"Cervantes
y Sor Juana: la hipótesis del Barroco"
Cervantes
y Sor Juana: La hipótesis del Barroco[1]
Julio
Ortega
(Brown
University)
El tercer centenario de la publicación de la
primera parte del Quijote se
caracterizó por la extraordinaria lectura documental de la novela. Se celebró
el Quijote como documento empírico de
su época a la que puntualmente retrataba: las clases sociales y sus
diferencias, la pobreza y sus penurias, la vida marginal y su precariedad. En
una monografía titulada Estado social que
refleja “El Quijote” (premiada por
En este cuarto centenario hemos privilegiado
el carácter universal de la novela seguramente desde el presente ya no de
España sino del español sin fronteras. Cervantes había anticipado la lectura de
su novela como una avanzada de la lengua española, cuando en su dedicatoria al
conde de Lemos, le cuenta, no sin humor, que el emperador de
En este trabajo quisiera
proponer que uno de los horizontes constitutivos de la obra cervantina es
atlántico tanto como, desde al otra orilla, lo es de la poesía de Sor Juana
Inés de
Aun si el mismo género de la
novela (por su indeterminación cotidiana de tiempos y espacios) desmonta los
edificios naturalizados por la ideología y el poder, la diversidad cervantina
despliega espacios entrecruzados por personajes trashumantes en un imaginario
itinerante. La figura que ese trayecto traza está hecha, por lo menos, de dos
movimientos o desplazamientos: personajes desdoblados, dobles interpretaciones,
caminos de razón y de locura, lecciones de verdad y de apariencia... Siempre en
tensión y alteridad, pero también en canje y suplantación, esa dinámica del
relato construye un modelo narrativo que ya no se debe a los orígenes de la
novela sino a su despliegue venidero en la literatura, allí donde se abre como
lectura innovadora. Porque se trata tanto de una argumentación antitética y una
figuración analógica, donde la composición supone términos opuestos que se
asemejan o similares que se oponen. Esa figura es una hipótesis barroca.
En su edición de los ensayos
de Emilio Orozco Díaz, Cervantes y la
novela del barroco, José Lara Garrido había refutado las aseveraciones de
Américo Castro contra la lectura del Quijote
desde el Barroco o el Manierismo, así como su negativa a situarla en un
contexto europeo o internacional. Es irónico que el iniciador de la crítica
“deconstructiva” de la lectura museológica del Quijote, quien había abierto la posibilidad de nuevas lecturas genealógicas
de la obra cervantina, optase por nociones de una metafísica local. Perdió de
vista, precisamente, el espacio privilegiado por la sobrevivencia de los
conversos, las “ínsulas extrañas”, abundantes y baratarias, las Indias. De los
“indianos”, Castro se limitó a registrar la connotación despectiva o envidiosa
del término; se trató, más bien, de uno de los nuevos nombres de la
conflictividad española, la transatlántica, cuya forma abierta es barroca y
cuya historia interior quiere ser moderna. Por su lado, con toda su capacidad
de atención a las fuentes no españolas de Cervantes, el mismo Orozco en sus
trabajos sobre el barroco cervantino no es inquietado por la otra orilla del
barroco. Pero el gabinete barroco estaría menguado sin la imaginería, tan artística
como sensual de las Indias, donde irradian los frutos y frutas de la fecundidad
de ultramar. El barroco es la trama nueva del español ultramarino, que retrona
recargado y decorado, pero también más irónico y gozoso, fácil de metáforas y
dado a la hipérbole. El léxico americano de Cervantes reverbera de sabor local:
papagayo, cacique, potosina, cochinilla, perulero, caimán, zarabanda... Las
distintas formas del concepto de la “abundancia”, que se traslada del italiano
al español con el descubrimiento de América, recorren la obra de Cervantes. Es
el modelo de representación americano como gestación de la mezcla. “Común
refugio de pobres generosos” llama a las Indias en La española inglesa, con figura contradictoria, esto es, barroca.
