Esporas de América Latina

“esporas”, en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y tantas otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de escritura.



Maynor Freyre (Lima, 1941), cuentista, poeta, novelista, crítico, periodista, sindicalista y profesor universitario peruano es uno de los escritores más interesantes del panorama literario del país andino de estos últimos años. Hijo de un militante aprista represaliado por la dictadura de Odría y de una maestra de escuela, Freyre fue desde muy pequeño un lector voraz de los clásicos de la literatura universal. Estudió ingeniería, pero se dio cuenta que las matemáticas no tenían sentido y apostó por las letras, el periodismo y el sindicalismo. Durante sus años universitarios conoció de cerca el mundo del trabajo y sus problemas y se convirtió en dirigente gremial. Paralelamente empezó a incursionar en la prensa, escribiendo en El Comercio Gráfico y publicando sus primeros cuentos cortos. Trabajó en las revistas Oiga y Caretas ocupándose de temas sociales y políticos y tuvo la oportunidad de entrevistar a Ricardo Gadea, cuñado del Che, y a otros guerrilleros del MIR. Hizo un posgrado en periodismo en Madrid y vivió en Hamburgo. Dirigió la revista Universidad de la Universidad de Huamanga (Ayacucho) en la cual sufrió la presencia y el comportamiento desleal y oportunista del siniestro Abimael Guzmán, que años más tarde daría mucho que hablar. Editó varias revistas culturales. Colaboró para otros medios progresistas como Marka y su suplemento cultural “El Caballo Rojo”. Continuó con sus actividades sindicales y estuvo en la cárcel en tiempos de la dictadura militar. Entre 1971 y 1973 escribió dos novelas Lo duro del acero y El retorno a la casa vacía, publicando sólo Poligenio psicoterapéutico, obra escrita en 1964, en Europa, y un volumen de poesía social Oraciones para un solo credo. Siempre en 1973, salió su primer libro de cuentos El trino de Lulú. En 1981 apareció Ratón de un solo hueco (cuentos) y en 1984 El sol parece también un puño enorme (poemas). Siguió con el género breve y, en 1991, publicó De cuello duro. En el año 2001 se editó El team de los chacales (cuentos) con segunda edición en 2005, año en el que salió también el volumen 36 estampas sin bendecir (cuentos). Maynor Freyre escribe, dicta conferencias y enseña periodismo en las Universidades Federico Villarreal y San Juan Bautista de Lima.

 

“A pie de página” agradece profundamente a Maynor Freyre su gentileza y cortesía por habernos permitido publicar sus cuentos.

 

 

“Algo que realmente me he propuesto tanto al hacer literatura como periodismo, esto desde un comienzo, es tomar la voz de quienes no tienen voz, de aquellos marginados de la sociedad que necesitan escribir en las paredes de los baños o en las de las calles amparados por la soledad y en la clandestinidad.” 

 

Maynor Freyre (La voz de los sin voz. Testimonio de parte de Maynor Freyre)

 


 

Mujer de cura
El líder de los perros ahorcados
El team de los chacales

 


Mujer de cura (de El team de los chacales, 2005)

 

La mujer escanció totalmente su vaso de cerveza y se relamió los labios con degustación. Mirando de soslayo a su interlocutor le espetó sin más ni más: Sí, mi marido es cu... Pero en medio de la frase perfirió dar otra definición y dijo: El padre de Verónica, mi hija, es cura.

 

Había dejado de saber de él desde hacía nada menos que 21 años, la edad en que lo conoció, para tres años después hacerse su mujer, no en medio de arrumacos de pasión sino después de haberse tomado tímidamente de la mano como un par de adolescentes inocentones en una matiné de cine limeño, sentados –como era de esperarse- al lado de una prima celestina.

 

Fue un idilio calmado y, también, como era de esperarse, su primer coito fue frustrante, porque como él estaba tan virgen como ella con sus exagerados 34 años frente a los 24 de ella, el asunto terminó en un coitus interruptus. Con el tiempo se fueron calmando las aguas y aprendieron a hacerlo con todas las de la ley, pero sin exageraciones.

 

El amor transcurría con miradas cómplices en medio de la misa o en las reuniones del comité de Acción Católica en el pequeño puerto norteño donde residían, Chancay, y de citas secretas en el departamentito limeño del hermano ausente residente en España, tierra de origen del furtivo amante y razón que había unido a la pareja, aparentemente, porque en María eso de los curas tenía como una obsesión incontrolable, según testimonio de sus más caras amigas de infancia. Le gustaba, desde cuando apenas le empezaron a asomar los senos como limones, ir a confesarse con los sacerdotes guapos para sólo mirarles la cara y relamerse después de puro gusto. Hasta parecía masturbarse, exageraba la testigo, cuando le relataba el placer de sentir los dedos del cura guapo al colocarle la santa hostia en los labios al momento de recibir el cuerpo de Dios.

