Vittoria Martinetto (Turín, 1959)


"Autobiografía de grupo: Las genealogías de Margo Glantz "




Autobiografía de grupo: Las genealogías de Margo Glantz[1]

 

Vittoria Martinetto

 

(Università di Torino)

 

“Los recuerdos son como huevos de pájaro en el nido, el alma los incuba durante muchos años y de repente ellos rompen la cáscara desordenadamente, inexorablemente”

                                                                   Izrail’ Metter

                                                                   Genealogia[2]

 

            En un famoso ensayo sobre la escritura autobiográfica en la América española Sylvia Molloy pone de relieve como la tradición del relato autobiográfico en primera persona puede remontarse hasta los fundamentos mismos de la historia literaria del subcontinente incluyendo textos heterogéneos como los Comentarios reales de Garcilaso de la Vega, los Naufragios di Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y la Respuesta de Juana Inés de la Cruz. Es fascinante la idea de repensar la historia de la literatura hispanoamericana como un gran homenaje a la reminiscencia, para constatar, junto con Molloy, que también a través de los personajes ficticios más conocidos de su narrativa - Funes, Artemio Cruz, Dolores Preciado, Díaz Grey… - “Spanish American literature remembers”[3]. Pero no se preocupen: yo no voy a partir de tan lejos para hablar de Las genealogías de Margo Glantz[4]. Ni siquiera voy a leer este texto dentro del marco de la “Jewish Latin American Literature”, donde, gracias al empeño de Ilan Stavans y Marjorie Agosín, las reflexiones y los ensayos en torno al tema de la memoria autobiográfica se han multiplicado en los últimos años: los recursos bibliográficos disponibles en mi país lo han hecho imposible. Entonces para “fare di necessità virtù”, como decimos nosotros, o “de tripas corazón” – como dicen los españoles -  he optado por un método tan previsible como experimentado, que es quedarme pegada al texto. Así me he preguntado: ¿qué género de libro es éste? Y puesto que por algún lado tenía que empezar, he empezado por el título.

 

 “Genealogía”. Finjamos por el momento no habernos fijado en la declinación plural y consultemos el diccionario: “Disciplina que se ocupa del orígen y de la descendencia de familias y linajes”[5]. Sin embargo, por la vivacidad del yo narrador que acoge cálidamente al lector desde el primer párrafo, resulta evidente que el texto de Margo Glantz es de lo más ajeno a ese espíritu impersonal de coleccionista de mariposas o de filatélico con el que ciertos genealogistas emprenden la busca de sus antepasados. Al mismo tiempo es también indudable que el libro remonta de dos generaciones para relatar la historia de una familia en su trayecto migratorio desde el shtetl de la Ucrania originaria al México de los años’20. Entonces, acudo a Bajtín para establecer un puente de siglos entre genealogía y autobiografía, recordando como la autobiografía, en sus remotos orígenes, arranca justamente de la saga, de manera que halla su forma primitiva en ciertas manifestaciones de autoconciencia greco-romana destinadas a guardar memoria concreta de la estirpe y de las tradiciones ancestrales, en un proceso que de acta pública se ha hecho cada vez más íntimo y privado hasta las Confessiones de Agustín[6]. ¿Podemos leer Las genealogías como una autobiografía[7]? Mi conclusión es, obviamente, afirmativa, aunque se hace necesario dar un paso atrás para ilustrar qué criterios han guiado tal aserción y en qué medida la autora aprovecha también otros géneros contiguos como las memorias, la biografía, el autorretrato y el diario para construir – en la forma y en la sustancia – este insólito ejemplo de autobiografía que lleva el título de Las genealogías.

 

Para entenderlo no tenía más remedio que recurrir a Philippe Lejeune, autoridad indiscutible en los estudios sobre el género desde 1975, año de la publicación de Le pacte autobiographique, donde el crítico francés se medía con la casi imposible empresa de definir las fronteras de la autobiografía brindando una formulación que él mismo, en ensayos sucesivos no hesitó en definir “sectaire et dogmatique”[8]. Se trata sin duda de una autocrítica oportuna si se aísla la definición de autobiografía de su contexto y se cita como un absoluto: “Relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, cuando pone el acento sobre su vida individual y particularmente sobre la historia de su personalidad”[9]. Sin embargo, como puntualiza el mismo Lejeune, esta definición de carácter casi lexicográfico era entendida como simple “punto de partida para lanzar una deconstrucción analítica de los factores que entran en la percepción del género”[10]. Por eso, en mi modesta opinión, esta fórmula sigue vigente, al ofrecerse como horizonte de espera sobre el que medir diferencias y variaciones.[11]

 

Ahora, retomando el texto de Glantz, salta a la vista de inmediato como en él se respeta una condición imprescindible del “pacto autobiográfico” indicado por Lejeune, es decir la aseveración de una identidad dentro del libro que remite al nombre de la autora en la cubierta del mismo[12]. En definitiva, frente a la naturaleza proteiforme del corpus de los escritos autobiográficos y a la distinta recepción de la que fueron objeto a lo largo de su camino de extra-literarios a literarios[13], los estudios en materia han logrado individuar en la identidad autor/narrador/personaje y en el carácter averiguable de las noticias contenidas en el texto, los únicos elementos no susceptibles de variación, como oportunamente ha destacado Elizabeth W. Bruss[14]. Por lo tanto, Las genealogías es, tan sólo en base a estos criterios, una autobiografía. La “Margo” del título es la misma primera persona che estipula el pacto en el Prólogo, así como la “Margo” o “Marguito” a la que se dirigen el padre y la madre, los dos otros principales protagonistas a cuya voz se entrega la narración[15].