Cervantes, lo sabemos, se
imaginó como indiano dos veces. En el memorial que presentó al Consejo de
Indias el 21 de mayo de 1590, luego de enumerar sus servicios al Rey, que no
dejan de incluir sus penurias, pide un puesto en las Indias: “Pide y suplica
humildemente cuanto puede a V.M. sea servido de hacerle merced de un oficio en
las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacos, que es, el uno,
la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la gobernación de la provincia de
Soconusco en Guatemala, o contador en las galeras de Cartagena, o corregidor en
la ciudad de
Si España le ofrecía, con paradoja
barroca, la libertad de la escritura en el espacio de la prisión, América
anunciaba un barroco de los sentidos y un horizonte sin fronteras. Lo vio
primero Edmundo O’Gorman en La invención
de América: Colón navegó entre islas que creyó “las Indias”, mientras que
Vespucio le dio la vuelta al continente que empezó a ser un Nuevo Mundo. Y
concluyó después J.H. Elliott: “América le dio a Europa espacio, en el sentido
más amplio de esa palabra – espacio que dominar, espacio donde experimentar, y
espacio que transformar de acuerdo a sus deseos – “ (406). A lo cual hay que
añadir el espacio barroco (hecho de expansión y desdoblamiento), allí donde se
configuran el placer del artificio (montajes y
figuraciones) y el pleno estilo de las resoluciones (la hibridez de la
mezcla, la textura del relato). Jorge Campos en su provechoso balance
“Presencia de América en la obra de Cervantes”, observó que el crecimiento del
correlato americano en la obra de Cervantes (referencial, temático,
imaginativo), culmina en la libertad de Persiles.
Justamente, esa novela póstuma elabora sus lugares imaginarios en el espacio
pleno, no de la novela bizantina, cuyos artificios aprovechó hasta
transformarlos, sino en el espacio figurativo del barroco transatlántico, donde
se interpolan, libres ya de la geografía normativa, las persuasiones utópicas
de linaje humanista con las aventuras de las Crónicas de Indias, empezando por
los Comentarios del Inca Garcilaso de
Jorge Campos comprobó que la
zarabanda es citada en siete de las obras de Ceravntes. En El celoso extremeño se nos dice que ese baile mestizo es “reciente”
en España. Se ve que nuestro autor andaba al día con la música popular. Esas
danzas criollas y negroides deben haberle revelado el placer de la mezcla.
“Zarabanda”, “zambapalo”, “chacona” son nombres mixtos, mestizos, híbridos. En El celoso extremeño viene su definición
barroca de las Indias como una heterotopía (lugares sumados en tensión):
Viéndose,
pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a
que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las
Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados,
salvaconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman
ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común
de muchos y remedio particular de pocos. (Novelas
ejemplares 175)
No es un
espacio controlado por los poderes jerárquicos, ni sobrecodificado por los
prejuicios, sino en proceso abierto y fluido, eximido de sanciones, donde
En El rufián dichoso esta hipótesis barroca
tiene su temprana definición poética. Un personaje alegórico, Comedia, le
cuenta a Curiosidad que en Sevilla se había “representado con arte / la vida de
un joven loco”; el cual, luego de su conversión, ejercía de fraile en México.
Pero habiendo dicho que “estaba ahora” en Sevilla, Comedia afirma luego que
está “aquí en México... / adonde el discurso ahora / nos trajo aquí por el
aire”. Y explica esa licencia retórica como una figura autoreferencial:
A Méjico y
Sevilla
he juntado
en un instante,
surciendo
con la primera
ésta y la
tercera parte... (Teatro completo 327)
Lo cual
quiere decir que el arte más nuevo de hacer comedias es reunir en el tiempo del
discurso las dos orillas del idioma, Sevilla y México, gracias al teatro, que
hace de su artificio referencial una metáfora. La narración (el argumento que
Comedia explica) se torna sintaxis barroca: los espacios se interpolan como
escenificaciones. “Surciendo” remite a la textualidad: juntar las dos ciudades
es hacer un plegado, tramar las partes del relato. Las ciudades se han hecho
tejido, texto.
Medio
siglo después, en México, Sor Juana Inés de
Yo no he menester de vos
que vuestro
favor me alcance
favores en
el Consejo
ni amparo en
los Tribunales,
ni que acomodéis mis deudos,
ni que
amparéis mi linaje,
ni que mi
alimento sean
vuestras
liberalidades,
que yo, señora, nací
en
compatriota
del oro,
paisana de
los metales,
adonde el común sustento
se da casi
tan de balde,
que en
ninguna parte más
se ostenta
la tierra, madre.
[...]
Europa mejor lo diga,
pues que ha
tanto que, insaciable,
de sus
abundantes venas
desangra los minerales
La
fuerza de la persuasión se despliega con sus evidencias: la serie de negaciones
afirma su independencia, libre de la suerte mundana de los infortunados que
sobreviven (Cervantes el primero) entre el Consejo de Indias y los tribunales
arbitrarios. La abundancia se reitera esta vez desde su orilla americana, con
tropos europeos, pero siempre como lección de equivalencias y símiles: las
riquezas son muchas, y del cuerpo materno los metales extraídos por Europa
(aquí el nombre genérico excusa lo peninsular) son un discurso paralelo, que
bien puede anteceder al ingenio poético americano, no menos abundante y
barroco. Pero hay más: siendo monja, alega ella, en la nave de la religión no
requiere riquezas sino que requiere de humildad, ese contrapeso. Y de pronto,
como cuando Cervantes hablaba de México, Sor Juana, al hablar de España, se
pregunta por el discurso mismo:
Pero, ¿a dónde de mi patria
la dulce afición me hace
remontarme al asunto
y del intento alejarme?