 

Afición que seguramente la llevó a recibir en sus brazos al cuerpo de uno de los más fieles servidores del Señor, el padre Jesús.

 

Nacida en el barrio chancayano de la Magdalena, María se había quedado sin padre, el que le dio la vida, pues éste prefirió irse a vivir con la adivinadora del pueblo, Agata, a la que su madre con razón prefería nombrar como la bruja maldita. Hasta que un día decidieron entre ambas la muerte del padre sin sepultarlo, acostumbrándose María a responder que era huérfana ante cualquier pregunta acerca de su progenitor, a pesar que quien atisbara detrás de sus persianas o cortinas después de la medianoche, podía verlo paseándose por la Plaza de Armas del brazo con la susodicha vestida más de puta que de maga, como secreteaban las comadres con la madre de María. A lo que ésta respondía con suma seguridad: La putamaga es capaz de pasearse con cualquier mal espíritu que invoque, por qué no se a pasear con el de mi difunto marido.

 

Tanto va el cántaro al agua, dirían más adelante las mismas comadres, cuando secretamente se enteraron que María había quedado encinta de Jesús, la que para ese entonces ya tenía padrastro judío, quien había desposado a la viuda en matrimonio católico celebrado, como era de esperarse, por el Padre Jesús. En realidad la noticia se hizo cuando intempestivamente el judío y su consorte decidieron enviar a María a España para visitar a su hermano, el que supuestamente estaba siguiendo importantes estudios en la entonces Universidad Central de Madrid. Ella pudo ocultar su embarazo por cinco largos meses dado que era flaquita, ay hijo no te imaginas la silueta que tenía, dice, para luego tratar de convencernos que veinticinco años después prosigue igualitita. Pasado ese primer lapso la barriga era ya inocultable.

 

Mas lo triste de la historia es que el padre Jesús no quería deshacerse de sus deberes como servidor de Dios y cuando sopesó entre ser padre de verdad o padre católico, el fiel de la balanza se inclinó para lo sagrado antes que para lo terrenal, pues la verdad es que el hombre no sabía hacer mejor cosa que la misa, las confesiones y dirigir las reuniones de Acción Católica.

 

El padre Jesús confesó su terrible pecado al prior de la parroquia de Chancay y éste lo hizo salir del confesionario para, paseándose por la Plaza de Armas del pueblo al mismo momento que el difunto padre de María lo hacía con la putamaga, decirle al mozallón: Mirad, no seáis cojudos, que el amor no os va dar de comer; aquí donde me veis yo ya me voy por mi quinto crío, pero la parroquia no la dejo ni de a vainas, porque de dónde saldrían las judías para los marranitos, ¡cinco son los que he procreado, hombre! Que te lo digo yo. Y a otra cosa mariposa.

 

Jesús decidió entonces volver a su natal Sevilla. Lió bártulos sin decirle una palabra a la pobre María y tomó las de Villadiego. Dejó una secreta misiva, hecha llegar a María con el prior luego de su veloz partida, en la cual prometía no olvidar jamás a su amada y retornar apenas la situación se lo permitiera. Hablaba de sus queridos padres, que quién les iba a mantener, que sobre él habían cifrado sus últimas esperanzas los pobres ancianitos. Pero no mencionó para nada a su futuro vástago.

 

Es lógico pensar que nuestra María no se quedó quieta en Madrid dándose de inmediato, apenas pudo (y esto fue cuando la pequeña Verónica vino al mundo) un salto a Sevilla. Allí no halló ni el polvo de su Jesús y todos los clérigos desconocieron su existencia, sin distinción de jerarquías. Ni los sacristanes osaron abrir la boca al respecto. No era para menos; se vivía la época del generalísimo Franco y los falangistas con el apoyo espiritual del Opus Dei gobernaban con dureza España esgrimiendo la cruz y la espada.

° ° °

 

A María no le quedó otra cosa que retornar primero a Lima y luego, ya entonada ante su madre porque había decidido vivir con su hija contra toda oposición, volvió a su Chancay natal. Pero eso sí, le dijo su madre, dirás que el crío es hijo de tu hermano, así me lo hagas quedar mal al pobrecito, tan solo allá quemándose las pestañas para poder ayudarte cuando yo y tu padre, el que nos mantiene, hayamos tenido que dejar este mundo cruel y traicionero.

 

María se reía para sus adentros, sin atreverse a contar a su madre que su querido hijito vivía de tasca en tasca sin importarle un bledo sus estudios. Un golpe más al de ser abuela de hijo de cura y la vieja mancaba. De manera que se fue con su sobrinita a vivir en el pacato pueblo donde conociera al cura de sus amores y nunca supo por qué, pero nadie se admiró de ver crecer a la chica diciéndole mamá a la tía. Y así transcurrieron veintitrés largos años de virginidad para María y su Verónica, sin que al cruzárseles un hombre guapo en el camino ellas pusieran de inmediato contra y se cambiaran de calle retrocediendo el camino emprendido.

