Dossier García Márquez

 

Un relato clásico entre otros[1]

por

Carlos Monsiváis

 

 

Vivir para contarla explica narrativamente una parte considerable del proceso creativo de Gabriel García Márquez, su reelaboración incesante de la experiencia de los primeros años, su convicción de la correspondencia entre paisajes físicos y estados de ánimo, entre la Naturaleza y el patrimonio sensual y cultural de los habitantes de una región. Así, la mayoría de los los libros de García Márquez, además del fundacional Cien años de soledad, expresan la necesidad de revivir, a través del lenguaje, y elijo uno de los varios libros clásicos de su autor. El amor en los tiempos del cólera combina lo narrativo y lo testimonial, la invención de un mundo y el relato de los orígenes del autor. Entre otras cosas, El amor en los tiempos del cólera es la historia del prolongado desencuentro y el breve encuentro de Fermina Daza y Florentino Ariza;

 

-el relato del largo y tenaz matrimonio de Fermina Daza y el doctor Juvenal Urbino de la Calle;

-el proceso de soledad, amor obstinado y lujuria de Florentino Ariza, que durante 52 años acecha a Fermina, se asemeja a una sombra y termina por ser el personaje más intenso;

-la reconstrucción de los hábitos de intimidad y sociedad en el Caribe, en el período 1880 a 1930 (aproximadamente);

-los pormenores de una sexualidad por lo común sofocante y triste;

-el panorama de los diversos y siempre restringidos espacios de las mujeres,

-el trazo implícito y explícito de las transformaciones de un pueblo y una zona que son reales y legendarios. (Declara García Márquez a El Periodista: “La ciudad es una ciudad imaginaria, que tiene de tres ciudades del Caribe colombiano: Cartagena de Indias, Santa Marta y Barranquilla, que están muy cerca  unas de otras. El Caribe colombiano se parece más al Caribe venezolano y a todo el resto del Caribe que al resto de Colombia. Más que la geografía o la reconstrucción histórica de la ciudad me interesaron las costumbres de la época de esa región precisa”).

 

Todos estos elementos confluyen en la relación entre los hábitos de clase (juicios y prejuicios) y el amor-pasión. Por más de medio siglo, Florentino –paciente, obsesivo- aguarda a Fermina, y en la espera transcurren cambios inmensos, su propia metamorfosis y las destrucciones y reconstrucciones parciales de la pequeña historia colombiana. Esto se adereza con los mil y un relatos que el autor introduce, el desfile de vidas resueltas en unas cuantas líneas, de prodigios de la anécdota o de hazañas de la descripción lírica que, afirma García Márquez, son diques contra el aburrimiento: “Busco la manera de que el lector no se distraiga con nada. Pongo algunos adjetivos, algunas palabras que no tendrían porqué estar allí, que no significan nada, pero que son recursos imperceptibles de estilo con el objeto de que no haya tropiezo”.

 

Los recursos no son tan imperceptibles. El escritor está al tanto de las expectativas de los lectores; de él se esperan la fluidez narrativa y el virtuosismo. En correspondencia, en El amor en los tiempos del cólera el dominio del lenguaje desborda, traspasa y eleva a personajes y atmósferas. Si en momentos El otoño del patriarca parece “escrita en demasía”, y en Crónica de una muerte anunciada la velocidad del relato obstaculiza el despliegue de las calidades de la prosa, en El amor en los tiempos del cólera el placer del idioma es el personaje central porque sin él los protagonistas y las situaciones se afantasmarían.

 

Como Borges, García Márquez –en realtos tan magistrales como El coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de la Mamá Grande- mantiene su insistencia:saber cómo habla un personaje es saber quién es, y el que descubre una entonación (una voz) (una sintaxis peculiar), vislumbra los contornos exactos de un destino. En los libros clásicos de García Márquez se extrema la certidumbre: gracias a la belleza del idioma (la perfección de su sonido, la sucesión de frases inmejorables), los hechos adquieren otro relieve, son los relatos que si no se dan con esas palabras se convierten en algo distinto. Para García Márquez, escribir bien no es una exhibición de dotes estilísticas; es añadir la noción épica del idioma a las épicas existentes. Así se asemejan las hazañas populares y los personajes, como el gitano, capaces de grandes recapitulaciones: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”. En función del criterio que no discrimina la índole de las hazañas, las descripciones de García Márquez le hacen justicia a la vitalidad de sus personajes, que corresponden a la eopeya colectiva de la sobrevivencia:

 

No iba (Fermina) a derramar una lágrima, no iba a malgastar el resto de sus años cocinándose a fuego lento en el caldo de larvas de la memoria, no iba a sepultarse en vida a coser su mortaja dentro de estas cuatro paredes como era tan bien visto que lo hicieran las viudas nativas (p.27).

 

¿A qué hora exacta murió el Coronel Aureliano Buendía?