 

Pero, ¿en que consiste el pacto de Margo con el lector? Ante todo en el propósito de satisfacer dos requisitos que, siempre según Lejeune, son implícitos en el texto autobiográfico, o sea brindar al lector “un discurso sobre sí mismo, pero una realización particular de ese discurso, donde se responde a la pregunta quién soy mediante un relato que explica cómo me he vuelto así[16]. La primera tarea che Margo Glantz se plantea a sí misma es precisamente la de investigar su identidad híbrida judío-mexicana, como declara al final del “Prólogo”: “parezco judía y no lo parezco y por eso escribo – éstas – mis genealogías” (p.21). Por lo que atañe a la segunda, el texto presenta un elemento de novedad: el “cómo”, es decir la historia de una personalidad del pacto de Léjeune, se vuelve aquí un “de dónde vengo?” que se propone relatar hechos de alguna forma extraños a la narradora,  rescatando episodios del pasado de sus padres. No sólo. Para satisfacer este propósito la autora escoje un camino insólito para la autobiografía entregando una parte de la narración a otras voces, las de sus padres, con el auxilio de una grabadora. Siendo una transcripción de esta “grabación histórica”(p.22), como la define Glantz, el texto captura una serie de recuerdos de otro modo destinados a desaparecer junto con sus protagonistas, y adquiere por un lado la fisionomía de las “Memorias”, por otro de la “Biografía” (donde ofrece un retrato bastante completo de la figura del padre, Jacobo)[17]. La diferencia, aquí, reside en el hecho de que estos géneros de escritura suelen sacar noticias de la burocrática frialdad de documentos y archivos, mientras que el lector de Las genealogías está invitado en la ‘sala de las visitas’ de los Glantz para presenciar a sus vivaces conversaciones y debates sobre las peripecias familiares.

 

Hay, en fin, un aspecto que desde las primeras páginas del libro sugiere al lector que no se encuentra frente a un mero conjunto de anécdotas de familia, y es ese afán hermenéutico que, conscientemente o no, preside toda autobiografía. Se trata de no limitarse a contar, sino de conferir una unidad global a la serie inconexa de las experiencias aisladas. En la imposibilidad de mantenerse fiel, como el diario, a la cronología de los acontecimientos, y teniendo que confiar en la intermitencia del recuerdo que los retrata en plano largo, la autobiografía acaba por soldar la vivencia interior a la exterior traduciendo la pura objetualidad en experiencia personal[18]. En definitiva, tanto si recoge las voces de sus padres, como si habla directamente por sí, la narradora-recopiladora de estas memorias no hace de ellas una restauración  petrificada, sino que las vivifica revelando no sólo su trama existencial sino también, como se verá, una insospechada proyección futura.

 

En definitiva, el hilo conductor de esta “concienzuda y también desmelenada búsqueda de raíces” (p.219), como la define Glantz, parece resumirse en la pregunta que la autora le plantea a su madre – y por extensión a sí misma -  en el post scriptum que cierra el libro, pero a la que, sin embargo, el libro mismo ya respondió: “Qué significaría ser judío en la nueva diáspora de elección?” (p.236)[19]. Ajena al narcisismo que informa muchos escritos autobiográficos y de manera indirectamente proporcional al progresivo asomarse de recuerdos guardados en primera persona, Margo Glantz extiende la interrogante sobre su identidad a la de un entero pueblo migrante,  reconociéndose en el afán compartido por los hijos de la diáspora, de mantener vivas memoria y tradición junto a la necesidad de seguir enraizándose en la realidad en que se vive. Incapaz “de hablar de la memoria judía, así en bloque” (p.234), como confiesa al hacer balance de su libro, Glantz dice de haberlo hecho aferrandose a la “vivencia parásita” de sus padres, pero también - añadimos nosotros - a la suya propia de mujer y de escritora que, reconociendo a través de la memoria la riqueza de su matriz cultural híbrida, reafirma asimismo el deseo de pertenecer al presente con el contributo de su escritura[20]. A fin de cuentas nadie puede definirse autobiógrafo de profesión, y si alguien decide hablar de sí mismo es porque ya se afirmó en otra actividad. En Las genealogías hay clara conciencia de este privilegio. Por eso su enfoque autobiográfico nunca pierde de vista el hecho de que, aún relatando las memorias de una familia por más de un aspecto excepcional, se ofrece también como testimonio de una vivencia compartida por muchos “hermanos de barco” que, como los Glantz, se trasladaron al Nuevo Mundo pero sin dejar huella de su historia. Creo que este libro fue escrito también en su nombre…[21]

 

