"Autobiografía
de grupo: Las genealogías de Margo
Glantz "
Autobiografía de grupo: Las genealogías de Margo Glantz[1]
Vittoria Martinetto
(Università di Torino)
“Los recuerdos son como
huevos de pájaro en el nido, el alma los incuba durante muchos años y de
repente ellos rompen la cáscara desordenadamente, inexorablemente”
Izrail’ Metter
Genealogia[2]
En un famoso ensayo sobre
la escritura autobiográfica en
“Genealogía”. Finjamos por el momento no habernos fijado
en la declinación plural y consultemos el diccionario: “Disciplina que se ocupa
del orígen y de la descendencia de familias y linajes”[5]. Sin embargo, por la
vivacidad del yo narrador que acoge cálidamente al lector desde el primer
párrafo, resulta evidente que el texto de Margo Glantz es de lo más ajeno a ese
espíritu impersonal de coleccionista de mariposas o de filatélico con el que
ciertos genealogistas emprenden la busca de sus antepasados. Al mismo tiempo es
también indudable que el libro remonta de dos generaciones para relatar la
historia de una familia en su trayecto migratorio desde el shtetl de
Para entenderlo no tenía más remedio que recurrir a
Philippe Lejeune, autoridad indiscutible en los estudios sobre el género desde
1975, año de la publicación de Le pacte
autobiographique, donde el crítico francés se medía con la casi imposible
empresa de definir las fronteras de la autobiografía brindando una formulación
que él mismo, en ensayos sucesivos no hesitó en definir “sectaire et
dogmatique”[8]. Se trata sin duda
de una autocrítica oportuna si se aísla la definición de autobiografía de su
contexto y se cita como un absoluto: “Relato
retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia,
cuando pone el acento sobre su vida individual y particularmente sobre la
historia de su personalidad”[9]. Sin embargo, como puntualiza el mismo Lejeune, esta
definición de carácter casi lexicográfico era entendida como simple “punto de
partida para lanzar una deconstrucción analítica de los factores que entran en
la percepción del género”[10]. Por eso, en mi
modesta opinión, esta fórmula sigue vigente, al ofrecerse como horizonte de
espera sobre el que medir diferencias y variaciones.[11]
Ahora, retomando el texto de Glantz, salta a la vista de inmediato
como en él se respeta una condición imprescindible del “pacto autobiográfico”
indicado por Lejeune, es decir la aseveración de una identidad dentro del libro
que remite al nombre de la autora en la cubierta del mismo[12]. En definitiva,
frente a la naturaleza proteiforme del corpus
de los escritos autobiográficos y a la distinta recepción de la que fueron
objeto a lo largo de su camino de extra-literarios a literarios[13], los estudios en
materia han logrado individuar en la identidad autor/narrador/personaje y en el
carácter averiguable de las noticias contenidas en el texto, los únicos
elementos no susceptibles de variación, como oportunamente ha destacado
Elizabeth W. Bruss[14]. Por lo tanto, Las genealogías es, tan sólo en base a
estos criterios, una autobiografía. La “Margo” del título es la misma primera
persona che estipula el pacto en el Prólogo, así como la “Margo” o “Marguito” a
la que se dirigen el padre y la madre, los dos otros principales protagonistas
a cuya voz se entrega la narración[15].
Pero, ¿en que consiste el pacto de Margo con el lector?
Ante todo en el propósito de satisfacer dos requisitos que, siempre según
Lejeune, son implícitos en el texto autobiográfico, o sea brindar al lector “un
discurso sobre sí mismo, pero una realización particular de ese discurso, donde
se responde a la pregunta quién soy mediante un relato que explica cómo
me he vuelto así”[16]. La primera tarea che Margo
Glantz se plantea a sí misma es precisamente la de investigar su identidad
híbrida judío-mexicana, como declara al final del “Prólogo”: “parezco judía y
no lo parezco y por eso escribo – éstas – mis genealogías” (p.21). Por lo que
atañe a la segunda, el texto presenta un elemento de novedad: el “cómo”, es
decir la historia de una personalidad del pacto de Léjeune, se vuelve aquí un
“de dónde vengo?” que se propone relatar hechos de alguna forma extraños a la
narradora, rescatando episodios del
pasado de sus padres. No sólo. Para satisfacer este propósito la autora escoje
un camino insólito para la autobiografía entregando una parte de la narración a
otras voces, las de sus padres, con el auxilio de una grabadora. Siendo una
transcripción de esta “grabación histórica”(p.22), como la define Glantz, el
texto captura una serie de recuerdos de otro modo destinados a desaparecer
junto con sus protagonistas, y adquiere por un lado la fisionomía de las
“Memorias”, por otro de la “Biografía” (donde ofrece un retrato bastante
completo de la figura del padre, Jacobo)[17]. La diferencia,
aquí, reside en el hecho de que estos géneros de escritura suelen sacar
noticias de la burocrática frialdad de documentos y archivos, mientras que el
lector de Las genealogías está
invitado en la ‘sala de las visitas’ de los Glantz para presenciar a sus
vivaces conversaciones y debates sobre las peripecias familiares.
