Dossier García Márquez

 

Variaciones del Gaborio[1]

por

Julio Ortega

 

1

 

Gabriel García Márquez es nuestro narrador más puro. Puesto a contar, el narrador mismo se convierte en relato. Cervantinamente, habla por nosotros y somos narrados con nuestras propias voces.

 

No tiene, por eso, necesidad de convencernos. Creemos tanto como él mismo en su puro cuento, encendido por el acto de contar. Toda tesis le sería excesiva, cualquier demostración innecesaria. Todo se prueba en la palabra empeñada. “En aquel tiempo”, dice la fábula, y creemos en el pasado y en la voz que lo convoca como si fuera nuestro.

 

Esa voz posee la autoridad familiar de los mitos. Su lugar entre los discursos es el del hablante clásico de la cultura popular, ese sueño colectivo y latente, que es la escena de nuestra memoria. En Cien años de soledad las voces son de las madres haciendo el cuento de la errática historia paterna, esa substracción; en Crónica de una muerte anunciada, son voces paternas rehaciendo la letra muerta del código social, ese cuento de violencia e irrisión. Ellas destejen la fábula del Linaje, ellos traman la prohibición de la Ley.

 

Pero quien recuenta estas voces, las cifra y descifra, es el otro Narrador, el Hijo. Y lo hace para subvertir la lógica del linaje y transgredir la Ley. Como en la obra de Juan Rulfo y José María Arguedas, el Hijo es el que lee lo narrado para descubrirse como un sueño del origen. Esta larga pregunta por las gestaciones, las fundaciones, la autoridad y el poder, es una interrogación no por la identidad del sujeto sino por su reconstrucción en el cuento. Contar es darle sentido a la extraordinaria fabulación paterna. Ese sentido supone una memoria mayor: la cultura popular, que es un prodigio de la sobrevivencia; y, en estos tiempos de escarnio, una de las últimas reservas de humanidad.

 

Esta cultura híbrida tiene no solamente la energía plural de sus identidades sino una probada calidad de resistencia, que se está demostrando en esta hora de homogenización compulsiva. Si la comunidad se funda en la muerte, la fábula de nuestra fundación diaria bien podría ser una puesta a prueba y recaudo. En la obra de García Márquez estas voces prolongan su vida gracias al cuento de que estamos aquí como si fuera milagro.

 

Pocas culturas como la latinoamericana son todavía el escenario de esta subjetividad no controlada por las fuerzas de la antiutopía modernizante del mercado. Socializar el estado, reapropriar los márgenes del mercado, relativizar los códigos dominantes, erotizar las censuras, contradecir con la emotividad los gustos y miedos de la burguesía; y, en fin, dar a cada quien su lugar en el carnavalizado espacio social, son algunas operaciones de la capacidad creadora de esta cultura de la plaza de la letra y la calle de la lectura.

 

Esta subjetividad tiene en la narrativa de García Márquez un documento extraordinario, su órgano más sensible, no sólo por su arte y artificio; también por su valor de trámite de una ciudadanía cultural latinoamericana. Una ciudadanía fecunda, aún sin estados plurales, sin emancipación política y económica cabales; pero con una lúcida visión de su viva diferencia, de la suma refinada de sus mezclas, sabores hondos y fervores duraderos.

En la fábula de estos libros memoriosos, esa diferencia es el sueño que cuenta la tribu acerca de su propio abundar.

 

2

 

Volando de regreso a Providence, leía yo el primer capítulo de las memorias de García Márquez cuando advertí que mi vecino leía El amor en los tiempos del cólera. Al mirar hacia la fila de al lado me di con que alguien leía otro libro del mismo autor y ya no me extrañó que en la fila posterior una lectora devorara Noticia de un secuestro.

 

¿Y si todos los pasajeros de ese vuelo estuviesen leyendo a García Márquez? Consideré las posibles explicaciones: 1) las novelas de García Márquez tienen la duración promedio de un vuelo de ida y vuelta, como otrora las de Stendhal en el tren; 2) se trataba de una nueva ola migratoria del Sur que hacía de estos libros su documento de identidad; 3) leer volando es otra nostalgia del realismo mágico.