No se entendería la originalidad de la fórmula autobiográfica de Las genealogías sin mencionar los aspectos formales del texto, sabiamente escogidos para acompañar su doble esencia: la de ser el relato de una identidad individual y al mismo tiempo el vehículo de una memoria coral. De hecho el texto empieza, como empiezan muchas autobiografías, evocando el tema del nacimiento. Para eso, la autora elige dos verbos, “desciendo” y “nací”, que rubrican el doble registro en el que se va a desarrollar el hilo de la narración. El primero inaugura una clase de tiempo bíblico, que remite literalmente a los orígenes judíos de la familia Glantz, pero que sugiere también ese pasado remoto del que la narradora es testigo indirecta a través del relato de sus padres. El segundo tiempo, por así decir más prosaico, del “nací”, es un pasado próximo que contiene las vivencias autobiográficas de la narradora – infancia y juventud – y que con el avanzar de las páginas, acabará por coincidir con il presente de la escritura. Glantz habla del “yo desciendo…” cuando piensa en la lejana “Ucrania judía” lugar de nacimiento de sus padres y del “yo nací” con referencia a “este México” donde ella misma vio la luz. Dos coordenadas geográficas - Rusia y México - tan distantes como indisolublemente convocadas en estas memorias, y dos tiempospasado y presenteque, según Marjorie Agosín, son asimismo y por definición las coordenadas virtuales del judío: “The jew is a being who resides in two worlds: the world of the past, which he recuperates through memories, and the world of the present, a very difficult world that contains dangerous and contradictory elements and in which there is a great tension arising from being and not being, for being the same yet different”[22]. El presente de Margo Glantz, quizás también gracias a la toma de conciencia que este mismo texto representa, no parece tan conflictivo. Sin embargo es indudable que Las genealogías está construido sobre un principio tradicionalmente distintivo del pensamiento judío, es decir que, como sugiere Ilan Stavans “Jewish life is approached as a debate, a clash of opinions, an encounter”[23]. El principio dialógico es, en efecto, uno de los ejes de este texto heterogloso: por un lado el lector presencia verdaderas discusiones que los padres de Margo, acechados por las preguntas de la hija, emprenden entre ellos con motivo de la fragmentaria discontinuidad de los recuerdos; por otro es testigo de un debate interior a la narradora que recurre en estas páginas como un leit motiv. Se trata de la fascinación de Margo Glantz por la esencia profundamente sincrética de su identidad que discute con un sutil sentido de culpabilidad por una adhesión quizá demasiado heterodoxa a la tradición judía. A la fascinación pertenecen afirmaciones como: “yo judía y mexicana y rusa, sobre todo mexicana de la calle de Jesús María (…) católica subrepticia” (p.204) o la presencia, en su casa, de la menorah o del shofar junto a objetos de culto cristiano y precolombiano (p.20). Al sentido de culpabilidad, aunque más retórico que real, remiten los repetidos ejemplos de ajenidad de la autora con respecto a los cánones de la cultura de los antepasados:no estudié ni la Biblia ni el Talmud”(ivi), “los mandamientos, el Levitico y el Talmud y las ordenanzas de esas fiestas y celebraciones que me son, muchas veces, ajenas…” (p.18), “yo no entiendo yidish, apenas el coloquial, el que se refiere a la comida y a los regaños”, (p.174); para no mencionar el curioso paréntesis católico (cap.LVII) y el haber contraído “matrimonio/s fuera de la especie” (p.36). Esta presentación de sí misma como goi que recurre a lo largo del texto, resulta compensada por el hecho de que precisamente la investigación de su pasado y presente judío, o sea de esa “parte aletargada” de sí que le “toca de cercanía” con su padre (p.18), es uno de los resortes del libro. Por eso Margo Glantz prende la grabadora cediendo la palabra a su padre, para inaugurar un recorrido que la ayudará a entender algo de sus contradicciones, “por aquello del alma rusa encimada al alma mexicana”(p.25).

 

Hasta el capítulo LIV, que es cuando el testigo pasa directamente en las manos de la narradora, el relato corre a cargo de un diálogo: las voces son, salvo raras excepciones, las de los padres, y “los recuerdos son colectivos, de dos…”(p.52). Margo interviene como una entrevistadora que, arrebatada por la magia de lo que escucha, olvida luego los imperativos de una hipotético guión, para limitarse a apuntar la belleza fragmentaria, ambigüa y lagunosa del proceso mnemónico de dos ancianos. De hecho su padre “confunde muchas cosas, trastrueca fechas y cambia imágenes” (p.25) y “los datos varían cada vez que se le da cuerda al recuerdo” (p.26). Sin embargo la narradora deja espacio libre al alternarse de las voces de padre y madre, que rivalizan para contar anécdotas familiares, hasta el punto de que a veces ella misma las baraja y las sobrepone: “eran de mi madre, o de mi padre? (…) aquí de nuevo los recuerdos y las discusiones se confunden”, (pp.51-52). La escritura no interviene para deshacer nudos: sólo se encarga, algunas veces, de enlazar el discurso intermitente de la memoria genitorial, imaginando escenas o resumiendo largas descripciones. Es así como a la natural alteración del recuerdo se va añadiendo la elaboración de la recopiladora: “Aquí entra mi recuerdo, es un recuerdo falso, es de Bábel. Muchas veces tengo que acudir a ciertos autores para imaginarme los que mis padres recuerdan” (p.38). Un respaldo se lo ofrece, por ejemplo, un paso de Bashevis Singer, donde el escritor habla de la falta de sentido cronológico de los judíos como si institintivamente supieran que espacio y tiempo son mera ilusión, y Margo comenta: «Esa sensación de un tiempo largo, gelatinoso, contraído y dispuesto a resumirse en un tema con múltiples variaciones y cadenze, coincide con la vida de mis padres y con las conversaciones repetitivas…» (p.40). Al eludir voluntariamente las rutas de la genealogía, la autora no trata de encontrar una salida a los laberintos de la memoria, sino que simplemente intenta acceder a ellos sin que le importe volver a recorrer algunos trechos una y otra vez mientras ignora otros. Al fin y al cabo las lagunas no colmadas por sus padres, añaden un aura mitológica al pasado ruso de su ‘génesis’[24]. La voz de Margo Glantz se inserta, como la de un dramaturgo, para fotografiar lo que el diálogo no puede detener: gestos, expresiones, la atmósfera convivial de un té mientras ella estimula la narración de los padres con su curiosidad: “la nostalgia ahora es muy fuerte: lamento no poder grabar las miradas…”(p.77); “grandes risas emocionales, algunos tragos apresurados de té, ruidos de cucharitas contra el cristal…” (p.78).