Hay, en fin, un aspecto que desde las primeras páginas
del libro sugiere al lector que no se encuentra frente
a un mero conjunto de anécdotas de familia, y es ese afán hermenéutico que,
conscientemente o no, preside toda autobiografía. Se trata de no limitarse a
contar, sino de conferir una unidad global a la serie inconexa de las
experiencias aisladas. En la imposibilidad de mantenerse fiel, como el diario,
a la cronología de los acontecimientos, y teniendo que confiar en la intermitencia
del recuerdo que los retrata en plano largo, la autobiografía acaba por
soldar la vivencia interior a la exterior traduciendo la pura objetualidad en
experiencia personal[18]. En definitiva,
tanto si recoge las voces de sus padres, como si habla directamente por sí, la
narradora-recopiladora de estas memorias no hace de ellas una restauración petrificada, sino que las vivifica revelando no sólo su trama existencial sino también,
como se verá, una insospechada proyección futura.
En definitiva, el hilo conductor de esta “concienzuda y
también desmelenada búsqueda de raíces” (p.219), como la define Glantz, parece
resumirse en la pregunta que la autora le plantea a su madre – y por extensión
a sí misma - en el post scriptum
que cierra el libro, pero a la que, sin embargo, el libro mismo ya respondió:
“Qué significaría ser judío en la nueva diáspora de elección?” (p.236)[19]. Ajena al narcisismo
que informa muchos escritos autobiográficos y de manera indirectamente
proporcional al progresivo asomarse de recuerdos guardados en primera persona,
Margo Glantz extiende la interrogante sobre su identidad a la de un entero
pueblo migrante, reconociéndose en el
afán compartido por los hijos de la diáspora, de mantener vivas memoria y
tradición junto a la necesidad de seguir enraizándose en la realidad en que se
vive. Incapaz “de hablar de la memoria judía, así en bloque” (p.234), como
confiesa al hacer balance de su libro, Glantz dice de haberlo hecho aferrandose
a la “vivencia parásita” de sus padres, pero también - añadimos nosotros - a la
suya propia de mujer y de escritora que, reconociendo a través de la memoria la
riqueza de su matriz cultural híbrida, reafirma asimismo el deseo de pertenecer
al presente con el contributo de su escritura[20]. A fin de cuentas
nadie puede definirse autobiógrafo de profesión, y si alguien decide hablar de
sí mismo es porque ya se afirmó en otra actividad. En Las genealogías hay clara
conciencia de este privilegio. Por eso su enfoque autobiográfico nunca pierde
de vista el hecho de que, aún relatando las memorias de una familia por más de
un aspecto excepcional, se ofrece también como testimonio de una vivencia
compartida por muchos “hermanos de barco” que, como los Glantz, se trasladaron
al Nuevo Mundo pero sin dejar huella de su historia. Creo que este libro fue
escrito también en su nombre…[21]
No se entendería la originalidad de la fórmula
autobiográfica de Las genealogías sin
mencionar los aspectos formales del texto, sabiamente escogidos para
acompañar su doble esencia: la de ser el relato de una identidad individual y
al mismo tiempo el vehículo de una memoria coral. De hecho el texto empieza,
como empiezan muchas autobiografías, evocando el tema del nacimiento. Para eso,
la autora elige dos verbos, “desciendo” y “nací”, que rubrican el doble
registro en el que se va a desarrollar el hilo de la narración. El primero
inaugura una clase de tiempo bíblico, que remite literalmente a los orígenes
judíos de la familia Glantz, pero que sugiere también ese pasado remoto del que
la narradora es testigo indirecta a través del relato de sus padres. El segundo
tiempo, por así decir más prosaico, del “nací”, es un pasado próximo que
contiene las vivencias autobiográficas de la narradora – infancia y juventud –