 

Todo hubiera seguido su mismo curso de no haber surgido unos leves y casi secretos toqueteos medianocheros en la ventana de las dos vírgenes que las sobresaltó de sobremanera. Abrazadas madre e hija atisbaron por entre las raídas cortinas dándose con el rostro de una dama vecina, ferviente católica ella, pero cónyuge de un árabe musulmán converso que inclusive había hecho bautizar a todos sus hijos, y nada menos por el ya olvidado padre Jesús, quien hasta llegó a apadrinar al primogénito de la familia. Era de él, del padre Jesús, de quien traía noticias, y sin tener conocimiento que la joven Verónica pensaba a su padre tan difunto como a su abuelo materno, soltó de sopetón que en su reciente visita a España ella y su esposo el árabe se habían dado un salto por Sevilla para buscar y encontrar a su compadre. Luego de muchas indagaciones y de jugosas donaciones a varias parroquias lograron dar con su paradero en la villa de Utrera, ubicada a orillas del Guadalquivir. El encuentro fue bastante emocionante y las remembranzas del puerto peruano de Chancay no se hicieron esperar, por supuesto que ligadas a mutuos amigos, hasta que la mujer del árabe le soltó de sopetón de cómo había visto crecer “huérfana” de padre a la pequeña Verónica, hoy toda una señorita. Jesús lloró sus culpas y se comprometió a visitar a su hija, pero antes deseaba hablar con ella, que le telefonease, pues se moría de vergüenza de sólo pensar en ser rechazado. A la comadre peruana se le subió el indio y le dijo que más vergüenza debería darle el haber abandonado a esa criatura que había crecido sin padre y tan huraña como la madre, que ambas huían despavoridas de los hombres y que si bien vivían en una buena casa y tenían hasta su automóvil, una camioneta para ser más claros, donde la mujer repartía víveres por todo el norte chico, el abandono del interior de la casa era terrible, pues no recibían a ningún cristiano de visita, salvo a una prima lejana que solía llegar a veranear en el puerto todos los meses de marzo de cada año, una reportera de televisión más o menos afamada que era supermetiche.

 

Madre e hija se soplaron toda la historia de medianoche dada por la vecina que incluía la descripción pormenorizada de los banquetazos que tuvieron que invitarle al cura, quien accedió a irse con ellos a Sevilla, hasta lograr por esos medios sacarle una promesa de visita y su teléfono privado, para que primero le llamase su hija invitándolo a venir al Perú.

 

Las dos mujeres ni pestañearon al escuchar la larga historia que terminó con la entrega del papelito con el teléfono y la dirección de Jesús y apenas se fue la inusitada visitante nocturna, terminaron por ir a acostarse sin hacer el mínimo comentario. Pero a María esa noche de principios de diciembre del 97 se le movieron los conchos y en vez de tirar el papel que anunciaba la resurrección de Jesús, optó por guardarlo en el cajoncito de su mesa de noche, en un pequeño cofre de madera donde escondía secretamente la foto del otro falso fallecido, su padre.

 

° ° °

 

Como en todos los años, ese marzo de 1999 arribó la lenguaraz reportera Daniela al puerto de Chancay, y buscando fósforos para fumarse un cigarrillo que la acompañase a hacer sus necesidades matutinas al baño, se dio con la foto del cura Jesús, al que por supuesto conocía de muchacho, ya hecho un cincuentón y fotografiado delante de una iglesuca que no era la de Chancay, a no dudarlo. A la hora de desayunar le espetó de sopetón la pregunta a María y al notarla dubitativa le dijo: Ya, no te me hagas la cojudona y dime como es que tienes esa foto del Jesús en tu mesa de noche. Más aliviada ante la evidencia María confesó lo relatado por la mujer del árabe. Esto no lo puedes dejar así nomás, hija, la conminó la reportera y de inmediato empezó a trazar planes para que la Verónica, que justo en esos momentos llegaba de la playa, telefoneara a su padre, que ella ponía a su disposición el teléfono de la televisora, que en las noches era recontrafácil hacerlo porque ella era requeteamiga de una de las dueñas. Quedaron en que primero Daniela llamaría al hombre para ver si aceptaba hablar con su hija, porque ésta se moriría de pena si su padre se negaba a conversar con ella.

