Dossier García Márquez

 

Vivir para tocarlo[1]

por

Alessandra Riccio

 

 

Una, aunque se conoce y se ha autodisciplinado durante años y décadas, se sorprende a veces frente a comportamientos que la asustan por infantiles, inmediatos, incontrolados e incontrolables. Me ha pasado no hace mucho en un diciembre habanero, cuando no logré explicarme ni controlar la emoción y la alegría que me produjo verme al lado de García Márquez en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños donde se celebraba a Cesare Zavattini, su lección de neorrealismo y la importancia de su obra en el cine latinoamericano.

 

No dudé en pensar que aquello se debía a la sorpresa de encontrarlo no sólo vivo, sino en forma excelente y partícipe, ya que desde hace diez años lucha contra su enfermedad y más de una vez la noticia de su muerte había circulado irresponsablemente, incluso precedida por un “testamento espritual” que resultó ser un falso indigno de su imaginación. Estaba cierta también que contribuía a mi emoción su fidelidad a la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano que ha creado y preside, una fidelidad que debía haberle hecho superar el terror a los aviones para estar presente en esa cita junto con los demás fundadores sobrevivientes, Fernando Birri y Julio García Espinosa. Y contaban también –claro que sí- mis ansias para leer su autobiografía, que todavía no había salido en Italia y que había buscado en el aeropuerto de Madrid, entre cafeterías y boutiques, tiendas de souvenirs abiertas y deslumbrantemente acogedoras y donde, sin embargo, la única librería me rechazaba enseñándome el implacable hoyo negro de sus puertas cerradas. La ansiedad (¿la llamaré de una vez envidia?) crecía en mí a medida que en la noche interminable y desesperante del avión transocéanico, mi ocasional compañero de vuelo, un señor argentino, quedaba pegado a aquellas páginas durante todo el viaje sin permitirme siquiera ojearlo, sin comentarlo, y contestándome con amable prisa “Es bellísimo”, cuando le pregunté lo obvio: “¿Qué tal está?”

 

Por más razones que esgrimía, confieso que me sorprendía a mí misma con tanta desmesura admirativa; había llegado al extremo de extenderle mi agenda pidiendo un autógrafo, cosa que, sabiamente, se negó a darme. ¿Qué pretendía hacer con aquel fetiche? Finalmente, ¿por qué el solo hecho de verlo, iba a decir el solo tocarlo, me producía un contento tan extraordinario?, ¿por qué saberlo entre nosotros, poder volver a leerlo de nuevo se traducía en mí en algo grandemente positivo?

 

Creo haber encontrado algunas respuestas en la lectura de Vivir para contarla pero confieso que me ha ayudado un bello escrito de su vieja amiga Rossana Rossanda[2]. Entendí que respeto a aquel personaje que había (re)suscitado en mí –solamente con su estar- un entusiasmo que hacía siglos (desencantos, liberismos, globalizaciones y guerras por medio) no experimentaba, era dedudora, somos deudores, de una lección humana e intelectual contracorriente, que llega desde un rincón de este mundo globalizado y quiere hacernos conscientes, con gentileza y con una sencillez absolutamente perfecta del hecho de que otro mundo es posible y por lo tanto otros gustos, otras sensibilidades, otras emociones, otras gramáticas y otras palabras.

 