y que con el avanzar de las páginas, acabará por coincidir con il presente de
la escritura. Glantz habla del “yo desciendo…” cuando piensa en la lejana
“Ucrania judía” lugar de nacimiento de sus padres y del “yo nací” con
referencia a “este México” donde ella misma vio la luz. Dos coordenadas geográficas - Rusia y México - tan distantes como indisolublemente convocadas en estas memorias, y dos tiempos – pasado y presente – que, según Marjorie Agosín, son asimismo y por definición las coordenadas virtuales del judío: “The jew is a being who resides in two worlds: the world of the
past, which he recuperates through memories, and the world of the present, a
very difficult world that contains dangerous and contradictory elements and in
which there is a great tension arising from being and not being, for being the
same yet different”[22]. El presente de Margo
Glantz, quizás también gracias a la toma de conciencia que este mismo texto
representa, no parece tan conflictivo. Sin embargo es indudable que Las genealogías está construido sobre un
principio tradicionalmente distintivo
Hasta el capítulo LIV, que es cuando el testigo pasa
directamente en las manos de la narradora, el relato corre a cargo de un diálogo: las voces son, salvo raras excepciones,
las de los padres, y “los recuerdos son colectivos, de dos…”(p.52). Margo
interviene como una entrevistadora que, arrebatada por la magia de lo que
escucha, olvida luego los imperativos de una hipotético guión, para limitarse a apuntar la belleza fragmentaria, ambigüa y lagunosa
del proceso mnemónico de dos ancianos. De hecho su padre “confunde muchas
cosas, trastrueca fechas y cambia imágenes” (p.25) y “los datos varían cada vez
que se le da cuerda al recuerdo” (p.26). Sin embargo la narradora deja espacio
libre al alternarse de las voces de padre y madre, que rivalizan para contar
anécdotas familiares, hasta el punto de que a veces ella misma las baraja y las
sobrepone: “eran de mi madre, o de mi padre? (…) aquí de nuevo los recuerdos y
las discusiones se confunden”, (pp.51-52). La escritura no interviene para
deshacer nudos: sólo se encarga, algunas veces, de enlazar el discurso
intermitente de la memoria genitorial, imaginando escenas o resumiendo largas
descripciones. Es así como a la natural alteración del recuerdo se va añadiendo
la elaboración de la recopiladora: “Aquí entra mi recuerdo, es un recuerdo
falso, es de Bábel. Muchas veces tengo que acudir a ciertos autores para
imaginarme los que mis padres recuerdan” (p.38). Un respaldo se lo ofrece, por
ejemplo, un paso de Bashevis Singer, donde el escritor habla de la falta de
sentido cronológico de los judíos como si institintivamente supieran que
espacio y tiempo son mera ilusión, y Margo comenta: «Esa sensación de un tiempo
largo, gelatinoso, contraído y dispuesto a resumirse en un tema con múltiples
variaciones y cadenze, coincide con
la vida de mis padres y con las conversaciones repetitivas…» (p.40). Al eludir
voluntariamente las rutas de la genealogía, la autora no trata de encontrar una
salida a los laberintos de la memoria, sino que simplemente intenta acceder a
ellos sin que le importe volver a recorrer algunos trechos una y otra vez
mientras ignora otros. Al fin y al cabo las lagunas no colmadas por sus padres,
añaden un aura mitológica al pasado ruso de su ‘génesis’[24]. La voz de Margo
Glantz se inserta, como la de un dramaturgo, para fotografiar lo que el diálogo
no puede detener: gestos, expresiones, la atmósfera convivial de un té mientras
ella estimula la narración de los padres con su curiosidad: “la nostalgia ahora
es muy fuerte: lamento no poder grabar las miradas…”(p.77); “grandes risas
emocionales, algunos tragos apresurados de té, ruidos de cucharitas contra el
cristal…” (p.78).