Vuelva otra vez, gran señora,
el discurso a recobrarse
y del hilo del discurso
los dos rotos cabos ate.
Si en la
pieza de Cervantes hablaba
Digo, pues, que no es mi intento,
señora, más que postrarme
a vuestras plantas que beso
a pesar de tantos mares.
Extraordinario
despliegue del escenario barroco (lo que Lezama Lima llamó la criolla
“cortesanía”), en el cual Sor Juana se representa a sí misma a los pies de la
“Grande Duquesa de Aveiro”, poeta y amiga de las poetas, y parienta, además, de
la condesa de Paredes, su protectora en México. Méndez Plancarte, por esta
alusión, cree que el poema se escribió entre 1680 y 1688; o sea, cercana la
crisis vital de Sor Juana, cuando atacada por la autoridad religiosa se
defiende maravillosamente en vano.[4]
El romance se detiene en la protectora, “La siempre divina Lisi”; “aquí calle /
mi voz, que dicho su nombre, / no hay alabanzas capaces”. Esto es, Lisi (la condesa
de Paredes) agota los epítetos pero confirma a la retórica. Y, ya dicho todo,
sólo queda por desanudar los lazos y revelar al sujeto que habla, confeso de
admiración, criatura del deseo:
Con pluma en tinta, no en cera
en alas de papel frágil,
las ondas del mar no temo,
las pompas piso al aire,
y venciendo la distancia,
[...]
a la dichosa región
llego [...]
Aquí estoy a vuestros pies,
por medio de estos cobardes
rasgos, que son podatarios
del afecto que en mí arde.
De nada puedo serviros,
Señora, porque soy nadie,
más quizá por aplaudiros,
podré aspirar a ser alguien.
Hacedme tan señalado
favor, que de aquí adelante
pueda de vuestros criados
en el número contarme.
El deseo
es un viaje imaginario en la geografía de la página: Sor Juana se ve
transpuesta en una hipérbole que excede con demasía el tópico. Si en
que por las claras ondas,
sin mojarse la planta,
pudiera de los ríos ir corriendo,
y encima, sin fatiga,
del alto trigo, sin doblar la espiga: (Barahona de Soto 754)
en su
romance, Sor Juana prolonga la licencia poética suspendiendo lo verosímil a
favor del símil. “Cobardes rasgos” llama a las palabras que llevan el poder del
deseo ardiente. Nada puedo, soy nadie, ser alguien: el sujeto que se recusa
para ser incluido, a nombre del “afecto”, termina sumándose a la escena soñada:
despierta como criatura (criada entre criados) de la corte de una Señora, de su
poder y gracia.
Extraordinario
paralelo el de esta laboriosa petición con la última página que había apurado
Cervantes, en su lecho de muerte, la dedicatoria del Persiles al Conde de Lemos. Allí se lee:
Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve,
las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo eso, llevo la vida sobre
el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a
Vuesa Excelencia: que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa
Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está
decretado que la haya de perder, cúmplale la voluntad de los cielos, y, por lo
menos, sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan
aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte
mostrando su intención.
“El
deseo que tengo de vivir es el deseo que tengo de serviros”: a las puertas de
la muerte, Cervantes llama a las del poder, otra vez en vano.
Es
notable lo muy poco que la crítica se ha ocupado del romance de Sor Juana.
Octavio Paz pasa por el poema a propósito del fraile Kino, protegido de la
duquesa, descartándolo como otro artilugio motivado por los “vínculos”, dice
Paz, que “establecían también un lazo con Sor Juana, protegida del virrey y su
mujer... Apenas si debo recordar, por otra parte, la prudencia de Sor Juana, su
respeto a la autoridad y en fin – palabra cruel pero exacta – su conformismo”
(344). Pero si la palabra es cruel, no es justa; digo yo. No se puede negar la
vasta poesía ornamental y de circunstancias
de la monja mexicana, pero tampoco incomprender sus estrategias de resistencia
y su valor en un medio contrario.[5]
Bien visto, el romance a
Por eso,
escribe en su romance:
(porque suele a lo más grave
la gloria de un pensamiento
dar dotes de agilidades),
a la dichosa región
llego, donde las señales
de vuestras plantas, me avisan
que allí mis labios estampe.
