Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo, Barcelona,Tusquets, 2005, 230 páginas.

 

Las Heras, Argentina.Liliana Patricia Rojas, una joven esposa de veinte años, en vez de cenar con su familia se retira a su dormitorio, llama a su marido y se pega un tiro delante de él. Estamos en 1995. Es el primer caso de una larga y penosa serie de muertes inexplicables en la pequeña ciudad de la Patagonia. Sandra Mónica Banegas, una chica rara, de las que se pintan las uñas de negro y dibujan calaveras escuchando rock pesado, tiene 18 años y estudia en el colegio nocturno de Oschen Aike, cuando si dispara en la boca con la escopeta de caza del padre, una tarde de marzo de 1997. En noviembre del mismo año,  Luis Montiel, 18 años, recién egresado del colegio, se ata un alambre al cuello y se ahorca en el galpón de su casa. Entre 1997 y 1999 en el pequeño pueblo de la Patagonia se suceden doce casos de suicidio de jóvenes alrededor de 25 años. En el otoño de 2002 una periodista llega a Las Heras para investigar sobre el fenómeno. Empieza así para Leila una reconstrucción que tiene la cadencia de un cuento, narrado por distintas voces, que se desarrollan lenta e inexorablemente. Las visitas a las familias, una tras otra, contando sus dolorosas experiencias, aparecen de alguna forma entrelazadas como las oraciones de un rosario. Cada uno luchando contra la crueldad de un hecho inadmisible y conformándose con cualquier forma de paz cotidiana bajo la sombra de la ausencia de quien se fue sin decir por qué. Las Heras es un pueblito sin historia, nacido a miles de kilómetros de Buenos Aires, en el frío de los llanos de la Patagonia. Antes habían sólo ovejas y pastores, pero un día se descubrió que la riqueza estaba bajo la tierra. Había petróleo, y se necesitaban brazos para trabajar. Desde los años sesenta trasladarse a Las Heras era una elección dada por la necesidad, y vivida como provisoria en la mente de los que fueron a vivir allí. Hacia 1993 una fuerte crisis económica, resultado de la privatización de la empresa petrolera estatal YPF, provocó la desocupación de miles de trabajadores. Muchos se fueron, otros se quedaron allí, justo en el medio de la nada. Lo que queda es una aldea de obreros en medio de un desierto : lo inhóspito del ambiente natural y del clima reflejan la pobreza de los medios de información y comunicación. Esta gente se percibe como aislada, siente no pertenecer al mundo donde pasan las cosas, donde se decide y se participa, un lugar indefinido que llama genéricamente “el norte”. Buenos Aires, donde un joven puede estudiar, para elegir y de alguna forma determinar su propio futuro, queda muy al norte, aún demasiado. La máxima aspiración sería “llegar a ser alguien”, como si uno no fuera nadie en Las Heras. La gente de allí vive soñando irse, con una valija lista detrás de la puerta, pero nunca se va. Las chicas quedan embarazadas a los dieciséis, los chicos tienen que trabajar para seguir viviendo, y para aguantar hay que tomar un trago de vez en cuando. Aunque la razón de todas las jóvenes muertes fuera una secta satánica de la que corre voz, quizá no cambiaría casi nada. Sería otra manifestación de un malestar incurable. La experiencia personal de la autora relacionada a esta obra, que se sitúa en el ámbito de la abundante e interesantísima producción literaria documental argentina de los últimos años, comunica la sensación de un viaje hacia otro mundo, no tanto distinto y con reglas propias, sino vacío en el mismo pensamiento de sus habitantes. Destinados al mismo olvido del que proceden, las tentativas de rescate no parecen tan fuertes como para oponerse a un sino ineluctable. El norte es impermeable, casi no hay traza en los periódicos bonaerenses ni de las huelgas de los empleados de Repsol-YPF, ni de estas muertes inaceptables. Leila Guerriero (Junín, 1967), periodista joven y activa, no busca soluciones. Su trabajo es comunicar y denunciar situaciones que carecen de voz. En este sentido, esta obra garantiza una larga serie de claves que nunca pretenden llevar a la solución de un enigma inalcanzable, pero que logran pintar el escenario donde se desarrolla la tragedia. “Lo que sucedió en Las Heras confirmó que allí había una historia para contar, que hay una enorme cantidad de gente a la que nadie escucha, que Buenos Aires queda en otro país y que, por último, las cosas sólo existen si salen publicadas en los diarios”.

 

©Eva Milano, 2006.