 

Así fue. De manera que a principios de abril Verónica se enfrentó a la voz de Jesús y se hablaron entre sollozos y risas, quedando en que para agosto él saldría de vacaciones y se vendría al Perú para no solamente conocerla sino entregarle todo el amor que le tenía guardado. La joven le dio su número de telefónico y las llamadas se hicieron primero semanales, luego interdiarias hasta convertirse en casi cotidianas. El mes de agosto se iba acercando y la casa de Chancay heredada por ambas del abuelo judío transformándose hasta el extremo de reabrir habitaciones que habían permanecido cerradas durante años, una de ellas supuestamente el dormitorio nupcial. Entonces surgió por primera vez una discrepancia entre madre e hija: Verónica se opuso tenazmente a la adquisición de una cama de dos plazas y media para ese cuarto, que con una de plaza y media bastaba, ni que su papá fuera tan gordo. María prefirió callar y otorgar; más que recuperar un marido ella lo que quería era darle la felicidad de un padre único y verdadero a su hija.

 

La fecha de arribo del padre Jesús al Perú fue fijada para el trece de agosto. Pero como dice el dicho, el hombre propone y Dios dispone. De manera que un par de días antes de su viaje Jesús llamó a su hija para decirle que acababa de fallecer una tía suya, hermana de su madre, el último de los parientes que le quedaba, y que tendría que postergar su visita por ello. A Verónica le sobrevino un ataque de nervios, una pataleta que ni de niña la tuvo, y por poco destroza todos los arreglos y refacciones de la casa, de no haberse sentido en la medianoche de ese día un toqueteo en la ventana: era la mujer del árabe que había escuchado la rabieta y venía a corroborar la existencia, en todo caso pasada, de la tía del cura. Pero Verónica ya no quería saber nada de ese hombre, para ella había muerto, total si lo único que tenía grabado en su mente era su voz, el resto no le importaba.

 

María corrió donde Daniela para rogarle hiciera una llamada al cura para aclarar las cosas. Hablaron por primera vez con total independencia y entonces ella supo que este hombre era el único e irremplazable amor de su vida. Él también se emocionó y quedaron en que para diciembre sin falta vendría a Lima, que mientras tanto iba a atiborrar a su hija con cartas de contrito perdón.

 

Se fijó la fecha para el 24 de diciembre. Arribó Jesús a las doce del día y María y Daniela estaban ya en el aeropuerto desde una hora antes, estirando las cabezas, empinadas todo el tiempo, tratando de ubicar, foto en mano, al esperado visitante. Casito se les pasa ese cincuentón coloradote, medio calvo y con anteojos oscuros para el sol, vistiendo elegante ropa sport. Lo pescaron totalmente desprevenido, arrancándolo de las manos de unos taxistas que habían cogido sus maletas para llevarlo sabe Dios a dónde.

 

Daniela se había conseguido una camioneta de la televisora y los llevó de frente a su casa de Miraflores, un departamento ubicado en el piso trece del malecón 28 de Julio, justo frente al azul mar Pacífico. Sirvió cervezas heladitas en su terraza que daba justo frente al mar y comieron cebiche y mariscos a más no poder. Como ella tenía que hacer en el canal de televisión, salió un rato y dejó a la pareja esperando la bella puesta de sol. Cuando él intentó tomarle la mano ante tan bello espectáculo, ella le dijo que le había prometido a su hija no tener nada con él. Jesús le contestó que sólo quería tocar su mano, que el resto no importaba. En esas estaban cuando retornó Daniela acompañada por el chofer de la camioneta del canal, quien cargó con las maletas del cura mientras ella los empujaba a salir a toda prisa. Antes de que pudieran abrir la boca ya los tenía instalados en un bello hotelito frente al mar, con aire acondicionado y todo lo demás, producto de un aviso de canje de la televisora. Sendos chilcanos de pisco aligeraron las cosas. María confiesa que fue como la primera vez, él eyaculando como el gallo y ella cerradita como una virgen, y que gracias a unos siguientes chilcanos de chuchuhuasi pudieron repetir el plato con mayor tranquilidad. A las diez en punto de la noche la camioneta cuatro por cuatro vino por ellos, cuando terminaban su tercer encontronazo. Daniela los embarcó velozmente y cinco minutos antes de las doce, justo para el nacimiento del otro Jesús, Jesús llegó para saludar a su hija veinticuatro años después. Mientras padre e hija se besaban emocionados, Daniela apareció no se sabe de dónde y le dio un pañuelo a Verónica, diciéndole, seca el rostro de tu padre. Ella lo secó y su rostro quedó grabado en el pañuelo. María había encendido el televisor para esperar la señal de las doce en punto. Se asombró de ver algo parecido a su casa registrándose en la imagen del principal canal del país, pero entre lágrimas no sabía bien lo que veía. Lo que sí no dudó en reconocer, fue la voz de Daniela contando el final feliz de su reportaje mientras aparecían escenas superpuestas de su íntimo reencuentro con Jesús, quien al sonar las doce campanadas dio un salto de júbilo y abrazó a su mujer, María, gritando: ¡mandaré todo a la mierda y nos casaremos! Mujer, he aquí a tu esposo, hija, he aquí a tu padre. Y se hizo el gran milagro de la última Navidad del siglo veinte.