 

 Es en pequeñas dosis y de forma muy discreta como el discurso de Margo Glantz se ha ido insinuando en el relato[25] de los progenitores de manera que, cuando en el capítulo LIV las voces de padre y madre se aflojan para ceder el paso a la autobiografía de la hija, la narración pasa del diálogo al monólogo sin solución de continuidad. Sin embargo, tampoco aquí el lector halla la concatenación lineal del iter vitae autobiográfico tradicional. La revisitación que Margo hace de sus propios recuerdos es a su vez fragmentaria, con una cadencia que remite por un lado a la del journal intime - sin tener su exactitud cronológica - y por otro al dibujo temático del autorretrato[26]. El lector podría divertirse en titular cada fragmento empezando con la fórmula “Margo y…: “Margo y Argentina”, “Margo y Colón”, “Margo y el catolicismo”, “Margo y la escuela”, “Margo y la biblioteca paterna”, “Margo y los matrimonios”, “Margo y los viajes”, “Margo y México que cambia”, “Margo y el Sionismo”, y el cine, y las lágrimas, y las casas, y la sangre, y Europa del Este, y las fotos…  Lo mismo que por el fascinante relato de los padres, donde desfilaban delante de los ojos del lector la Rusia de los zares, de los pogrom y de la Revolución, las peripecias de la inmigración y de la adaptación a la nueva realidad, la odisea de los oficios, la fascinante galeria de personajes frecuentados por Jacobo Glantz…, una vez más el relato de vida que emerge de Las genealogías no es el de un solemne mural, sino el de un mosaico hecho con piezas de esa petite histoire que sóla puede devolver una imágen antirretórica de la historia de una personalidad[27].

 

Es precisamente el carácter híbrido, heterogloso y fragmentario de este texto nacido de la contaminación de géneros contigüos, lo que hace de Las genealogías un inédito ejemplo de autobiografía coral[28]. Por otro lado, recorriendo la historia misma del género, se observa cómo, de crónica severa, puntual y planificada de una vida, como se presentaba todavía en su forma clásica, la autobiografía se ha deslizado progresivamente hacia el gusto desestabilizante de la aventura fabuladora acabando por entregarse a la fascinación novelesca. En su fase más madura, la que, para entendernos, remite a Proust, el éxtasis de las reminiscencias fragmentarias y aparentemente desordenadas, inauguraba una temporada que tenía ya tanta familiaridad con las convenciones de este género literario que se permitía  hasta violarlas[29]. En definitiva, la verdad poética de Las genealogías, cuya declinación plural está ahora totalmente justificada, transgrede de propósito muchos cánones insinuando el principio, quizá simplístico y paradójico para el estudioso, pero fascinante para el lector – expresado por Schlegel – según el cual toda obra aspira a ser el género de sí misma…[30].

 

Hay un solo punto en Las genealogías donde las dos memorias – individual y plural – y los dos niveles temporales - pasado y presente -  puestos a debatir a lo largo del texto aparecen, por primera vez, separados. Se trata del momento en que el discurso de la memoria/biografía y el de la autobiografía han de tomar direcciones distintas para encaminarse a la conclusión. Es notorio que mientras las memorias y las biografías se concluyen naturalmente con la muerte, la autobiografía no tiene un punto final donde estancar la narración. Así en Las genealogías: si el relato de la memoria genitorial se detiene necesariamente en la muerte de sus protagonistas[31], el discurso autobiográfico de la narradora llega tan cerca del período de su propia redacción que acaba por registrar el ruido de las teclas de la máquina de escribir, por describir el amontonarse de las páginas sobre la mesa y por imaginar el editor que está esperando recibirlas[32].

 

La narradora decide ponerles punto final  - “ahora sí” (p.240) – a las memorias genitoriales con un conmovedor homenaje a la madre, fechado en el año de su muerte que rubrica también la última revisión del texto[33]. En cambio, la autobiografía puede solamente cerrarse bajo el signo de la interrupción: “rehago mis genealogías - razona Margo -, recapitulo, es hora de darles un punto, si no aparte, al menos suspensivo…” (p.232). La suspensión que cierra la autobiografía es entregada por la autora a una especie de “viaje a la semilla”, con la imágen sugestiva de la nave de los inmigrantes que, “paréntesis perfecto” entre dos Mundos, ha decidido con un coup de dés la identidad judío-mexicana de Margo y de sus hermanas[34]. Ese “territorio flotante” donde las diferencias se allanan y las experiencias se integran, es símbolo y preludio de una rearticulación de la idea de exilio posibilitada por esas “tierras de realismo mágico”(p.205), como Margo define México, que no sólo han propiciado una fecunda hibridación, la suya, sino que han permitido armonizar en “un nuevo nosotros” las divergencias – y el antisemitismo - existentes dentro de la misma comunidad rusa expatriada[35]. A ese “territorio propio, fundamental para el judío y para cualquier emigrante” representado por las tradiciones, la comida, la lengua, la memoria, Margo Glantz parece decidida a añadir, al término de su exploración, un territorio hecho más de concretez que de abstracciones. Sin faltar al imperativo del shemá que, según Ilan Stavans, convierte a los judíos en eternos “retellers”, la escritora encuentra su  “patria” no en la memoria sino a partir de la memoria[36]. Se trata de la tierra de México que contempla, en el último capítulo, desde el romántico marco de Acapulco, de la tierra de Rusia visitada en 1981 que le brindó el empuje a la redacción definitiva del libro y del libro mismo como cofre de “vivencias” listas para colonizar el futuro de otras generaciones[37].

