Robert
B. Cunninghame Graham, Una victoria moral
y otros cuentos, Buenos Aires, Letemendía Casa Editora, 2007, 215 páginas
Irónicamente, el destino quiso que Cunninghame
Graham, un escocés apasionado por su tierra y por su gente, notable pintor del
peculiar carácter de ese pueblo áspero y sin embargo tierno, naciera en
Londres. En 1852. Mientras el Romanticismo impregnaba Europa y gigantes del
pensamiento y la ciencia, como Marx primero y luego Freud, metían intempestivos
palos en la rueda de la historia contemporánea, e Inglaterra se convertía en
una nación industrial y mercantil más poderosa del planeta. En ese marco
fascinante de cambios radicales, al menos en los modos de la vida cotidiana,
Cunninghame Graham se perfiló como un socialista comprometido desde el primer
momento tanto con el movimiento nacionalista escocés como con el laborismo. Un
humanista de pie ante el mundo, un auténtico explorador sobre todo de los
hombres, con los ojos y el corazón abiertos para mirar desde el lado de adentro
de la piel, para captar lo delicado, lo que no es dicho, que él devela en sus
relatos a veces también sin nombrarlo. La presente selección, que fuera
realizada por su traductora Alicia Jurado, reúne una serie de cuentos que nos
ponen en contacto con territorios, paisajes y situaciones totalmente
diferentes. Este escocés elegante y refinado, de una sensibilidad penetrante y
asombrosa capacidad para observar y comprender, para describir con riqueza en
las metáforas (“Sus grandes manos colgándole por delante como jamones...”; “El
río, como una inmensa inundación amarilla...”; “los pies cuadrados como cajas”;
“Allí las hierbas, encorvadas por la humedad, agachan las cabezas como
plañideras”), recorrió gran parte de Sudamérica valiéndose, por propia
elección, de medios de transporte tan elementales como el lomo de un caballo o
una canoa. Esta forma despaciosa de viajar, tan a escala humana, lo puso en
sencillo contacto con las personas que en parte por eso lo aceptaron sin
recelo. Haber salido al encuentro de la realidad de ese modo, con las manos a
la espalda y una mirada llena sobre todo de respeto, resulta en la poderosa
vibración emotiva de cada relato. Del libro van brotando los aforismos:
“...salvo los más mezquinos, los hombres no pelean para vencer sino simplemente
por pelear”. Sin embargo, no cae el autor en el sermón, quizá porque la
reflexión pesa menos en él que las imágenes y las impresiones. No desembocan en
la moraleja porque no es ésta una “lectura ejemplar” sino un ejemplo de
pasiones aplicadas: al hombre, a las razas, a los pueblos. Y nos ayuda a
entender el generoso sentido de su narrativa tan fuerte, tan salubre pensar en
la diversidad de intereses y actividades del autor: por un lado, sus ideas
socialistas o el hecho de que fuera elegido para integrar
©Alicia
Plante, 2007.