 

María secó su último vaso de cerveza y me invitó, si quería, a tomarnos un par de vasos de vino en su casa. Llegamos y ella me presentó a Jesús, un español coloradote y casi con triple tonsura por la calva que lucía. Pasé a la casa y no tuvieron tiempo de cerrar del todo su dormitorio, donde como cabecera del tálamo nupcial lucía algo así como un pequeño altar y lo que en un comienzo me pareciera un raro ropero, era nada menos que un confesionario. Cuando la hija bajó las escaleras vestida de monja casi me caigo de espaldas, pero un ritmo a popurrí me recordó que justo estábamos en carnavales.

 

©Maynor Freyre, El team de los chacales, Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da ed., 2005.

 

 

 


El líder de los perros ahorcados (de El team de los chacales, 2005)

 

Les quitó hasta la manera de andar. No sólo eso. Les cortó la palabra. Desde su llegada caminaban como zombies, imitándolo a él, y sólo balbuceaban hum, hum, hum, pretendiendo dárselas de sabelotodos tal como fungía el Líder.

 

Lo vi por primera vez en la Plaza de Armas de la ciudad, donde se ubicaba el local principal de la universidad. Estaba allí al centro de un gran ruedo, acosado a preguntas, a las cuales respondía con simples monosílabos o en voz tan baja que sólo los de las primeras filas escuchaban, quienes pasaban la voz de sus respuestas a los de las filas posteriores que sumaban más de una decena. De esta manera nadie sabía bien a quién escuchaba y las respuestas se iban tergiversando hasta llegar a ser sólo un murmullo inaudible. Porque eso sí, nadie podía interrumpir al maestro en su supuesta perorata, so pena de quedar aislado del grupo selecto que más tarde se iría formando a su alrededor con los más adictos de sus seguidores.

 

Eso mismo pude constatar en persona, cuando de la plazuela pública pasó a los salones y luego al paraninfo de la universidad, tras presionar a las autoridades universitarias con la ayuda de sus discípulos y adeptos más conspicuos.

 

Atraídos por su subyugante monosilabear y por su calmo caminar de oso saciado, los muchachos del grupo literario artístico, al cual me había sumado a mi arribo a esta andina ciudad, nos fueron dejando solos a mí y al viejo profesor de historia dedicado más a las libaciones y a la juerga que a los libros con los que debía enseñar y que cada vez más solía entreverarse en sus clases de la historia patria, confundiendo la época republicana con la prehispánica y a ésta con al del virreinato. Los viernes, terminada la jornada profesoral, deambulábamos por los bares y chinganas de las afueras de la ciudad en búsqueda de una guitarra, un charango, un arpa o un violín traedores de nostalgias de sabe Dios qué.

 

Estábamos brindando de lo más felices en San Juan Bautista, cuando llegaron de repente los muchachos de nuestra desecha capilla literaria para invitarnos al gran estreno: el Líder iba a dar una charla en el paraninfo universitario, era una conquista clasista frente a las autoridades pequeño-burguesas a las cuales nos sumaríamos de no asistir ese siguiente día sábado. No sé con qué dinero cancelaron nuestra cuenta y nos llevaron casi a rastras a nuestras casas para que durmiéramos la mona y así poder librarnos del índex en que iban a caer los inasistentes a tan egregio acto.

 

Por supuesto que don Máximo se perdió esa misma noche por otros laberintos y supe después que considerando su estado de dispsomanía lo único hecho por los discípulos fue espantarlo de los alrededores de mi residencia, pues el maestro me había catalogado de “recuperable”. Craso error.

 

Una comitiva llegó a mi casa un cuarto de hora antes de que empezara la exposición del Líder, intitulada “El único e indiscutible atajo para llegar a la verdad”. A las siete en punto no había un asiento libre y a las siete y diez minutos de la noche el paraninfo, generalmente a medio llenar para para los más importantes certámenes académicos, rebalsaba de gente.

 

Ubicado en la antepenúltima fila, justo en el lugar del auditorio donde se encontraban los principales fanáticos del Líder, me sentía acalorado, golpeado por un bochorno y una pesadez inexplicables. Yo me hallaba en el grupo como un gato techero caído en medio de una jauría de perros callejeros más o menos organizada. En verdad no tenía nada contra ellos, salvo el tedio que solía acompañarme desde mi matrimonio por no poder tener la libertad que tanto añoraba y que decidí perder para no caer en la bobalicona bohemia en la que me metiera. Pero mi esposa, gestando un bebé, estaba en la capital del país para asegurarse un buen tratamiento médico, sin la menor garantía por esos lares.