©Vittoria Martinetto, 2006.

 

Bibliografia

         Agosín, M, “Passion and memory: Latin American Jewish writers”, en Passion, Memory and Identity, University of New Mexico Press, Albuquerque, 1999

                   “Introduction”, en Memory, oblivion and Jewish culture in Latin America, University of           Texas Press, Austin, 2005.

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Bruss, E.W., Autobiographical acts. The changing situation of a literary genre, John Hopkins University Press, Baltimore, 1976.

Genette, G, Figures II, Editions du Seuil, Paris, 1969.

Glantz, M, Las genealogías, Alfaguara, México, 1996.

            Lejeune, P,  Moi aussi, Seuil, Paris, 1986.

                               Il patto autobiográfico, Il Mulino, Bologna, 1986.

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            Stavans, I, “Introduction”, en  A.M.Shua, The book of memories, University of New Mexico Press, Albuquerque, 1998.

 

 



[1] “A pie de página” agradece a Vittoria Martinetto su gentileza y amabilidad por habernos permitido publicar este artículo.

[2] I. Metter, Genealogia, Einaudi, Torino 1994, p.8 (la traducción es nuestra)

[3] S.Molloy, At face value. Autobiographical writing in Spanish America, Cambridge University Press, New York 1991, p.139.

[4] Todas las citas de Las genealogías remitirán a la edición Alfaguara, México 1996.

[5] Traduzco la definición ofrecida por G.Devoto-G.C.Oli, Vocabolario illustrato della lingua italiana, vol. I, p. 1143. Según el DRAE: “Disciplina que estudia la serie de progenitores y ascendientes de las personas”

[6] Cfr. M.Bachtin, “La biografia e l’autobiografía antica”, en Estetica e romanzo, Einaudi, Torino 1979, pp.277-293.  Bachtin interpreta como manifestación primitiva de autobiografía, esas actas de “autoconciencia pública” a través de las cuales lor romanos solían transmitir las tradiciones ancestrales y familiares. Sólo más tarde empezó a asomarse una autoconciencia privada y solitaria, aunque siempre expresada mediante formas retóricas existentes como la sátira (Oracio, Ovidio, Propercio) o la epístola (Cicerone, Seneca). En ellas, sin embargo, adquiríeron progresivamente importancia ciertos “detalles de la vita privada”, hasta llegar a formas de confesión, notoriamente con Agustín, cuyo carácter retórico-público se reducía a la formal pretensa di ser leídas en voz alta. Por lo que atañe el establecerse de una tradición ‘autenticamente literaria’ de la autobiografía, es preciso dar un salto cronológico que, pasando por las “vidas” más o menos ejemplares (Teresa de Avila,Vico, Hobbes, Alfieri, Casanova…), llegue hasta la consabida innovación traída a fines del siglo XVIII por Rousseau. Cfr., entre otros, G.May, L’autobiographie, Paris 1979 y Andrea Battistini, Lo specchio di Dedalo. Autobiografía e biografia, Il Mulino, Bologna 1990.

[7] Por una curiosa coincidencia, también el escritor judío ucranio Izrail’ Metter (1909-1994) ha titulado su breve autobiografía Genealogia (Rodoslovaja, 1992). A lo largo de la narración, rica en notaciones metaliterarias, el autor ofrece interesantes motivos de reflexión sobre el género autobiográfico. Un pasaje, en particular, remite a la relación originaria entre genealogía e autobiografía. Cuando Metter se pregunta porqué de repente los rostros de sus viejos, que le resultaban indiferentes en la infancia, adquieren una imágen tan viva en el recuerdo, encuentra una respuesta en la “sensación inexplicable que ellos son míos, que yo desciendo de ellos, que esta es mi estirpe, me enriquece de la continuidad ininterrumpida de la existencia – un sentimiento divino”, op.cit, p.15 (la traducción es nuestra)

[8] P.Lejeune, « Le pacte autobiographique (bis) », en  Moi aussi, Seuil, Paris 1986, p.15.

[9] P.Lejeune, Il patto autobiográfico, Il Mulino, Bologna 1986, p.12.

[10] La traducción es nuestra. Aquí va la cita completa de Lejeune: “Dans mon esprit la définition était un point de départ pour lancer une déconstruction analytique des facteurs qui entrent dans la perception du genre. Mais, isolée de son contexte, citée comme une ‘autorité’, elle pouvait apparaître sectaire et dogmatique »”, Moi aussi, cit. p.15.