 

Acababa de encontrar un nuevo tema para la clase de esa tarde en mi curso sobre García Márquez: cada lector suyo no sólo leía un libro diferente sino a un autor distinto. Es más, aun si el libro era el mismo cada uno de nosotros estaría leyendo otra novela. El tema era, efectivamente, la conversión de la lectura en el acto novelesco por excelencia. García Márquez, me dije, nos ha convencido de que leemos sus libros como sagas familiares, investigaciones periodísticas o relatos documentados de una comedia humana latinoamericana. Pero, en verdad, en estos libros hemos aprendido que la lectura misma es la verdadera novela de nuestro tiempo. Al modo de Cervantes y Borges, García Márquez ha construido una enciclopedia de leer y de releernos como padres e hijos contemporáneos de la letra. Sus libros nos dicen que leer nos ha hecho lo que somos, y que la novela nos salva del pelotón de fusilamiento gracias a que seguimos leyendo. El mundo se demora en la prolongación de una frase.

 

Se trata, anoté, de la operación hermenéutica por excelencia: leer es interpretar, y cada uno construye su propia identidad como un día ganado a la ficción. Bien visto, lo que leemos es el espectáculo del mundo como la disputa de las interpretaciones por explicarlo, habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo. Ocurre en estas novelas, una y otra vez: los hechos son debatidos, contradichos, recontados y, al final, releídos. Lo vemos en el caso de la huelga bananera de Cien años de soledad. Los muertos de la realidad deben haber sido no más de sesenta, pero la interpretación novelesca de la matanza requiere de tres mil. Hoy en los mítines sindicales se cita esa cifra como histórica, porque su versión es una medida más veraz de los hechos. A veces, como en Crónica de una muerte anunciada, las interpretaciones exigen una víctima, y Santiago Nasar es sacrificado como el primer mártir de la hermenéutica. Como las buenas víctimas propiciatorias, él es el único que ignora la intensa lectura que lo elige como muerto. En El general en su laberinto, su novela más documentada por la sobrelectura histórica, Bolívar es el héroe de la interpretación infinita, porque sobre él nada está del todo escrito, y sigue disputando con su demanda de emancipación el sentido de cada pregunta por América Latina. En cambio, en Del amor y otros demonios, la niña ilegible que ha sido mordida por un perro rabioso en el sopor del siglo XVIII caribeño, suscita la interpretación como juicio relativo. Ella es el ángel criollo de la lectura: su supuesta enfermedad es leída absurdamente por cada personaje y grupo social; según cada lectura, ella es enclaustrada, acusada de bruja, vista como endemoniada, y hasta como dama petrarquista; al final, bajo la autoridad mayor de la lectura, la de la Iglesia, es exorcizada y muerta. El poder ejerce la lectura a muerte; su verdad encarnizada se demuestra como vasta tachadura.

 

No me extrañó descubrir, antes de aterrizar en Providence, que le propio García Márquez ha leído de modo distinto sus novelas. Al comienzo de todo, como si fueran hijas del asombro y la abundancia, de esa primera lectura de América Latina, cuando lapalabra “palmas” ponía de pie a las primeras palmas. Por qué no me van a creer a mí, si le creen a la Biblia, recuerdo que solía decir. Después, favoreció la lectura de Cien años de soledad como documental, y juró que podía probar que cada página venía directamente de la realidad. Más tarde, abandonó las licencias del realismo mágico (ahora mismo hay en inglés tres nuevas novelas sobre las propiedades sobrenaturales del chocolate), y sugirió que su Bolívar era hijo legítimo de la documentación. La Academia Colombiana de la Historia trató de refutarlo: dentro de un tiempo, advirtió un histroiador resignado, esa novela será leída como documento histórico. Colombianos y venezolanos revivieron a su lectura las disputas bolivarianas como si ese libro no se hubiese cerrado.