 

Encaramado sobre la cátedra empezó el Líder una perorata suave, letánica, cuasi sacerdotal, en vez de esos discursos incendiarios a los que nos tenían acostumbrados los caudillos en plazuela. Parecía, por momentos, estar rezando una oración, aunque por instantes convertía el atril en un púlpito y se lanzaba una monserga, hecha más con ánimo persuasivo que conminatorio. El atajo no lo era tanto, pues se iba convirtiendo en un largo camino regado de roja sangre y asfaltado por miles de miles de muertos, lo que bajo el tono de su voz no significaba otra cosa que regar el digno jardín de la revolución social que él se había decidido a emprender como Mesías único e indiscutible para nuestro atrasado y golpeado país.

 

A estas alturas del sermón de las mil horas estaba cabeceando de sueño y asaltado por esa abrasante sed de las resacas borracheriles, y decidí dejar al sumo sacerdote en el púlpito y abandonar la misa. Por suerte alguna mano amiga en la semioscuridad del salón auditorio me disuadió del acto, advirtiéndome: ¡cuidado con lo que haces! Entonces, para disimular mi frustrado mutis, balbucí una pregunta, levantando la mano al ponerme de pie, en un intento por disimular mi frustrado mutis.

 

No viene al caso rememorar la pregunta literalmente, pero sí recuerdo que indagué el porqué en vez de estar perorando todo el mundo sobre la lucha armada en cafés, plazuelas y púlpitos, de una vez por todas, sin mayor palabreo de por medio iban y hacían volar el sistema, tal como lo prometían en todos los idiomas y colgaban a los enemigos antirrevolucionarios de los postes. Decenas de miradas se posaron sobre mí. Yo sudaba a chorros, pero impertérrito esperaba la respuesta del asediado, quien hizo caso omiso a mi pregunta aunque de soslayo se refiriera a la banda de provocadores que querían hacer abortar la verdadera, única e invencible revolución que sólo él, el Líder, el Mesías, iba a poder dirigir. Mis amigos escritores que estaban a mi lado, prácticamente me arrastraron fuera del recinto, y al salir me pusieron en las manos una botella de aguardiente para que me calmara, pues las manos me temblaban a rabiar y sudaba como un maldito.

 

Apenas a dos cuadras de distancia quedaba mi casa, de manera que me llevaron hasta allí y añadieron a la botella, de la cual ya había escanciado un cuarto de su contenido por lo nervioso que me encontraba, un par de cajetillas de cigarrillos negros y la promesa de traerme a don Máximo en cuanto pudieran, que ya regresarían ellos. Eran mis amigos.

 

La luz de la madrugada hirió mis ojos en cuanto unos fuertes toqueteos a la puerta de casa me hicieron despertar mientras soñaba con lastimeros aullidos. Tambaleante abrí la puerta dándome con el perro del señor Vega, el dueño del departamento donde residía, colgando de una soga, sin vida. Don Máximo me lo señaló, sobrio como nunca, y de inmediato me ayudó a hacer mis maletas. Él estaba con su Wols comprado a plazos parado en la puerta y deberíamos salir de inmediato para el pueblo más cercano, echarnos un par de tragos allí y seguir rumbo a la capital embalados, era lo más recomendable, se lo habían dicho en secreto los muchachos del grupo literario que ahora sí estaban asustados. Metí todo lo que pude en mis dos maletas, dejando abandonados discos y libros, aparatos eléctricos y muebles. Por los cerros ya se escuchaba el estruendo de los dinamitazos. Al recorrer las calles surgían más y más perros ahorcados con un cartel escrito con burda letra que decía: ASÍ MORIRÁN LOS PERROS CAPITALISTAS BURGUESES. ¡VIVA EL GRAN ESPADACHÍN!

 

Como siempre me pasa, decidí hacer una locura. Pare, pare usted don Máximo o lléveme de vuelta a casa, si quiere, le dije. Yo me quedo. Prácticamente lanzó mis maletas del automóvil y tuve que apearme al vuelo. Un cargador se acercó solícito y se hizo de mis bultos. Volví a casa. Me esperaban.

 

Desde entonces ya llevo veinte años en prisión, acusado de instigador de la insurgencia. He estado en cuatro listas de amnistía, pero nunca me ligó. Recién desde hace un año, aproximadamente, me han permitido que escriba, por eso estás leyendo esto. Supe que don Máximo murió de cirrosis un año después de la “noche de los perros ahorcados”. Yo, al menos, he podido preservar mi vida y hace veinte años que no bebo una gota de licor, lo juro. Ah, aún no he cambiado mi manera de andar y sigo tan locuaz como siempre.

 

©Maynor Freyre, El team de los chacales, Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da ed., 2005.