[11] Esta es, en definitiva, la dinámica de los géneros: cada novedad rompe con el código implícito mediante el cual las nuevas obras pueden ser recebidas, llevando consigo su proprio horizonte de espera del que empieza la codificación. Esta dialéctica entre fuerzas de inercia y fuerzas de cambio era ya tomada en cuenta por Lejeune en “Autobiografía e storia letteraria”, anexo a Il patto autobiográfico,cit. pp.363-399. El concepto de “horizonte de espera”, emprestado por las teorías socio-literarias y considerado fundamental en la definición de los géneros, juega un papel central en la autobiografía, donde el autor, relatando de sí mismo y de impresiones no comprobables por el lector, le pide por adelantado una relación de confianza. Además, como anota Andrea Battistini, la importancia destinada por el propio  pacto autobiográfico a los modelos de la recepción literaria, le confiere historicidad y relatividad justamente por el hecho de que ello, como todo contrato, es destinado a renovarse, cfr. op.cit., p.143.

[12] “Las formas del pacto autobiográfico – afirma Lejeune – son muy diferentes: pero todas manifiestan la intención de honrar su propia firma”, ivi, p.26. La traducción es nuestra.

[13] Es casi imposible unificar la inmensa variedad de perspectivas críticas con las que se han inscrito determinados textos en el dominio de autobiografía. El mismo Georg Misch, uno de los primeros estudiosos contemporáneos en ocuparse del género, destacaba cómo a la exigencia de representar la vida correspondía una tal diversidad de formas (de las que brindaba un elenco) que sus lindes aparecían “mucho más fluidas y menos definibles” con respecto a los requisitos de grandes géneros como la poesía, la épica o el drama, justamente en virtud de la forma (cfr. A History of Autobiography in Antiquity, Routledge & Kegan, London 1950). Por lo que atañe a la tradición especificamente literaria de la autobiografía, Lejeune destaca a su vez la paradoja de “prétendre être à la fois un discours véridique et une oeuvre d’art”, (Moi aussi, cit., p.26). De hecho, a pesar del “contrato” de identidad y de veridicidad estipulado con el lector por la autobiografía, su carácter literario concede de por sí un amplio espacio a la fantasía de manera que, como recuerda el crítico francés citando la autoridad del Dictionnaire universel de littérature del 1876 “celui qui l’écrit n’est nullement astreint à être exact sur les faits, comme dans les Mémoires, ou à dire la vérité la plus entière comme dans les Confessions”. Es precisamente en este espacio de ambigüedad donde, a lo largo de los siglos, la naturaleza de algunos textos ha permitido lecturas diametralmente opuestas al respecto de su caráter autobiográfico, alejando aún más de la crítica la oportunidad de circumscribir los confines del género. Recientemente, además, con la contribución de las ciencias sociales, el « récit de vie »  se ha vuelto objeto de textos que redescrubren la originaria extraliterariedad de la autobiografía, como los libros entrevista y la llamada literatura testimonial.

[14] E.W.Bruss “L’autobiographie considérée comme acte littéraire”, en « Poétique », n°17, pp.14-26 y desarrollado en Autobiographical acts. The changing situation of a literary genre, John Hopkins University Press, Baltimore 1976.

[15] Margo”, p.45, 72, 75, 83, 91; “Marguito”, p.49. Es la narradora misma en razonar sobre su nombre: “A mí nunca me gustó mi nombre (…) Tarareo la letra del tango: “Ya no sós mi Margarita, ahora te llamás Margo”, p.166.

[16] P.Lejeune, Moi aussi, cit. p.19. Lo subrayado y la traducción son nuestros.

[17] Las genealogías reserva un relieve particular a la biografía del padre, el poeta yidish Jacobo Glantz, fundador de la diáspora familiar, gracias al cual los Glantz entrarán en estrecho contacto con las de vanguardias artísticas de México. Es Marjorie Agosín a poner de relieve este aspecto biográfico – y por extensión histórico -  del texto de Margo Glantz: “Margo Glant’s Genealogías assumes the identity of a daughter who tells the imaginary and symbolic story of her father, the inmigrant Jacobo Glantz. While telling it she also talks about the history of Mexico, she lives it and creates it, she makes it her own. Trotsky and Frida Khalo are also part of her memoirs – she as a writer, he as a poet, both Mexican Jews, Jewish Mexican”, in “Introduction” a Passion,Memory and Identity, University of New Mexico Press, Albuquerque 1999, p.XXIII. Para medir el nivel de heterodoxia del texto de Margo Glantz, que en efecto parece configurarse como una miscelánea de géneros contigüos, resulta útil esta consideración de Andrea Battistini: “Lejeune brindó de la autobiografía una definición deducida de una serie opositiva al respecto de géneros limítrofes de las memorias, de la biografía, del diario. A diferencia de las memorias, la autobiografía, que es un récit en prosa, trata de una vida individual, de la historia de una personalidad; a diferencia de la biografía, presenta una identidad de autor, narrador y personaje; a diferencia del diario, su enfoque es retrospectivo”, in op.cit., pp.142-43 (la traducción es nuestra).