 

A esta saga de la lectura plurisistémica le faltaba su poética, y el mismo autor la propone ahora en Vivir para contarla. El memorable primer capítulo plantea una interpretación de la vida del autor como saga novelesca, esto es, como una creación de la lectura. No porque García Márquez rescriba la maravillosa historia de sus padres enamorados, sino porque en las memorias reencontramos a Fermina y Florentino de El amor en los tiempos del cólera, viviendo en la inminencia epifánica de su novelización, lo cual nos hace creer que el autor está escribiendo su vida a la luz de esa vasta relectura feliz. Varias veces el lector reconoce las referencias íntimas, las complicidades amenas, la pasión y el humor novelesco que fluyen en este capítulo como la promesa del nacimiento del autor en la última frase y en el primer día de la fábula. Estas memorias son también las de nuestra lectura, y en ellas nos reconocemos llamados a descifrar nuestra condición imaginaria.

 

Llegué a tiempo para contarle a mi clase que Gabriel García Márquez debió llamarse José Gabriel de la Concordia, porque su nacimiento se interpretó como una reconciliación familiar. Sus padres eran ya sus primeros personajes. Sus últimos lectores somos los más recientes.

 

3

 

El New York Times dio recientemente la noticia de que en la joven narrativa colombiana “ya no hay abuelas que vuelan”, como solían volar en las novelas de Gabriel García Márquez. Lo cual demostraría que esa narrativa es más verídica; tanto, que su tema es la violencia y la miseria urbanas. Esta es la tercera vez que el NY Times afirma lo mismo. La primera, sostuvo que “las vacas ya no vuelan en la novela latinoamericana”; la segunda, que los nuevos narradores prefieren McDonald’s a Macondo porque han superado el “realismo mágico”. Pero cuando el New York Times se repite es porque hay algo que no entiende.

 

No hay abuelas volando en los libros de García Márquez.

 

Si algún narrador prefiere el centro comercial y el “fast food” sólo demostrará una vocación adolescente. Nada tienen esos centros de mágico y mucho menos de realista, pero tampoco son paraísos artificiales.

 

Por lo demás, no todas las novelas de García Márquez son rurales y la mayoría de ellas no pertenecen al realismo mágico.

 

El único personaje que vuela, más allá de “los más altos pájaros de la memoria”, es Remedios, la bella, en Cien años de soledad. En un cuento, hay un ángel viejo y desmemoriado que cae en un pueblo de la costa y es metido en una jaula como animal de circo.

 

En un congreso de escritores, en Puerto Rico, tuve la suerte de preguntarle a Toni Morrison si los personajes que vuelan en sus novelas vienen del libro de García Márquez. No, me contestó ella, vienen de Ohio.

 

Había ella descubierto, en el folklore local, que las leyendas sobre negros volando de regreso a África iban desapareciendo conforme crecían las ciudades. No lo decía como un triunfo de la modernidad, naturalmente, porque como dicen los africanos, cada hombre que desaparece es una biblioteca que perece.

 

Es realista pensar que la misma fuente mágica estuvo en el Caribe como otra fábula colonial producida por la esclavitud.

 

Por ello, cuando en la mera realidad una muchacha del pueblo de García Márquez huyó con un vendedor viajero, la familia encontró a mano una explicación veraz: “Ella voló a los cielos”. La cultura popular es experta en el control social.

 

Va siendo, además, hora de aclararlo. El “realismo mágico” en la obra de Gabriel García Márquez no es una licencia de la representación.

 

Sugiere, en primer lugar, que lo más fantástico no es lo más improbable sino lo más inmediato. La matanza de los trabajadores del banano sólo se puede comprender como la muerte de tres mil hombres, porque la violencia es en sí misma irrepresentable.

 

Pero, en segundo lugar, el “realismo mágico” es sólo la forma vehemente de la visión más durable de esta obra: la virtud natural, ese dictamen de la excelencia, que es hacer más con menos.

 

Vivir para contarla, ya el título declara esa visión, también nos recuerda que ser un buen lector es un don feraz.

 

©Julio Ortega, 2007.

 

 



[1] Este texto forma parte de Julio Ortega, Gaborio. Artes de releer a Gabriel García Márquez, Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2007, pág. 339-345. “A pie de página” agradece al autor su gentileza en habernos permitido la publicación de este ensayo [N.d.R.].