 

En torno de García Márquez han crecido desde hace décadas al menos dos industrias: una editorial y otra académica (¿Cuántas tesis establecen con minuciosidad el árbol genealógico de los Buendía?). En la segunda industria fue lugar común, y en alguna medida lo sigue siendo, calificar a la obra de García Márquez como “realismo mágico”. La petición de principio es abrumadora. ¿Verdad que es inconcebible lo que pasa en los países dejados de la mano de la civilización? Como analiza Rafael Gutiérrez Girardot (Horas de estudio), este “realismo mágico” no es sino una variación barroca del programa neoclásico de Andrés Bello (en su “Alocución de la poesía” y en su “Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida”), es decir, y el modo más conspicuo en las interpretaciones que en los textos, la continuación de la ideología que halla en Latinoamérica una simple –o aderezada- Naturaleza, tal como la decretaron artistas como De Paw o Raynal, aquello que despreció Hegel y menospreció Ortega y Gasset. Naturaleza no Historia, o dicho de otro modo, la región proveedora de materias primas, nunca de cultura.

 

La etiqueta de “realismo mágico” ha servido para encauzar y negociar la asimilación masiva de Cien años de soledad.  Las mujeres olorosas a flores muertas, las epidermis que empiezan a entristecer, los barcos en mitad de la selva, el clamor de las campanas de los templos que saca a flote a los ahogados, el paraíso de humedad y silencio anterior al pecado original, donde las botas se hunden en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozan lirios sangrantes y salamandras doradas; todo el universo real y fantástico (distingos temáticos, no narrativos) de García Márquez se quieren reducir a un episodio de la vistoria de la Naturaleza, que se apodera de manera brutal y sinuosa de los destinos surreales de las familias y de las personas (“La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón”). Y no pocos académicos han prosperado con visitas guiadas a la ciudad de los espejos arrasada por el viento. La industria sin chimeneas de “lo real maravilloso”.

 

En El amor en los tiempos del cólera, y esto singulariza el libro, García Márquez no le da oportunidad a este alud de exégesis. Si la Naturaleza y la destrucción aciaga de su gloria apuntalan la novela, esto no sucede por el rumbo de los “milagros”. Si es admirable la plétora de tramas incidentales y la acumulación de objetos, frutas, comidas, olores, coitos, barcos, ruinas, amores desdichados, fiestas magnificentes, proezas venéreas, la invención narrativa se atiene a reglas estrictas y no hay cómo filtrar las facilidades del “realismo mágico”.

 

Del proceso histórico del amor

 

El amor en tiempos del cólera es una descripción, una reflexión y una trayectoria (acotada históricamente) de diferentes versiones del amor en el mundo latinoamericano. Varios “parques temáticos” de la novela del siglo XIX reaparecen o se mantienen: la entrega sin condiciones, la obsesión que sólo desvanece la muerte, la intransigencia de los padres que usan a sus hijos para ascender socialmente, el desaforado culto a las apariencias: “No creo en mujeres decentes que no sepan tocar el piano”, la soledad y la libertad “pecaminosa” de las viudas, el matrimonio como castigo ritual, las esposas diligentes y sumisas como artes y oficios recomendables, el sufrimiento emocional como privilegio de juventud, la fortaleza exigida para entrar en el reino del amor (reino inclemente y mezquino que expulsa a los débiles), la poesía como único lenguaje legítimo del amor, la impensabilidad de la vida sexual “lícita” más allá de la frontera de los 50 años para el hombre y de los 40 para la mujer.

 

La noción del amor está fechada. Florentino Ariza, hombre tímido, sin personalidad externa, hijo natural al servicio de una madre comerciante y prestamista, desprende de una mirada casual un cataclismo de amor, sacraliza su interés por una bella-sin-piedad, y prolonga la idolatría a lo largo de medio siglo. Indiferente al místico que la venera, Fermina Daza vive su matrimonio con el doctor Juvenal Urbino sin seguridades cabales (“Es increíble como se puede ser feliz durante tantos años, en medio de tantas peloteras, de tantas vainas, carajo, sin saber en realidad si eso es amor o no”), y luego, reconoce en el pretendiente tan desdeñado la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo. ¿Qué es “el amor” en este ámbito? Clásicamente, para Florentino el amor es la posesión memoriosa del objeto del deseo. Allí, en nel espacio de los recuerdos rituales, son solamente suyos los andares de venada, el hálito floral, la voz que es un eco prohibido, la nulificación del susto de contemplarla a sus anchas. En su oportunidad, Fermina ve en el amor a los placeres de la pasión doméstica, a la servidumbre recíproca, a la confusión programada entre instinto y comodidad.

 

Con estos elementos, otros novelistas naufragarían temática y narrativamente, centrándose en la frustración y oponiéndose a la novela rosa con espíritu vulgar o tímido. Pero García Márquez, erudito de los géneros, lleva la novela de amor a sus últimas consecuencias, y allí la terquedad del enamorado “ancestral” obliga al insólito, alucinante final feliz. En el último capítulo, los septuagenarios se aproximan a la dicha posible, al ser capaces de aceptar la verdad de sus físicos y contemplarse tal como se imaginaban: pellejos pálidos y fríos, marchiteces, huesos carcomidos, arrugas, sexos muertos. García Márquez reconcilia a la vejez con el amor, y, por lo mismo, la suya no es una “historia de amor entre viejitos”, sino la exploración hasta el extremo de las posibilidades del afecto y la armonía entre seres humanos, que culmina utópicamente:

 

El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Daza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

 

-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?-le preguntó.