Es en pequeñas
dosis y de forma muy discreta como el discurso
de Margo Glantz se ha ido insinuando en el relato[25] de los progenitores
de manera que, cuando en el capítulo LIV las voces de padre y madre se aflojan
para ceder el paso a la autobiografía de la hija, la narración pasa del diálogo
al monólogo sin solución de continuidad. Sin embargo, tampoco aquí el lector
halla la concatenación lineal del iter
vitae autobiográfico tradicional. La revisitación que Margo hace de sus
propios recuerdos es a su vez fragmentaria, con una cadencia que remite por un
lado a la del journal intime - sin
tener su exactitud cronológica - y por otro al dibujo temático del autorretrato[26]. El lector podría
divertirse en titular cada fragmento empezando con la fórmula “Margo y…: “Margo
y Argentina”, “Margo y Colón”, “Margo y el catolicismo”, “Margo y la escuela”,
“Margo y la biblioteca paterna”, “Margo y los matrimonios”, “Margo y los
viajes”, “Margo y México que cambia”, “Margo y el Sionismo”, y el cine, y las
lágrimas, y las casas, y la sangre, y Europa del Este, y las fotos… Lo mismo que por el fascinante relato de los
padres, donde desfilaban delante de los ojos del lector
Es precisamente el carácter híbrido, heterogloso y
fragmentario de este texto nacido de la contaminación de géneros contigüos, lo
que hace de Las genealogías un
inédito ejemplo de autobiografía coral[28]. Por otro lado,
recorriendo la historia misma del género, se observa cómo, de crónica severa,
puntual y planificada de una vida, como se presentaba todavía en su forma
clásica, la autobiografía se ha deslizado progresivamente hacia el gusto
desestabilizante de la aventura fabuladora acabando por entregarse a la
fascinación novelesca. En su fase más madura, la que, para entendernos, remite
a Proust, el éxtasis de las reminiscencias fragmentarias y aparentemente desordenadas,
inauguraba una temporada que tenía ya tanta familiaridad con las convenciones
de este género literario que se permitía
hasta violarlas[29]. En definitiva, la
verdad poética de Las genealogías,
cuya declinación plural está ahora totalmente justificada, transgrede de
propósito muchos cánones insinuando el principio, quizá simplístico y
paradójico para el estudioso, pero fascinante para el lector – expresado por
Schlegel – según el cual toda obra aspira a ser el género de sí misma…[30].
Hay un solo punto en Las
genealogías donde las dos memorias – individual y plural – y los dos
niveles temporales - pasado y presente -
puestos a debatir a lo largo del texto aparecen, por primera vez,
separados. Se trata del momento en que el discurso de la memoria/biografía y el
de la autobiografía han de tomar direcciones distintas para encaminarse a la
conclusión. Es notorio que mientras las memorias y las biografías se concluyen
naturalmente con la muerte, la autobiografía no tiene un punto final donde
estancar la narración. Así en Las
genealogías: si el relato de la memoria genitorial se detiene
necesariamente en la muerte de sus protagonistas[31], el discurso
autobiográfico de la narradora llega tan cerca del período de su propia
redacción que acaba por registrar el ruido de las teclas de la máquina de
escribir, por describir el amontonarse de las páginas sobre la mesa y por
imaginar el editor que está esperando recibirlas[32].
La narradora decide ponerles punto final - “ahora sí” (p.240) – a las memorias
genitoriales con un conmovedor homenaje a la madre, fechado en el año de su
muerte que rubrica también la última revisión del texto[33]. En cambio, la autobiografía puede
solamente cerrarse bajo el signo de la interrupción: “rehago mis genealogías -
razona Margo -, recapitulo, es hora de darles un punto, si no aparte, al menos
suspensivo…” (p.232). La suspensión que cierra la autobiografía es entregada
por la autora a una especie de “viaje a la semilla”, con la imágen sugestiva de
la nave de los inmigrantes que, “paréntesis perfecto” entre dos Mundos, ha
decidido con un coup de dés la
identidad judío-mexicana de Margo y de sus hermanas[34]. Ese “territorio
flotante” donde las diferencias se allanan y las experiencias se integran, es
símbolo y preludio de una rearticulación de la idea de exilio posibilitada por
esas “tierras de realismo mágico”(p.205), como Margo define México, que no sólo
han propiciado una fecunda hibridación, la suya, sino que han permitido
armonizar en “un nuevo nosotros” las divergencias – y el antisemitismo -
existentes dentro de la misma comunidad rusa expatriada[35]. A ese “territorio
propio, fundamental para el judío y para cualquier emigrante” representado por
las tradiciones, la comida, la lengua, la memoria, Margo Glantz parece decidida
a añadir, al término de su exploración, un territorio hecho más de concretez
que de abstracciones. Sin faltar al imperativo del shemá que, según Ilan Stavans, convierte a los judíos en eternos
“retellers”, la escritora encuentra su
“patria” no en la memoria sino
a partir de la memoria[36]. Se trata de la
tierra de México que contempla, en el último capítulo, desde el romántico marco
de Acapulco, de la tierra de Rusia visitada en 1981 que le brindó el empuje a
la redacción definitiva del libro y del libro mismo como cofre de “vivencias”
listas para colonizar el futuro de otras generaciones[37].
©Vittoria Martinetto, 2006.
Bibliografia
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Stavans, I,
“Introduction”, en A.M.Shua,
The book of memories, University of
New Mexico Press, Albuquerque, 1998.