 


El team de los chacales (de El team de los chacales, 2005)

 

 

Chacal. Una especie de perro salvaje, algo menos que un lobo, quizá equiparado con el coyote. En todo caso un cuadrúpedo abyecto, cobarde cuando está solo. Feroz cuando anda en manadas. Con la ferocidad del lobo y la astucia de la zorra. Así es este animal.

 

Y así los apodamos cuando llegaron al barrio, caminando remolonamente, de mirada retrechera. Vestían arrabaleramente: llevaban pantalones parchados, zapatos de distinto color, zapatillas atadas con soguillas, camisas con el cuello y las mangas arranchadas; tenían un pañuelo amarrado a la frente que daba vuelta a todo el cráneo, al estilo de los piratas de las películas, con el que pretendían detener la caída de sus hirsutos cabellos.

 

Se sentaron bajo los pinos, en la bajadita que servía de tribuna a quienes no jugaban. Con las cabezas gachas, mirándonos de refilón. Nosotros seguimos el partido, pero esmerándonos en hacer las mejores jugadas, para lucirnos, cómo no. Hasta que “La Lora” se lesionó y, medio alocado como era, invitó a uno de ellos a reemplazarlo: oye primo – dijo con su voz nasal- entra por mí que me he jodido el tobillo. Inmediatamente todos nos miramos, como si de repente el día se hubiera convertido en noche o estuvieran cayendo rayos sobre Lima.

 

El que entró a jugar era un cholo grandazo con unos yines viejos cortados hasta las rodillas. Inmediatamente sacó de su bolsillo trasero un, más que pañuelo, trapo descolorido que circundó alrededor de su cabeza. Poseía un dribling endemoniado pero a su vez tan desordenado que terminaba por llevárselo al out, fuera de la cancha. Al principio creímos que era por los nervios del inusitado debut y lo apodamos “Loayza”, como al maestrito del Ciclista Lima. Pero al ratito su loca gambeta lo llevó a chocar nada menos que con el flaco “Huaraca” Cairo, quien le dio una soberbia barrida. Entonces el cholo “Loayza” se puso en pie descontrolado y se le fue encima al más bronquero del barrio. Y se armó la trocatinta.

 

De caballeros era que los dos pelearan solos en medio de un ruedo hasta darse lo suficiente y entonces separarlos. Pero los chacales eran nada menos que chacales. Para ellos todo debía hacerse en manada. En un santiamén nos vimos envueltos todos en la pelea: quienes estábamos jugando el partido y los espectadores de toda laya; hasta los perros empezaron a mordisquear por aquí, por allá y por acullá. “Huaraca” había madrugado a “Loayza” rompiéndole las narices de un artero cabezazo aunque ahora se las veía negras pues el cholo le estaba haciendo el abrazo del oso y lo tenía medio asfixiado. “La Lora”, quizá por el sentimiento de culpa surgido a raíz de hacer entrar al chacal a reemplazarlo, lanzó una genial idea a grito pelado: ¡carajo – dijo con su voz nasal- por qué no lo definimos esto en un partido de fútbol!

 

Fue como si un hada madrina hubiera sacado su varita mágica y paralizado a toda la sarta de energúmenos en que nos habíamos convertido. Pero la tregua duró apenas un suspiro. Ya llevábamos las de perder, pues al verse en minoría los chacalitos habían ido por refuerzos, y eso significaba hermanas y hasta madres portando sartenes y cacerolas para defender a sus críos. No sólo eso: algunas bacinicas, no precisamente vacías, surgieron enristradas por hermanitas furibundas. Los más chicos del barrio corrieron a soltar los perros bravos y adiestrados guardados en los jardines de algunos de los caserones de las familias de la muchachada y nuestras madres asomaban por las ventanas de los segundos pisos, así como las sirvientas por las azoteas, lanzando procacidades que nosotros creíamos indignas de sus santas boquitas. Todo era en vano. La trocatinta se había armado pesase a quien pesase. La sangre se fue mezclando con el barro y los orines y ni siquiera era posible una honrosa retirada, pues los invasores se mostraban dispuestos a luchar hasta el exterminio final.

 

En eso, ¡oh milagro!, se escuchó una voz ronca, de mando, que en forma estentórea hizo un llamado al alto al fuego.

 

-¡Comadres, paren esto! ¿Quién les va a dar después ropa para lavar, quién les va a comprar sus tamales los domingos, quién va a contratar a sus maridos como electricistas, gasfiteros, albañiles, pintores, mecánicos, carpinteros...?

 

No la dejaron ni terminar la larga enumeración, mientras yo coloradote por ver a mi abuela en trazas de entrecasa (seguro había estado dándole de comer a las aves en el corral) gritando como una placera en pleno parque, trataba de escabullirme por entre el seto de granados que cercaba el recinto.

