Dossier
García Márquez
Vivir
para tocarlo[1]
por
Alessandra Riccio
Una, aunque se conoce y se ha
autodisciplinado durante años y décadas, se sorprende a veces frente a
comportamientos que la asustan por infantiles, inmediatos, incontrolados e
incontrolables. Me ha pasado no hace mucho en un diciembre habanero, cuando no
logré explicarme ni controlar la emoción y la alegría que me produjo verme al
lado de García Márquez en
No dudé en pensar que aquello
se debía a la sorpresa de encontrarlo no sólo vivo, sino en forma excelente y
partícipe, ya que desde hace diez años lucha contra su enfermedad y más de una
vez la noticia de su muerte había circulado irresponsablemente, incluso
precedida por un “testamento espritual” que resultó ser un falso indigno de su
imaginación. Estaba cierta también que contribuía a mi emoción su fidelidad a
Por más razones que esgrimía,
confieso que me sorprendía a mí misma con tanta desmesura admirativa; había
llegado al extremo de extenderle mi agenda pidiendo un autógrafo, cosa que,
sabiamente, se negó a darme. ¿Qué pretendía hacer con aquel fetiche? Finalmente,
¿por qué el solo hecho de verlo, iba a decir el solo tocarlo, me producía un
contento tan extraordinario?, ¿por qué saberlo entre nosotros, poder volver a
leerlo de nuevo se traducía en mí en algo grandemente positivo?
Creo haber encontrado algunas
respuestas en la lectura de Vivir para
contarla pero confieso que me ha ayudado un bello escrito de su vieja amiga
Rossana Rossanda[2].
Entendí que respeto a aquel personaje que había (re)suscitado en mí –solamente
con su estar- un entusiasmo que hacía siglos (desencantos, liberismos,
globalizaciones y guerras por medio) no experimentaba, era dedudora, somos
deudores, de una lección humana e intelectual contracorriente, que llega desde
un rincón de este mundo globalizado y quiere hacernos conscientes, con gentileza
y con una sencillez absolutamente perfecta del hecho de que otro mundo es
posible y por lo tanto otros gustos, otras sensibilidades, otras emociones,
otras gramáticas y otras palabras.
La vida que Márquez cuenta en
más de quinientas páginas llega hasta los treinta años de un joven nacido en el
más obscuro pueblo de la desconocida Colombia; una vida en la cual no acontece
nada notable, donde no hay nombres que evoquen a personajes notorios por alguna
razón cualquiera, donde el evento de mayor relieve es el asesinato del
candidato presidencial Eliécer Gaitán, y la revuelta callejera consiguiente, el
Bogotazo. Por lo demás nada más que problemas familiares, peleas, amistades,
aventuras periodísticas, cuerpo a cuerpo con una digna pobreza, un nomadismo a
lo largo y ancho de la geografía de Colombia. Este material inerte, esta vida real, como el autor insiste en
llamarlo, es recreado gracias a la narración, a la fe absoluta en la necesidad
de contar que quizá sea el signo distintivo más propio de García Márquez. Estas
quinientas páginas sirven para explicar Cien
años de soledad, pero no sólo el libro legendario que
ha entusiasmado a los lectores desde los años sesenta, no sólo el texto en que
una alegre fantasía nos permitía conocer un mundo exótico, sino precisamente la
soledad americana desde cuyos bordes se levantaban voces que tenían urgencia de
encontrar el tono justo para contarse y contar su vida
real.
¿Por qué contar este mundo?,
¿por qué contar la realidad americana de la vida real? Él mismo lo explica: “El
modelo de una epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi
propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino
testigo inútil y víctima de todo”. Hasta hoy testigos inútiles y víctimas de
todo, los americanos de una gran parte del continente tienen voz propia y esta
voz debe hacerse audible. Pues, ¿cómo contar todo esto? Esta búsqueda, que se
desenvuelve a lo largo de todo el libro de memorias, es el punto delicado e
importante de ese texto que habría que leer con una delicadeza infinita y con
la humildad de quien está dispuesto a escuchar y a tratar de entender.
García Márquez cuenta que
cuando ya está trabajando en un periódico y gasta su tiempo en la búsqueda
desesperada de argumentos, en el espionaje en otras redacciones para robar
noticias, en dar rienda suelta a las fantasías más desenfrenadas, le salió al
encuentro la vida real, bajo la forma de un letrero en la puerta de una casa
que anunciaba la venta de palmas fúnebres. Superada la tentación de tocar a la
puerta para que le expliquen el significado de semejante anuncio, para
entenderlo, el escritor saca una de las lecciones fundamentales de su educación
sentimental: será la vida misma la encargada de enseñarle que uno de los
secretos más útiles para escribir es aprender a leer los jeroglíficos de la
realidad sin tocar a una puerta para preguntar. La realidad no es clara y
evidente, hay que descifrar sus oscuros jeroglíficos. Y sin embargo ella cabe
completamente, entera, también en aquellos márgenes que son al mismo tiempo
espacios de soledad y de resistencia.
Gabriel García Márquez ha
puesto el alma en el arduo esfuerzo de descifrar señales, traducirlas en
narraciones y exponerlas en escritura. Una escritura feliz, de la que él solo
conoce el secreto, capaz de hacer creíble todo lo que nuestra pereza nos induce
a descartar por increíble. Gabo ha ampliado las fronteras de la realidad, ha
encontrado un lugar desde el cual hacer escuchar una voz americana de la
contemporaneidad, que nos sugiere otras perspectivas, que añade otros rasgos al
perfil definitivo del hombre. Se trata de una lección estimulante en mis
tierras: demasiadas veces maîtres à
penser de variada extracción e ideología –una tradición que empieza con
Hegel- sonríen con suficiencia frente a los excesos de una cultura del otro
lado del océano que siguen juzgando bárbara y folklórica, condenada in aeternum a la minoría de edad,
necesitada de tutela en política como en las artes.
No fue éste el caso del viejo
Zavattini, cuyo recuerdo nos había reunido en
©Alessandra
Riccio, 2007.
[1] Este texto forma parte de Julio Ortega, Gaborio. Artes de releer a Gabriel García
Márquez, Alcalá
[2] I geroglifici del reale, Il Manifesto, 5-1-2003. Dice ella: “Es una pérdida. Pero no es amarga,
porque el crecer y el apagarse de las cosas, de los hombres, de las esperanzas
y fantasías, es fascinante. Esto es lo real”.