[1] “A pie de página” agradece a Vittoria
Martinetto su gentileza y amabilidad por habernos permitido publicar este
artículo.
[2] I. Metter, Genealogia, Einaudi,
[3] S.Molloy, At face value. Autobiographical
writing in Spanish America, Cambridge
University Press,
[4] Todas las citas de Las genealogías
remitirán a la edición Alfaguara, México 1996.
[5] Traduzco la definición ofrecida por
G.Devoto-G.C.Oli, Vocabolario illustrato
della lingua italiana, vol. I, p. 1143. Según el DRAE: “Disciplina que
estudia la serie de progenitores y ascendientes de las personas”
[6] Cfr.
M.Bachtin, “La biografia e
l’autobiografía antica”, en Estetica e romanzo, Einaudi, Torino 1979,
pp.277-293. Bachtin interpreta como manifestación
primitiva de autobiografía, esas actas de “autoconciencia pública” a través de
las cuales lor romanos solían transmitir las tradiciones ancestrales y
familiares. Sólo más tarde empezó a asomarse una autoconciencia privada y
solitaria, aunque siempre expresada mediante formas retóricas existentes como
la sátira (Oracio, Ovidio, Propercio) o la epístola (Cicerone, Seneca). En
ellas, sin embargo, adquiríeron progresivamente importancia ciertos “detalles
de la vita privada”, hasta llegar a formas de confesión, notoriamente con
Agustín, cuyo carácter retórico-público se reducía a la formal pretensa di ser
leídas en voz alta. Por lo que atañe el establecerse de una tradición
‘autenticamente literaria’ de la autobiografía, es preciso dar un salto cronológico
que, pasando por las “vidas” más o menos ejemplares (Teresa de Avila,Vico,
Hobbes, Alfieri, Casanova…), llegue hasta la consabida innovación traída a
fines del siglo XVIII por Rousseau. Cfr., entre otros,
G.May, L’autobiographie,
Paris 1979 y Andrea Battistini, Lo specchio di Dedalo. Autobiografía e biografia, Il Mulino, Bologna 1990.
[7] Por una curiosa coincidencia, también el escritor
judío ucranio Izrail’ Metter (1909-1994)
ha titulado su breve autobiografía Genealogia
(Rodoslovaja, 1992). A lo largo de la narración, rica en notaciones
metaliterarias, el autor ofrece interesantes motivos de reflexión sobre el
género autobiográfico. Un pasaje, en particular, remite a la relación
originaria entre genealogía e autobiografía. Cuando Metter se pregunta porqué
de repente los rostros de sus viejos, que le resultaban indiferentes en la
infancia, adquieren una imágen tan viva en el recuerdo, encuentra una respuesta
en la “sensación inexplicable que ellos son míos, que yo desciendo de ellos, que esta es mi estirpe, me enriquece de la continuidad
ininterrumpida de la existencia – un sentimiento divino”, op.cit, p.15 (la
traducción es nuestra)
[8] P.Lejeune, « Le pacte autobiographique
(bis) », en Moi aussi, Seuil, Paris 1986, p.15.
[9] P.Lejeune, Il patto autobiográfico, Il Mulino, Bologna 1986, p.12.
[10] La traducción es nuestra. Aquí va la cita completa de Lejeune: “Dans mon
esprit la définition était un point de départ pour lancer une déconstruction
analytique des facteurs qui entrent dans la perception du genre. Mais, isolée
de son contexte, citée comme une ‘autorité’, elle pouvait apparaître sectaire
et dogmatique »”, Moi aussi,
cit. p.15.
[11] Esta es, en definitiva, la dinámica de los géneros:
cada novedad rompe con el código implícito mediante el cual las nuevas obras
pueden ser recebidas, llevando consigo su proprio horizonte de espera del que
empieza la codificación. Esta dialéctica entre fuerzas de inercia y fuerzas de
cambio era ya tomada en cuenta por Lejeune en “Autobiografía e storia
letteraria”, anexo a Il patto
autobiográfico,cit. pp.363-399. El concepto de “horizonte de espera”,
emprestado por las teorías socio-literarias y considerado fundamental en la
definición de los géneros, juega un papel central en la autobiografía, donde el
autor, relatando de sí mismo y de impresiones no comprobables por el lector, le
pide por adelantado una relación de confianza. Además, como anota Andrea
Battistini, la importancia destinada por el propio pacto autobiográfico a los modelos de la
recepción literaria, le confiere historicidad y relatividad justamente por el
hecho de que ello, como todo contrato, es destinado a renovarse, cfr. op.cit.,
p.143.