[18] Cfr. ivi, pp.132-33. También Arnaldo Pizzorusso se detiene largamente sobre la propensión que tiene la autobiografía  a establecer un orden: “la común experiencia del relatar y del relato (non sólo literario) demuestra que quien, en cualquier circumstancia, relata su vida, introduce en ella (o es inclina a introducir en ella) una unidad, una dirección, un sentido. Aunque el caos sea la ley de la naturaleza, no permite ninguna clase de conocimiento de sí mismos o de juício. La autobiografía, en cambio, apunta precisamente a estos objetivos”, en Ai margini dell’autobiografía, Il Mulino, Bologna 1986, pp.187-88 (la traducción es nuestra). Roy Pascal ofrece una clara descripción del género autobiográfico que pone de relieve este especto: “Autobiography is a shaping of the past. It imposes a pattern on a life, constructs out of it a coherent story. It establishes certain stages in an individual life, makes links between them, and defines, implicitely or explicitely, a certain consistency of relationship between the self and the outside world (…)This coherence implies that the writer takes an explicit standpoint of the moment in which he reviews his life and interprets his life from it (…) In every case it is his present position which enables him to see his life as something of a unity, something that may be reduced to order”, en Design and Truth in Autobiography, Harvard University Press, Cambridge 1960, p.9. 

[19] Razona Marjorie Agosín sobre algunos aspectos compartidos por muchos escritores hispanoamericanos de orígen judío: “The desire for an identity, for a feeling of belonging to the culture in which one lives has become an obsession that many of these male and female writers share. In women’s literature it is clear that the unifying tradition is the memoir. It is here that Jewish women writers assume their own identities, remember through the voice of the father or the mother, but at the same time feel the world from their positions as outsiders. The act of writing memoirs that document exiles and arrivals and that incorporate, through personal experiences, what it means to be Jewish in Latin America is probably the most powerful contribution these writers can make”, en Passion, memory and identity, cit., p.XIV.

[20] Es siempre Marjorie Agosín en preguntarse: “What is the Jewish writer in Latin America? Is she one more inmigrant within a multicultural hybrid society, or is she always the writer who is torn between his desire to be faithful to the past and his ancestors and his desire to incorporate his feelings about the new world?”, ivi, p.XVII. En otro lugar Agosín atribuye a Las genealogías el mérito de haber abierto el camino a una larga serie de textos que de alguna forma tratan de responder a esa pregunta: “The Mexican writer Margo Glantz, whose book Genealogies is a pathbreaking combination of autobiography and memoirs and began an important autobiographical tradition that many female writers in Latin America followed…”, en “Introduction” a Memory,Oblivion, and Jewish Culture in Latin America, University of Texas Press, Austin 2005, p.XIX

[21] Sylvia Molloy anota como en diferentes autobiografías hispanoamericanas tomadas en consideración en su ensayo  entre ellas la de Victoria Ocampo – se observa la tendencia a incluir memorias ajenas dentro de las estrictamente personales: “By incorporating the memory of others - dice Molloy - the autobiographer’s own memory expands, becomes more powerful”; “On the one hand there is individual memory, self satisfying and at times solipsistic; it treasures choice details of personal life (…) On the other, there is collective memory, one that would preserve the past of a community of which, as a self-appointed witness, the autobiographer is a privileged member”, respectivamente en op.cit., p.161 e 165.

[22] Ivi, p.XVIII.

[23] I.Stavans, “Introduction”, en  A.M.Shua, The book of memories, University of New Mexico Press, Albuquerque 1998, p.XII.

[24] Son muchas, a lo largo del texto, las reflexiones de Margo Glantz sobre la naturaleza de la memoria: “repetir un acto mil veces condensa el recuerdo, pero los recuerdos traicionan aunque se recuerden mil veces en la mente…” (p103); “Será el recuerdo un goce debilitado? Se debilita quizá por el extenso manoseo al que se le somete: los recuerdos regresan siempre y nos quedamos anclados a un acontecimiento, parados como mi padre cuando contemplaba días enteros, a Orozco o a Rivera, pintando interminables frescos en Palacio o en Bellas Artes” (p.1219; “Dicen que la memoria ‘se porta a si misma’ y quizá esto se aplique también a los olvidos. Quizá haya memorias repetidas, contadas en la mente de cinco o seis maneras, apenas con variantes, como esos relatos múltiples donde muere Pedro Páramo” (p.162).

[25] Nos referimos a la famosa distinción entre relato y discurso de Emile Benveniste en la acepción ilustrada por Gérard Genette en Figures II, Editions du Seuil, Paris 1969 (trad. it. Figure II, Einaudi,Torino 1972, pp.34-41). 

[26] Según Arnaldo Pizzorusso la autobiografía y el autorretrato “se diferencian en primer lugar por la presencia o la ausencia de una narración continua. A esta distinción objetiva Michel Bonjour ha añadido otras consideraciones: en el autorretrato, en realidad, la narración no está del todo ausente, sino más bien subordinada a una distribución lógica y temática de las materias, ”, op.cit. p.186. En cambio, la modalidad del diario es, según Pizzorusso, la discontinuidad: “Su  redacción, como atestigua la datación de los pasajes, está relacionada con la circunstancia, la ocasión, cuando no con el momento. Puede representar situaciones, reacciones o aspectos que no implican nexos y relaciones (…) es bien sabido que el diario, en el momento de su aparición como journal intime, fue considerado como una renuncia a o una negación de la obra”, ivi, pp.201-202  (la traducción es nuestra).