La vida que Márquez cuenta en más de quinientas páginas llega hasta los treinta años de un joven nacido en el más obscuro pueblo de la desconocida Colombia; una vida en la cual no acontece nada notable, donde no hay nombres que evoquen a personajes notorios por alguna razón cualquiera, donde el evento de mayor relieve es el asesinato del candidato presidencial Eliécer Gaitán, y la revuelta callejera consiguiente, el Bogotazo. Por lo demás nada más que problemas familiares, peleas, amistades, aventuras periodísticas, cuerpo a cuerpo con una digna pobreza, un nomadismo a lo largo y ancho de la geografía de Colombia. Este material inerte, esta vida real, como el autor insiste en llamarlo, es recreado gracias a la narración, a la fe absoluta en la necesidad de contar que quizá sea el signo distintivo más propio de García Márquez. Estas quinientas páginas sirven para explicar Cien años de soledad, pero no sólo el libro legendario que ha entusiasmado a los lectores desde los años sesenta, no sólo el texto en que una alegre fantasía nos permitía conocer un mundo exótico, sino precisamente la soledad americana desde cuyos bordes se levantaban voces que tenían urgencia de encontrar el tono justo para contarse y contar su vida real.

 

¿Por qué contar este mundo?, ¿por qué contar la realidad americana de la vida real? Él mismo lo explica: “El modelo de una epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo”. Hasta hoy testigos inútiles y víctimas de todo, los americanos de una gran parte del continente tienen voz propia y esta voz debe hacerse audible. Pues, ¿cómo contar todo esto? Esta búsqueda, que se desenvuelve a lo largo de todo el libro de memorias, es el punto delicado e importante de ese texto que habría que leer con una delicadeza infinita y con la humildad de quien está dispuesto a escuchar y a tratar de entender.

 

García Márquez cuenta que cuando ya está trabajando en un periódico y gasta su tiempo en la búsqueda desesperada de argumentos, en el espionaje en otras redacciones para robar noticias, en dar rienda suelta a las fantasías más desenfrenadas, le salió al encuentro la vida real, bajo la forma de un letrero en la puerta de una casa que anunciaba la venta de palmas fúnebres. Superada la tentación de tocar a la puerta para que le expliquen el significado de semejante anuncio, para entenderlo, el escritor saca una de las lecciones fundamentales de su educación sentimental: será la vida misma la encargada de enseñarle que uno de los secretos más útiles para escribir es aprender a leer los jeroglíficos de la realidad sin tocar a una puerta para preguntar. La realidad no es clara y evidente, hay que descifrar sus oscuros jeroglíficos. Y sin embargo ella cabe completamente, entera, también en aquellos márgenes que son al mismo tiempo espacios de soledad y de resistencia.

 

Gabriel García Márquez ha puesto el alma en el arduo esfuerzo de descifrar señales, traducirlas en narraciones y exponerlas en escritura. Una escritura feliz, de la que él solo conoce el secreto, capaz de hacer creíble todo lo que nuestra pereza nos induce a descartar por increíble. Gabo ha ampliado las fronteras de la realidad, ha encontrado un lugar desde el cual hacer escuchar una voz americana de la contemporaneidad, que nos sugiere otras perspectivas, que añade otros rasgos al perfil definitivo del hombre. Se trata de una lección estimulante en mis tierras: demasiadas veces maîtres à penser de variada extracción e ideología –una tradición que empieza con Hegel- sonríen con suficiencia frente a los excesos de una cultura del otro lado del océano que siguen juzgando bárbara y folklórica, condenada in aeternum a la minoría de edad, necesitada de tutela en política como en las artes.

 

No fue éste el caso del viejo Zavattini, cuyo recuerdo nos había reunido en La Habana. Sus pobres harapientos de Milán, testigos inútiles y víctimas de todo, siguen todavía volando felices sobre las agujas del duomo, gracias a su inolvidable miracolo.

 

©Alessandra Riccio, 2007.

 



[1] Este texto forma parte de Julio Ortega, Gaborio. Artes de releer a Gabriel García Márquez, Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2007, pág. 227-230. “A pie de página” agradece a Alessandra Riccio por habernos permitido reproducir este artículo [N.d.R.].

[2] I geroglifici del reale, Il Manifesto, 5-1-2003. Dice ella: “Es una pérdida. Pero no es amarga, porque el crecer y el apagarse de las cosas, de los hombres, de las esperanzas y fantasías, es fascinante. Esto es lo real”.