¿De qué
habla Sor Juana? ¿Se refiere solamente a su deseo de servir a la gran dama? El
trasfondo teológico, el tránsito y trance entre espacios vencidos, evocan el ethos dantesco. Méndez Plancarte, con
llaneza muy suya, anota: “Según
Que en
último término la poesía sea el espacio salvado a las miserias del siglo, lo
demuestra el diálogo de Sor Juan con el grupo de monjas portuguesas, amigas de
la formidable duquesa de Aveiro, quienes habiéndola leído entran en relación
con ella y le escriben elogios; la mismísima duquesa de Aveiro le responde con
un poema el romance petitorio. Sor Juana les envía enigmas, a los que llama
“Enigmas ofrecidos a
Antonio
Alatorre, en su lúcido prólogo a los Enigmas,
subraya el valor de este entramado atlántico: “justamente para conjurar el
menor peligro de atentado, el libro ‘busca real protección’. Al solicitar la
licencia,
Es,
pues, posible vivir en la poesía y sobrevivir en un convento gracias, en parte,
a la hermandad de las mujeres religiosas y poetas. Esa melancólica evidencia
pudo haber endulzado sus últimos años.[9]
También en una página, en su ámbito barroco, podríamos imaginar que el Ángel de
©Julio Ortega, 2006.
Obras
citadas
Alatorre, Antonio,
“Estudio”, Enigmas de Sor Juana Inés de
Alcázar, Jorge, La tradición emblemática en Sor Juana Inés
de
Ares Montes, José, Góngora y la poesía portuguesa del siglo
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dirigida. Antonio Núñez de Miranda, confesor de Sor Juana, México, UNAM,
2001.
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De Armas Wilson, Diana, Crevantes, the Novel, and the New World,
Elliott, J.H.,
“The
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Wissmer, Jean Michel,
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[1] A pie de página agradece a Julio Ortega su
amabilidad y gentileza por habernos permitido reproducir este artículo
aparecido en Hispanic Review, Volume 74.2, spring 2006, University of Pennsylvania,
Usa. [N.d.R.]
[2] Astrana Marín lo juzga así: “Los empleos
en Indias no se daban ya al mérito, sino al favoritismo o al dinero. Él había
soñado el sueño más absurdo, al pretender, nada menos, tan golosos cargos como
la gobernación de la provincia de Soconusco, o la corregiduría de
[3] El impacto del Quijote en America fue inmediato y ha sido documentado por
Rodríguez Marín, Medina y otros. Diana de Armas lo recuenta
cervantinamente: “Apart from the unknown number of
copies of Don Quijote
that crossed the
[4] No contando con la cronología de los
poemas de Sor Juana, sólo tenemos algunas fechas decisivas: el marqués de
[5] Para un mejor estudio de la hipérbole
retórica en la obra de Sor Juana se requiere todavía trabajos que establezcan
tanto su genealogía como su laboriosa estrategia poética. José Pascual Buxó se
detiene en la “cortesanía” de Sor Juana, que promedia entre el decoro y el
fervor. María Águeda Méndez ha explorado varias versiones del interés de
[6] En su estimulante reflexión crítica en
torno a Cervantes, el viaje y los mundos cervantinos, Steven Hutchinson ha
propuesto entender el deseo desde una perspectiva lacaniana. Su noción de una
“conciencia plurimundial” en la obra cervantina es válida también para la obra
de Sor Juana. Escribe:
“In view of the overwhelming importance of the notion of plural worlds with
regard to the works of countless writers... critical attention to this
phenomenon has been surprisingly scant” Y concluye:
“Another of many factors in the obscuring of worlds. I might add,
has been the insistence on Cervantes’s proverbial realism and its corollaries
such as verisimilitude” (163).
[7] El “Romance heroyco” del Padre Joseph
Buttino y Mújica, de
De México el Poético portento
Su sombra en su dosel buscó eurida.
Y por un renglón suyo en rasgos de oro
Mandó a su plectro atravesar
Aun más extravagante es el barroquismo del Padre
Pedro Dañón, Predicador General Jubilado, en su oración Sombra fúnebre, escrita para las honras a
[8] Una de las monjas portuguesas, Maria do
Céu, colaboradora de los Enigmas,
como advierte Antonio Alatorre (28), fue abadesa del Convento de
[9] Seis años después de la muerte de Sor
Juana, Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de Puebla de los Ángeles, manda
imprimir una puesta al día de las constituciones de las Jerónimas (Regla del glorioso doctor de