 

No la dejaron terminar y como una decena de sus comadres se le acercó lloriqueando a pedirle perdón, en tanto otra decena de ahijados se postraba ante ella de rodillas con la cabeza gacha. La escena se tornaba tragicómica en medio de la barahúnda de súplicas que rodeaba a mi abuela mientras las orandas vecinas cerraban sus ventanas consternadas por la aborrecible visión que se presentaba ante sus compungidos ojos: toda una señorona como la Santander, tratando de parlamentar con la cholería y la zambería callejonera y corralonera.

 

De repente interrumpió la escena otra trocatinta mayor: cientos de extraños personajes irrumpieron por la avenida Santander apedreando automóviles particulares, parando a los escasos ómnibus destartalados que circulaban por sus pistas y un grupo de ellos cargaba en vilo un enorme mojón pintado de blanco y negro, de esos que servían para organizar el tránsito en las vías de doble sentido, echándoselo encima a un pequeño automóvil cuyo chofer huía despavorido en tanto su carrito se convertía en un trozo de chatarra aplastado contra el suelo. No tardaron en aparecer los “caimanes” cargados de policías de asalto entrando justamente por todos los lados del parque donde jugábamos pelota y arremetieron contra todo el mundo, especialmente contra los “Chacales”, cuya pinta, aunque más estrafalaria, se parecía mucho a la de los agitadores vestidos con pantalones remangados hasta las rodillas y en bividí. Mis hermanos y yo, junto con algunos muchachos del barrio embalamos rumbo a mi casa por ser la más cercana, trasladando a mi abuela casi en andas, hasta la pasamos por encima de los setos de granados que rodeaban al parque, mientras a su tras corrían sus caseras pidiéndole no nos abandonase por favor comadrita, rogando a sus ahijados, madrinita no nos deje que ahora sí no nos libramos de la cana. ¡Tremendos chacales, ojalá los maten!, refunfuñaba yo para mis adentros, hasta llegar a la puerta falsa del caserón por donde mis hermanos mayores ya habían logrado introducir a la abuela.

 

La policía de asalto nos pisaba los talones y apenas ingresamos los de la familia con algunos amigos del barrio, intenté cerrar la puerta falsa para que nadie más entrara. El vozarrón de mi abuela me petrificó: ¡Pobrecito de ti mal nacido si le cierras la puerta a esa pobre gente perseguida inocentemente! Y luego, dirigiéndose a los policías que pugnaban por ingresar al jardín exterior de la casa: Ustedes no saben quién soy yo, abusivos, al primero que transponga una raya de mi santo hogar lo traspaso de un solo balazo, así me caiga muerta aquí mismito. Y se apareció en la puerta de la casa ya con otra pinta, con unos tacones puestos que seguramente las negras sirvientas se los habían traído junto con el abrigo de pieles que ahora lucía tocada por un sombrero de esos de ir a los matrimonios, pero siendo lo más imponente la vieja escopeta de cartuchos que nos servía, de puro malograda como estaba, para jugar a la coboyada.

 

Ah, y por si acaso, los saluda la viuda el general Santander, cuyo epónimo nombre lleva la calle que están pisando. El oficial al mando del grupo de asalto, un capitancito de ralo bigote, quiso hablar, pero lo mandó cuadrarse ordenándole que formara la tropa, porque cómo era posible que tuviera así sudorosos a sus hombres que daban pena, todos unos servidores de la patria, acérquese nomás, le dijo, no me tenga miedo, no le voy a hacer nada, y le arregló al capitán el nudo de la corbata, le acomodó la polaca y le dio el primer vaso de chicha que las negras cazurras habían sacado en un gran porongo y empezando a repartir entre los asilados de la casa, que hasta revoltosos los había, aparte de toda la comadrería y los ahijados, y mientras le contaba al capitán las hazañas de su difunto esposo que en paz descanse, dictó la orden de retiro para los asediadores, quienes subieron marchando a sus camiones y se marcharon. La abuela sacó repentinamente la pelota de cuero debajo de su abrigo y de un pantadón la envió al techo: Y pobre del que me la saque de ahí hasta el próximo domingo, porque eso sí, el partido contra el Team de los Chacales sí que no me lo voy a perder por nada para la semana que viene. Como parece tampoco pasará con “Loayza” y “Huaraca”, a quienes en vano “La Lora” pretende hacer que se abracen como hermanitos. Y a mí, que temblaba de hacerlos entrar a la casa así la policía los llevara presos, los “Chacales” y su parentela me van agradeciendo uno por uno. Será por respeto a la abuela, porque yo sí los metería de cabeza a la cana por sucios, zarrapastrosos y barulleros.

 

©Maynor Freyre, El team de los chacales, Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da ed., 2005.