[27] Es Sylvia Molloy quien emplea el término petite histoire al hablar de la reticencia con la que se refieren a la infancia  ciertas biografías y autobiografías del siglo XIX en América Latina, si no es como prolepsis: “as foreshadowing the achievements of the adult, or used for their documentary value”, op.cit. p.7. En cambio es justamente la microhistoria lo que juega un papel central en las autobiografías del siglo XX, estableciendo un puente entre memoria individual y memoria colectiva. En sus reflexiones sobre la autobiografía de Victoria Ocampo, Molloy anota por ejemplo: “The petite histoire that nineteenth-century autobiographers dutifully excluded from their texts in the name of History works itself  back, here, as History itself”, in op.cit., p.161.

[28] Remitiendo a las teorías de Blanchot, Nora Pasternac apunta cómo la fragmentariedad del discurso es un carácter distintivo de toda la obra, incluso ensayística, de Margo Glantz: “Su escritura aparece siempre parcelada, fraccionada, troceada, desmenuzada. Ella lo interpretó, en algunas de sus declaraciones, como una asociación de lo femenino con lo fragmentario; como una forma de escribir que tiene un ritmo particular, el de la conversación de las mujeres, sin ilación ni lógica aparente, pero que sigue el fluir de la conciencia (…) Y sabemos como el fragmento y la discontinuidad fueron teorizados en nuestra época. Por ejemplo, para Maurice Blanchot el fragmento puede relacionarse con un pensamiento que rechaza los sistemas de filosofía occidental totalizadora; es una pasión rebelede por lo inacabado y está ligado a la movilidad de la búsqueda, al pensamiento viajero y provisional. El habla fragmentaria cuestionaría la idea de saber absoluto porque no remite a ningún significado último ni a Dios”, en “El caso Glantz”, en Mujeres latinoamericanas del siglo XX. Historia y Cultura, tomo I, Fondo Editorial Casa de las Américas, Cuba 1998, pp.215-16

[29] Cfr.A.Battistini, op.cit., pp.13-14.

[30] Ivi, p.98.

[31] El texto registra lacónicamente las fechas de muerte de los padres: “Mi padre murió el 2 de enero de 1982. Mi madre, el 13 de mayo de 1997” (p.240).

[32] Anota la narradora : “en estos precisos instantes en que yo pongo mis dedos sobre la máquina de escribir (…) Martín  Casillas me espera con las prensas abiertas…”, (pp.229-230) .

[33] En la “Advertencia”, Margo Glantz ilustraba al lector las diferentes fases de redacción del libro. Al principio publicado parcialmente “por entregas” en el diario mejicano “Unomásuno”, fue luego reordenado, corregido y completado a raíz del viaje efectuado por la autora a Rusia en 1981 y publicado por Martín Casillas. Otras addenda aparecen en la sucesiva edición de 1987 (SEP). Sin embargo, es con el “Post scriptum” que anuncia el deceso de la madre en mayo de 1997, que en el mes de julio de ese mismo año Las genealogías sale en su versión definitiva por Alfaguara.

[34] “La nave – concluye la escritora - es el paréntesis perfecto entre los dos mundos, el lugar ideal para las metamorfosis que en México se producen plenamente ; per ejemplo, aquí nacimos nosotras, mis hermanas y yo”,p.240. Algunas páginas antes, refiriéndose a sí misma y a sus hermanas, Glantz hablaba de una “dinastía mexica” (p.35) originada por azar, puesto que México fue elegido por los Glantz como remedio a la imposibilidad de trasladarse a los Estados Unidos que, en 1924, habían cerrado las cuotas de inmigración (p.84).

[35] El post scriptum que lleva el título de “La (su) nave de los inmigrantes” es indudablemente un homenaje a México como tierra que “propicia los encuentros”: “Los hijos nacen en otra tierra y en otro idioma, las costumbres se yuxtaponen, los antagonismos inmediatos o seculares desaparecen y se antoja posible una integración. Los antiguos enemigos: los judíos – nosotros – y los rusos antisemitas – ellos – constituyen un todo, un nuevo nosotros, el de los inmigrantes, los otros no son un bloque formado por los antagonistas tradicionales sino los habitantes naturales del territorio de elección” (p.239).

[36] Me refiero a las sugerentes reflexiones de Ilan Stavans sobre la memoria comoinvenciónjudía: ”Jews are by nature retellers: their existence is testified by the act of remembrance of events protagonized by God, and that act links them to the generations that come before and after (…) Memory is a rabbinical creation, the product of what has come to be known as the exilic, postbiblical age. After the destruction of the Second Temple, the homelessness of the Jews has pushed them to turn the matters of memory into a homeland”, in op.cit., pp.IX-X.

[37] Es interesante leer lo que relata Philippe Lejeune sobre el experimento, realizado en 1978, de recoger la memoria oral de su propia familia - como hizo Margo Glantz - con la ayuda de una grabadora. Al momento de dar una evaluación conclusiva de su investigación, el crítico francés le atribuye no sólo el mérito de haberle ayudado a comprender su propia historia, personal y profesional a la luz del pasado, sino también de tener una proyección hacia el futuro. Anota Lejeune: “Cette récherche généalogique a en effet ce double aspect :se raccrocher à un passé, oui, mais aussi se projeter dans l’avenir (…) Car les documents que je rassemble, je n’en connais pas forcement le sens, et ce sens pourra apparaître à d’autres générations, qui serons passées par d’autres épreuves et s’en serviront comme matériau d’identification. Ainsi elles auront quelque chose derrière elles ”, « En famille », en Moi aussi, cit., p.185.