[12] “Las formas del pacto autobiográfico – afirma
Lejeune – son muy diferentes: pero todas manifiestan la intención de honrar su
propia firma”, ivi, p.26. La traducción es nuestra.
[13] Es casi imposible unificar la inmensa variedad de
perspectivas críticas con las que se han inscrito determinados textos en el
dominio de autobiografía. El mismo Georg Misch, uno de los primeros estudiosos
contemporáneos en ocuparse del género, destacaba cómo a la exigencia de
representar la vida correspondía una tal diversidad de formas (de las que
brindaba un elenco) que sus lindes aparecían “mucho más fluidas y menos
definibles” con respecto a los requisitos de grandes géneros como la poesía, la
épica o el drama, justamente en virtud de la forma (cfr. A History of Autobiography in Antiquity, Routledge & Kegan,
London 1950). Por lo que atañe a la tradición especificamente literaria de la
autobiografía, Lejeune destaca a su vez la paradoja de “prétendre être à la
fois un discours véridique et une oeuvre d’art”, (Moi aussi, cit., p.26). De hecho, a pesar del “contrato” de identidad
y de veridicidad estipulado con el lector por la autobiografía, su carácter
literario concede de por sí un amplio espacio a la fantasía de manera que, como
recuerda el crítico francés citando la autoridad del Dictionnaire universel de littérature del 1876 “celui qui l’écrit
n’est nullement astreint à être exact sur les faits, comme dans les Mémoires,
ou à dire la vérité la plus entière comme dans les Confessions”. Es
precisamente en este espacio de ambigüedad donde, a lo largo de los siglos, la
naturaleza de algunos textos ha permitido lecturas diametralmente opuestas al
respecto de su caráter autobiográfico, alejando aún más de la crítica la
oportunidad de circumscribir los confines del género. Recientemente, además,
con la contribución de las ciencias sociales, el « récit de
vie » se ha vuelto objeto de textos que redescrubren la
originaria extraliterariedad de la autobiografía, como los libros entrevista y
la llamada literatura testimonial.
[14] E.W.Bruss “L’autobiographie considérée comme acte
littéraire”, en « Poétique », n°17, pp.14-26 y desarrollado en Autobiographical acts. The changing situation of a literary genre, John Hopkins University Press,
Baltimore 1976.
[15] “ Margo”, p.45, 72, 75, 83, 91; “Marguito”, p.49. Es la narradora misma
en razonar sobre su nombre: “A mí nunca me gustó mi nombre (…) Tarareo la letra
del tango: “Ya no sós mi Margarita, ahora te llamás Margo”, p.166.
[16] P.Lejeune, Moi
aussi, cit. p.19. Lo
subrayado y la traducción son nuestros.
[17] Las genealogías reserva un
relieve particular a la biografía del padre, el poeta yidish Jacobo Glantz,
fundador de la diáspora familiar, gracias al cual los Glantz entrarán en
estrecho contacto con las de vanguardias artísticas de México. Es Marjorie
Agosín a poner de relieve este aspecto biográfico – y por extensión histórico
-
[18] Cfr. ivi, pp.132-33. También Arnaldo Pizzorusso
se detiene largamente sobre la propensión que tiene la autobiografía a establecer un orden: “la común experiencia
del relatar y del relato (non sólo literario) demuestra que quien, en cualquier
circumstancia, relata su vida, introduce en ella (o es inclina a introducir en
ella) una unidad, una dirección, un sentido. Aunque el caos sea la ley de la
naturaleza, no permite ninguna clase de conocimiento de sí mismos o de juício.
La autobiografía, en cambio, apunta precisamente a estos objetivos”, en Ai margini dell’autobiografía, Il
Mulino, Bologna 1986, pp.187-88 (la traducción es nuestra). Roy Pascal
ofrece una clara descripción del género autobiográfico que pone de relieve este
especto: “Autobiography is a shaping of the past. It imposes a pattern on a life, constructs out
of it a coherent story. It establishes certain stages in an individual life,
makes links between them, and defines, implicitely or
explicitely, a certain consistency of relationship
between the self and the outside world (…)This coherence implies that the
writer takes an explicit standpoint of the moment in which he reviews his life
and interprets his life from it (…) In every case it is his present position
which enables him to see his life as something of a unity, something that may
be reduced to order”, en Design and Truth
in Autobiography, Harvard University Press, Cambridge 1960, p.9.