 

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

 

-Toda la vida, dijo.

 

Para alcanzar su idealismo, efímero sin duda, Florentino debe padecer la “perspectiva del amor” en el siglo XIX, que se prolonga a las primeras décadas del siglo XX, y cruza por rencores clasistas, pobrezas, manías de grandezas de falsos fundadores de dinastías, empequeñecimientos del ánimo, murmuraciones equívocas a propósito de su soltería, ascensos penosos en la escala social, descubrimiento tardío del talento de la fornicación, acallamientos de dramas pasionales, transmisión de la experiencia erótica: “Le había enseñado (Florentino a la viuda de Nazaret) que nada de lo que se haga en la cama es inmoral si contribuye a perpetuar el amor. Y algo que había de ser desde entonces la razón de su vida: la convenció de que uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre”. La sabiduría que el porvenir verbalizará freudiana y post-freudianamente, se instala en la conducta de estos seres, vasallos en público de la hipocresía.

 

La sociedad cerrada y sus enemigos

 

Nadie en El amor en los tiempos del cólera con la dudosa excepción del exiliado Jeremiah de Saint-Amour, es un radical o un adversario de las instituciones. Las tesis ideológicas no cuentan; al país lo desgarra el enfrentamiento de liberales y conservadores; en medio siglo de vida independiente no se conoce un día de paz civil (“Nos volveremos viejos esperando”); hay escepticismo ante los credos e incluso ironía frente a las contiendas militares. Según un personaje, las guerras

 

no eran más que pleito de pobres arreados como bueyes por los señores de la Tierra, contra soldados descalzos arreados por el gobierno.

 

-La guerra está en el monte-dijo-. Desde que yo soy yo, en las ciudades no nos matan con tiros sino con decretos (p.105).

 

El amor es inalcanzable, los programas desembocan en los pretextos bélicos y el valor de la vida es tan relativo que los perros montunos no ladran por los riesgos de la guerra, y los oficiales hacen la leva de nuevos reclutas lanzándolos como novillos en plena carrera. En pos de su meta confesa –fundar indistinguiblemente la historia del amor y la documentación social y política-, García Márquez construye un relato casi circular que divulga tenaz y discretamente informaciones sobre el poder político y la sociedad. Al poder lo describen las máscaras de la representación de la dignidad, las complicidades de los próceres locales, la justificación por la violencia, la democratización del cinismo. A la sociedad la marcan el apego a la ficción de los grandes nombres, la inmersión gozosa en la banalidad, el entreveramiento de intolerancia clerical y lascivia fariseica, de solidaridad privada y egoísmo público.

 

García Márquez no extrae el determinismo de la confrontación de estas instancias. Uniéndolas, reeducándolas, transformándolas inexorablemente, actúan el desarrollo del capital y el de la Nación, que reduce a escombros viejas ciudades y erige con rapidez otras nuevas, que devasta la ecología y amplía las comunicaciones, que moderniza sin pedir permiso y declara anacrónicos numerosos comportamientos. En el lapso de medio siglo, las virtudes consagradas se añejan o se vuelven ridículas, y desaparecen nociones del amor y del sacrificio emotivo, que se hunden con su espacio y su tiempo en los confines de un museo imaginario, inaplicables, irretornables. En cinco décadas, el Progreso desecha y triza casi todas las ilusiones liberales y muchas de las formaciones retrógradas (“...los suplicios del colegio, el sueño insoportable de la misa diaria, el terror de los exámenes, la diligencia servil de las novicias, la vida entera pervertida por el prisma de la pobreza de espíritu”). Fermina, al último, vislumbra el horizonte implacable: la tecnología acelerada, el último manatí, la deforestación irracional que extermina al río, los barcos con bañera y ducha...

 

La Historia modifica la índole del amor, el Progreso corrompe y extermina a la Naturaleza, y de la vejez se desprende un olor agrio cuyo registro es a la vez físico y cultural. En su relato lineal y sinuoso a la vez, García Márquez vincula con suprema habilidad el tiempo histórico y el tiempo de la subjetividad amorosa, la narración de una pareja que llega a serlo en sus postrimerías y el tránsito de una región colombiana del siglo XIX al siglo XX.

 

En 1999, al examinar su autor algunos incentivos de El amor en los tiempos del cólera escribe: “Un personaje que se queda sin oficio en una noevla no tiene sino una de dos: o destruye la novela o la novela lo destruye a él” (en El amante inconcluso y otros textos). El oficio que García Márquez le entrega a Florentino y Fermina es su vislumbramiento del mundo sin jubilaciones mentales, sin renuncia a los proyectos de vida. Sin ese oficio no existe la novela.

 

©Carlos Monsiváis, 2007.



[1] Este texto forma parte de Julio Ortega, Gaborio. Artes de releer a Gabriel García Márquez, Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, pág. 13-20. “A pie de página” agradece a Julio Ortega y a Carlos Monsiváis.