mierda
abanico que llegó el verano”. Varela estaba con un diario arrollado, y me dijo:
“Che, botija, ¿vos escribiste esto sobre mí?” Le contesté que sí y me pidió que
me sentara y que se lo leyera porque no sabía leer. Cuando publiqué ese cuento
dejé de ser “el hijo del sastre” para convertirme en “el intelectual del
barrio”. Eso me cambió la vida. Parafraseando a Tolstoi, que decía que si pintabas
una aldea pintabas el universo, si pintás un barrio estás pintando todos los
barrios, los de allá y los de acá.
Silvina Friera: ¿Por qué decidió convertir las
historias de vida de su barrio en literatura?
Mauricio Rosencof: Por el cariño que le tengo a
la gente sencilla. Ellos hicieron historia, y yo quiero dejar testimonio
literario de algo que forma parte de nuestra alma, de nuestros sentimientos, de
nuestro origen. ¿Hay alguien que no haya nacido en un barrio? ¿En dónde
nacieron? Una aldea, un pueblito de campaña, es otra forma de barrio.
Silvina Friera: ¿Cómo explica el tono épico
que tienen las historias que cuenta?
Mauricio Rosencof: La vida de la gente de barrio
es épica porque hay que vivir todos los días, comer todos los días, laburar, y
si no tenés laburo, hay que conseguirlo; hay que tener hijos, hay que
cuidarlos, educarlos. Estas novelas son una épica, una mitología del laburo y
del coraje, y no del cuchillo y del coraje, con respeto a Borges, que me
fascina. Si Borges hubiera tenido un poco más de barrio, hubiera escrito lo
mismo que escribí yo, pero bien (risas).
Silvina Friera: Usted pertenece a una
generación que vivía como un dilema el hecho de congeniar la vida, la
literatura y la militancia. ¿Cómo fueron estos vínculos?
Mauricio Rosencof: No hubo problemas. Mi padre,
que era un sastre bolche, siempre estuvo preocupado por mi inutilidad. En casa
caía Enrique Rodríguez, un dirigente obrero y un cuadro político del Partido
Comunista, y hablaba con mi madre en idish, y como yo sabía dactilografía me
mandaron a la comisión de propaganda. Empecé a militar muy joven, pero esa
militancia no sustituyó mi obra. Yo alternaba el barrio, el fútbol y la
escritura. Había momentos en que la militancia obligaba a subordinar otras
cosas, pero militar no implicaba irse del barrio o no poder ir a la milonga.
Clara Zetkin, amiga de Rosa Luxemburgo, decía que “si tu socialismo no baila,
no quiero tu socialismo”. Un poema de amor, el copamiento de un cuartel, la
toma de una ciudad, escribir una novela, casarte, todo forma parte de la vida.
No hay opciones entre una cosa y la otra.
Silvina Friera: Durante los 13 años que estuvo
detenido, ¿también creyó que la realidad era fantástica?
Mauricio Rosencof: La realidad tangible no era
vivible, no se puede vivir sin ver una cara, el sol... estuvimos dos años y
medio en un espacio de sesenta centímetros por uno ochenta, comiendo mondongo,
guatitas de una partida de exportación que fue devuelta. Del calabozo sólo se
salía en cuatro patas. La única realidad vivible era la de la fantasía y los
recuerdos. Como a la humanidad hay que entretenerla con algo, como me enseñó el
Macho Gutiérrez, empecé a recordar a todas las novias de mi adolescencia, pero
cuando llegaba el momento de la ruptura de cada noviazgo no permitía que se
produjera. Me terminé casando un montón de veces. El calabozo parecía una
guardería, estaba lleno de juguetes. Un coronel nos dijo: “Ya que no pudimos
matarlos cuando cayeron, los vamos a volver locos”. Un compañero murió en el
calabozo y dos enloquecieron porque practicaban el mismo ejercicio, pero
quedaban empantanados y no podían salir. Escribir me ayudó a evitar que los
fantasmas me atraparan.
©Silvina Friera, Página12, Buenos Aires, Argentina, 2007.
[1] Esta entrevista apareció el día 31 de
agosto en el diario Página12, Buenos Aires, Argentina, 2007.