[19] Razona Marjorie Agosín sobre algunos
aspectos compartidos por muchos escritores
hispanoamericanos de orígen
judío: “The desire for an identity, for a feeling of
belonging to the culture in which one lives has become an obsession that many
of these male and female writers share. In women’s literature it is clear that
the unifying tradition is the memoir. It is here that Jewish women writers assume
their own identities, remember through the voice of the father or the mother,
but at the same time feel the world from their positions as outsiders. The act
of writing memoirs that document exiles and arrivals and that incorporate,
through personal experiences, what it means to be Jewish in Latin America is
probably the most powerful contribution these writers can make”, en Passion, memory and identity, cit., p.XIV.
[20] Es siempre Marjorie Agosín en preguntarse: “What is
the Jewish writer in
[21] Sylvia Molloy anota como en diferentes autobiografías hispanoamericanas tomadas en consideración en su ensayo – entre ellas la de Victoria Ocampo – se observa la tendencia a incluir memorias ajenas dentro de las estrictamente personales: “By incorporating the memory of others - dice
Molloy - the autobiographer’s own memory expands,
becomes more powerful”; “On the one hand there is individual memory, self
satisfying and at times solipsistic; it treasures choice details of personal
life (…) On the other, there is collective memory, one that would preserve the
past of a community of which, as a self-appointed witness, the autobiographer is a privileged member”, respectivamente
en op.cit., p.161 e 165.
[22] Ivi, p.XVIII.
[23] I.Stavans,
“Introduction”, en A.M.Shua,
The book of memories, University of
New Mexico Press, Albuquerque 1998, p.XII.
[24] Son muchas, a lo largo del texto, las reflexiones
de Margo Glantz sobre la naturaleza de la memoria: “repetir un acto mil veces
condensa el recuerdo, pero los recuerdos traicionan aunque se recuerden mil
veces en la mente…” (p103); “Será el recuerdo un goce debilitado? Se debilita
quizá por el extenso manoseo al que se le somete: los recuerdos regresan
siempre y nos quedamos anclados a un acontecimiento, parados como mi padre cuando
contemplaba días enteros, a Orozco o a Rivera, pintando interminables frescos
en Palacio o en Bellas Artes” (p.1219; “Dicen que la memoria ‘se porta a si
misma’ y quizá esto se aplique también a los olvidos. Quizá haya memorias
repetidas, contadas en la mente de cinco o seis maneras, apenas con variantes,
como esos relatos múltiples donde muere Pedro Páramo” (p.162).
[25] Nos referimos a la famosa distinción entre relato
y discurso de Emile Benveniste en la acepción ilustrada por Gérard Genette
en Figures II, Editions du Seuil, Paris 1969 (trad. it. Figure II,
Einaudi,Torino 1972, pp.34-41).
[26] Según Arnaldo Pizzorusso la autobiografía y el
autorretrato “se diferencian en primer lugar por la presencia o la ausencia de
una narración continua. A esta distinción objetiva Michel Bonjour ha añadido
otras consideraciones: en el autorretrato, en realidad, la narración no está
del todo ausente, sino más bien subordinada a una distribución lógica y
temática de las materias, ”, op.cit. p.186. En cambio, la modalidad del diario
es, según Pizzorusso, la discontinuidad: “Su
redacción, como atestigua la datación de los pasajes, está relacionada
con la circunstancia, la ocasión, cuando no con el momento. Puede representar
situaciones, reacciones o aspectos que no implican nexos y relaciones (…) es
bien sabido que el diario, en el momento de su aparición como journal intime, fue considerado como una
renuncia a o una negación de la obra”, ivi, pp.201-202 (la traducción es nuestra).
[27] Es Sylvia Molloy quien emplea el término petite histoire al hablar de la reticencia con la que se refieren a la
infancia ciertas biografías y
autobiografías del siglo XIX en América Latina, si no es como prolepsis: “as
foreshadowing the achievements of the adult, or used for their documentary
value”, op.cit. p.7. En cambio es justamente la microhistoria lo que juega un
papel central en las autobiografías del siglo XX, estableciendo un puente entre
memoria individual y memoria colectiva. En sus reflexiones sobre la autobiografía de Victoria Ocampo,
Molloy anota por ejemplo: “The petite
histoire that nineteenth-century autobiographers
dutifully excluded from their texts in the name of History works itself back, here, as History itself”, in op.cit., p.161.
