Alfredo Helman, Il Militante, Marina di Massa, Edizioni Clandestine, 2005, 181 páginas.

 

Las memorias, testimonios, autobiografías pertenecen a la denominada “escritura del Yo” en la cual la voz narrante pasa revista a los acontecimientos que han formado parte de su vida. El narrador escribe con la máxima libertad posible y es responsable de la veracidad o no de su relato. En él pueden haber omisiones deliberadas respecto a hechos y personas. Puede ficcionalizarlas o contaminarlas como en el caso de los literatos. Suscribe un pacto con el lector en el cual está en juego la verdad o su apariencia. No es éste el caso de Alfredo Helman (Buenos Aires, 1935), militante y cuadro comunista argentino que ha escrito Il Militante, obra que viaja entre las fronteras de la autobiografía y el testimonio. Helman empieza el relato biográfico advirtiéndonos que no es un literato y, por lo tanto, no tenemos que esperarnos “la fineza o la forma elegante de la prosa de un verdadero escritor”[1] (pág. 5). Asimismo, nos revela su timidez y hasta un cierto temor reverencial con respecto al género autobiográfico y decide definir la obra como un “testamento”. Como quiera que sea, el autor logra su intento narrándonos su vida a través de su experiencia política y la coherencia de sus ideas. Helman es descendiente de inmigrantes judíos que llegan a la Argentina y que prosiguen en ese país con su militancia comunista. La herencia bolchevique está presente en el ambiente en el cual crece y en la adolescencia ingresa en el Partido Comunista Argentino, en la Federación Juvenil. Allí realiza su aprendizaje político que coincide con los años de persecución y represión de los comunistas durante el peronismo. Todo parece indicar que la participación de Helman en la política, a través de la Federación Juvenil, lo iba a convertir más adelante en funcionario del partido. Pero hay hechos que interrumpen este proceso y que se darán más tarde. Uno de los aspectos interesantes de las vivencias de Helman es la visión que posee acerca del aparato del Partido Comunista y que pone en resalto las contradicciones entre los jóvenes de la Federación y la burocracia del Partido, en especial el grupo dirigente. Así, podemos ver la nueva concepción del mundo y de la ideología de parte de los jóvenes y lo anquilosado de la vieja burocracia dirigente. Todo este aire fresco nace de la experiencia del autor a través de los viajes a los famosos Congresos de la Juventud que se realizaban en los países del socialismo real y que desplegaban un gran aparato propagandístico con el objetivo de ganar consensos allende sus fronteras. Por otro lado, el PCA seguía un alineamiento que caracterizaba a todos los otros partidos comunistas en el mundo y esto le restaba una independencia de juicio tan necesaria como antídoto contra el conformismo. Un hecho representa el quiebre de esta situación: la Revolución Cubana. Su triunfo aglutina a los jóvenes latinoamericanos que adhieren incondicionalmente a la causa cubana. Y muchos jóvenes, militantes comunistas, desean ir a Cuba para conocer y ver de cerca su proceso. Helman será uno de ellos, viajará a la isla para recibir entrenamiento guerrillero. Por este motivo romperá con el Partido que se opone a emprender la lucha armada y a subvertir el así llamado “orden establecido”, gracias a su alineamiento a la “línea soviética” que manifestaba animadversión a la guerrilla latinoamericana y a la teoría, práctica y visión guevaristas. Helman nos muestra su coherencia y el precio que conllevan ciertas decisiones. Por otro lado, está convencido que la revolución tiene que darse en el continente. Pero todo se frustra a raíz de la muerte de Ernesto Guevara en la convulsionada Bolivia de aquella época. Ante la imposibilidad de encender focos revolucionarios en Sudamérica y ante la maciza represión de la izquierda de parte de las fuerzas armadas de la región que obedecían a los diktats de la siniestra “Doctrina de Seguridad Nacional”, Helman regresa a Argentina que vive el onganiato y las agitaciones provocadas por el descontento. Nuevas esperanzas habían nacido en vista del agotamiento de esa dictadura y del regreso de Juan Perón del exilio. Sobre todo de parte de los sectores progresistas y radicalizados que estaban en el interior del peronismo y que combatían una lucha sin cuartel contra el ala derecha. El deseo cubría la realidad y proyectaba mucha energía para llevar a cabo un gobierno peronista realmente progresista. Como muchos argentinos, Helman veía plausible esa hipótesis, ese deseo. Sin embargo, la realidad destruyó una vez más los sueños de justicia y de cambio y comenzó a traducirse en tragedia. La extrema derecha peronista había copado los espacios del partido y del gobierno dedicándose a poner en marcha la maquinaria criminal. La violencia urbana y el descontrol hicieron desembocar el país ante la catástrofe golpista. Fue el principio del fin. Helman, que ya no se ocupaba de política activa, y gracias a conocidos, pudo obtener el pasaporte para marcharse al exilio. Así, iniciaba una nueva fase en su vida, en Europa con todas las dificultades generadas por este tipo de situaciones. Después de un periplo por numerosos países europeos, decide instalarse en Italia con la familia. Los años de la dictadura son para muchos de los exiliados la ocasión de combatirla desde afuera a través de campañas de sensibilización y de denuncia de los crímenes perpetrados. Resulta interesante leer en estas páginas las sensaciones que emergen cuando termina la dictadura y regresa la democracia con Alfonsín y con ella retornan numerosos exiliados para tratar de reconstruir el país. Helman, sin embargo, no lo hace y vive entre dos mundos, atrapado quizás por una inevitable nostalgia. Il Militante es una obra valiosa por sus contenidos y por la claridad de la exposición. Asimismo, es reconfortante poder leer el balance de una vida entregada a sostener y defender ideales universales como la justicia social, la igualdad, la solidaridad en tiempos tan funestos como los que nos están tocando vivir en los cuales se impone una vulgar subcultura del dinero asociada al individualismo bárbaro que, sin duda, nos hacen peores. Es también reconfortante leer la defensa de la ética de parte de quien creyó y sigue creyendo en esos supremos ideales a pesar de tantos vértigos de la involución y el retroceso. Y Helman logra transmitirnos ese humanismo positivo en estas bellas páginas biográficas. Lástima que la traducción cojee. Y cojea por errores numerosos y por descuidos del traductor y del revisor. Además ciertas notas a pie de página son innecesarias porque se supone que un lector medianamente instruido conoce a muchos personajes citados. A veces resulta excesivo el afan “didáctico”. Y no es la primera vez que sucede. Ya en otra obra del autor reseñada en este sitio, se presentaron los mismos problemas. Yo creo que el lector necesita y merece leer libros que se presenten con esmero del punto de vista de las normas de redacción y de la traducción. Para así poderlos disfrutar mejor.

 

©Luis Dapelo, 2007.

 



[1] La traducción es mía.