por
Carlos
Fuentes
La
benemérita colección Criterion, que ha reunido las más excelentes películas en la
historia del cine, me pide un comentario que acompañe su edición de
Recuerdo que a mediados de los sesenta, Buñuel
se fascinó con el movimiento juvenil que culminó con los acontecimientos de
mayo de 1968 en París, manifestándose también en los campos de la música, la
moda y la oposición a las instituciones, a la familia y al Estado. Buñuel
sentía que la savia de su propia juventud corría de nuevo. De joven, Buñuel le
había dado la espalda a los valores tradicionales de su origen español –la
religión y el patriotismo, sobre todo-, uniéndose al movimiento surrealista en
Francia y a la búsqueda, según André Breton, de “ese punto donde todas las
contradicciones se resuelven”.
Lo que Buñuel le trajo al surrealismo fue la
honda tradición española del anarquismo frente a una sociedad autoritaria, con
el añadido de la rebelión creativa, la locura heroica y el humor irrespetuoso.
Don Quijote y la confusión entre el sueño y la realidad. Goya y el privilegio
del sueño y la pesadilla como trasfondo de la crítica del poder y de las
costumbres.
Buñuel se diferenciaba de sus
amigos los surrealistas franceses. Éstos traducían la rebelión en ideas. Buñuel
apostó a la imagen como el más fuerte incentivo para la rebelión. Sin embargo,
las imágenes podían ser convencionales, reconfortantes, ortodoxas. El cine de
Buñuel se postuló como una crítica, pero también una afirmación, del poder
visual. En la primera imagen de su primera película, Un perro andaluz, vemos al propio Buñuel cortando la mitad del ojo
de una mujer en el instante en que una nube bisecta a
Lo cual quiere decir que, a
veces, si ocurren. Luis Buñuel tenía un sagrado temor y una sagrada fe en el
poder de la imagen. Su idea de la película perfecta consistía en sentarse en un
cuarto oscuro ante una pared en blanco y proyectar sobre ella las imágenes por
nuestra mente. Para Buñuel, semejante libertad visual era impedida por las
convenciones tiránicas de un orden social hipócrita fundado en el dinero. Al
mismo tiempo, le exigió a la obra de Buñuel darle realidad pictórica a las
ideas, más allá de la expresión verbal o filosófica de éstas. Con una
convicción: la de presentarlas en una tensión vital con todo lo que se opone a
la imagen y a su intención.
Buñuel fue fiel a esta
convicción moral y estética en su visualización de la violencia (Las Hurdes, Los olvidados), la obsesión
sexual (La edad de oro, Él, Belle de
Jour, Ese oscuro objeto del deseo), el fetichismo (Archivaldo de
Buñuel ha mezclado estas
tradiciones en una especie de continuidad espacio-temporal. Los peregrinos son
dos hombres contemporáneos. El tiempo y el espacio que les acompaña son un
presente perpetuo dentro de una geografía simultánea. Los protagonistas de la
ortodoxia y de la heterodoxia actúan sus creencias en la antigua Palestina, en
Buñuel le da realidad visual
a estas abstracciones teológicas mediante los vastos recursos del ingenio y del
humor. El loco cura fugitivo cree que Dios está en la hostia como la libre en
el paté. El fusilamiento del Santo Padre es “algo que nunca veremos” (salvo en
esta pantalla). Una discusión teológica entre un capitán y sus camareros se
inserta en la gran tradición de la comedia de pastelazos. Los teólogos que
cruzan espadas a favor o en contra de la ortodoxia jesuita o la herejía
jansenista son una versión cómica de los duelos cinematográficos entre Errol
Flynn y Basil Rathbone, reducidos al absurdo. Y María le ruega a Jesús que no
se rasure la barba.
Al lado de este sentido
cómico, Buñuel enfrenta las contradicciones entre la fe y la infidelidad.. El
joven cazador hereje que dispara contra el rosario, lo recibe de vuelta de
manos de
“Mi odio hacia la ciencia y
la tecnología acabará por devolverme a la detestable fe en Dios”, dice un
personaje episódico que habla por el propio Buñuel, cuando el director
agonizaba en un hospital de Ciudad de México en 1983, discutiendo teología
durante una semana con su amigo el padre jesuita Julián Pablo.
“Gracias a dios, soy ateo”.
Con seguridad, hoy Buñuel se encuentra en un cielo herético, rodeado de
Docetistas, Nestorianos, Patripasianistas Monárquicos y otros, surtidos
gnósticos.
©Carlos
Fuentes, 2007.
[1] Este artículo apareció en el suplemento
cultural Babelia del diario El País
de Madrid, el sábado 4 de agosto de 2007, pág. 11 [N.d.R.]