[28] Remitiendo a las teorías de Blanchot, Nora
Pasternac apunta cómo la fragmentariedad del discurso es un carácter distintivo
de toda la obra, incluso ensayística, de Margo Glantz: “Su escritura aparece
siempre parcelada, fraccionada, troceada, desmenuzada. Ella lo interpretó, en
algunas de sus declaraciones, como una asociación de lo femenino con lo
fragmentario; como una forma de escribir que tiene un ritmo particular, el de
la conversación de las mujeres, sin ilación ni lógica aparente, pero que sigue
el fluir de la conciencia (…) Y sabemos como el fragmento y la discontinuidad
fueron teorizados en nuestra época. Por ejemplo, para Maurice Blanchot el
fragmento puede relacionarse con un pensamiento que rechaza los sistemas de
filosofía occidental totalizadora; es una pasión rebelede por lo inacabado y
está ligado a la movilidad de la búsqueda, al pensamiento viajero y
provisional. El habla fragmentaria cuestionaría la idea de saber absoluto
porque no remite a ningún significado último ni a Dios”, en “El caso Glantz”,
en Mujeres latinoamericanas del siglo XX.
Historia y Cultura, tomo I, Fondo Editorial Casa de las Américas, Cuba
1998, pp.215-16
[29] Cfr.A.Battistini, op.cit., pp.13-14.
[30] Ivi, p.98.
[31] El texto registra lacónicamente las fechas de
muerte de los padres: “Mi padre murió el 2 de enero de
[32] Anota la narradora : “en estos
precisos instantes en que yo pongo mis dedos sobre la máquina de escribir (…)
Martín Casillas me espera con las
prensas abiertas…”, (pp.229-230) .
[33] En la “Advertencia”, Margo Glantz ilustraba al
lector las diferentes fases de redacción del libro. Al principio publicado
parcialmente “por entregas” en el diario mejicano “Unomásuno”, fue luego
reordenado, corregido y completado a raíz del viaje efectuado por la autora a
Rusia en 1981 y publicado por Martín Casillas. Otras addenda aparecen en la sucesiva edición de 1987 (SEP). Sin embargo,
es con el “Post scriptum” que anuncia el deceso de la madre en mayo de 1997,
que en el mes de julio de ese mismo año Las
genealogías sale en su versión
definitiva por Alfaguara.
[34] “La nave – concluye la escritora - es el
paréntesis perfecto entre los dos mundos, el lugar ideal para las metamorfosis
que en México se producen plenamente ; per ejemplo, aquí nacimos nosotras,
mis hermanas y yo”,p.240. Algunas páginas antes, refiriéndose a sí misma y a
sus hermanas, Glantz hablaba de una “dinastía mexica” (p.35) originada por
azar, puesto que México fue elegido por los Glantz como remedio a la
imposibilidad de trasladarse a los Estados Unidos que, en 1924, habían cerrado
las cuotas de inmigración (p.84).
[35] El post scriptum que lleva el título de
“La (su) nave de los inmigrantes” es indudablemente un homenaje a México como
tierra que “propicia los encuentros”: “Los hijos nacen en otra tierra y en otro
idioma, las costumbres se yuxtaponen, los antagonismos inmediatos o seculares
desaparecen y se antoja posible una integración. Los antiguos enemigos: los
judíos – nosotros – y los rusos
antisemitas – ellos – constituyen un
todo, un nuevo nosotros, el de los
inmigrantes, los otros no son un
bloque formado por los antagonistas tradicionales sino los habitantes naturales
del territorio de elección” (p.239).
[36] Me refiero a las sugerentes reflexiones de Ilan Stavans sobre la memoria como “invención”
judía: ”Jews are by nature retellers: their existence is testified by the act of
remembrance of events protagonized by God, and that
act links them to the generations that come before and after (…) Memory is a
rabbinical creation, the product of what has come to be known as the exilic, postbiblical age. After the destruction of the
[37] Es interesante leer lo que relata Philippe
Lejeune sobre el experimento, realizado en 1978, de recoger la memoria oral de
su propia familia - como hizo Margo Glantz - con la ayuda de una grabadora. Al
momento de dar una evaluación conclusiva de su investigación, el crítico
francés le atribuye no sólo el mérito de haberle ayudado a comprender su propia
historia, personal y profesional a la luz del pasado, sino también de tener una
proyección hacia el futuro. Anota
Lejeune: “Cette récherche généalogique a en effet ce double aspect :se
raccrocher à un passé, oui, mais aussi se projeter dans l’avenir (…) Car les
documents que je rassemble, je n’en connais pas forcement le sens, et ce sens
pourra apparaître à d’autres générations, qui serons passées par d’autres
épreuves et s’en serviront comme matériau d’identification. Ainsi elles auront
quelque chose derrière elles ”, « En famille », en Moi aussi, cit., p.185.