“esporas”,
en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una
suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y tantas
otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de
escritura.

Maynor
Freyre (Lima, 1941), cuentista, poeta, novelista, crítico, periodista,
sindicalista y profesor universitario peruano es uno de los escritores más
interesantes del panorama literario del país andino de estos últimos años. Hijo
de un militante aprista represaliado por la dictadura de Odría y de una maestra
de escuela, Freyre fue desde muy pequeño un lector voraz de los clásicos de la
literatura universal. Estudió ingeniería, pero se dio cuenta que las
matemáticas no tenían sentido y apostó por las letras, el periodismo y el
sindicalismo. Durante sus años universitarios conoció de cerca el mundo del
trabajo y sus problemas y se convirtió en dirigente gremial. Paralelamente
empezó a incursionar en la prensa, escribiendo en El Comercio Gráfico y
publicando sus primeros cuentos cortos. Trabajó en las revistas Oiga y Caretas
ocupándose de temas sociales y políticos y tuvo la oportunidad de entrevistar a
Ricardo Gadea, cuñado del Che, y a otros guerrilleros del MIR. Hizo un posgrado
en periodismo en Madrid y vivió en Hamburgo. Dirigió la revista Universidad de
“A pie
de página” agradece profundamente a Maynor Freyre su gentileza y cortesía por
habernos permitido publicar sus cuentos.
“Algo que realmente me he propuesto tanto al
hacer literatura como periodismo, esto desde un comienzo, es tomar la voz de
quienes no tienen voz, de aquellos marginados de la sociedad que necesitan
escribir en las paredes de los baños o en las de las calles amparados por la
soledad y en la clandestinidad.”
Maynor
Freyre (La
voz de los sin voz. Testimonio de parte de Maynor Freyre)
Mujer de cura
El líder
de los perros ahorcados
El team
de los chacales
Mujer de cura (de El
team de los chacales, 2005)
La mujer escanció totalmente
su vaso de cerveza y se relamió los labios con degustación. Mirando de soslayo
a su interlocutor le espetó sin más ni más: Sí, mi marido es cu... Pero en
medio de la frase perfirió dar otra definición y dijo: El padre de Verónica, mi
hija, es cura.
Había dejado de saber de él
desde hacía nada menos que 21 años, la edad en que lo conoció, para tres años
después hacerse su mujer, no en medio de arrumacos de pasión sino después de
haberse tomado tímidamente de la mano como un par de adolescentes inocentones
en una matiné de cine limeño, sentados –como era de esperarse- al lado de una
prima celestina.
Fue un idilio calmado y,
también, como era de esperarse, su primer coito fue frustrante, porque como él
estaba tan virgen como ella con sus exagerados 34 años frente a los 24 de ella,
el asunto terminó en un coitus
interruptus. Con el tiempo se fueron calmando las aguas y aprendieron a
hacerlo con todas las de la ley, pero sin exageraciones.
El amor transcurría con
miradas cómplices en medio de la misa o en las reuniones del comité de Acción
Católica en el pequeño puerto norteño donde residían, Chancay, y de citas
secretas en el departamentito limeño del hermano ausente residente en España,
tierra de origen del furtivo amante y razón que había unido a la pareja,
aparentemente, porque en María eso de los curas tenía como una obsesión
incontrolable, según testimonio de sus más caras amigas de infancia. Le
gustaba, desde cuando apenas le empezaron a asomar los senos como limones, ir a
confesarse con los sacerdotes guapos para sólo mirarles la cara y relamerse
después de puro gusto. Hasta parecía masturbarse, exageraba la testigo, cuando
le relataba el placer de sentir los dedos del cura guapo al colocarle la santa
hostia en los labios al momento de recibir el cuerpo de Dios.
Afición que seguramente la
llevó a recibir en sus brazos al cuerpo de uno de los más fieles servidores del
Señor, el padre Jesús.
Nacida en el barrio
chancayano de
Tanto va el cántaro al agua,
dirían más adelante las mismas comadres, cuando secretamente se enteraron que
María había quedado encinta de Jesús, la que para ese entonces ya tenía
padrastro judío, quien había desposado a la viuda en matrimonio católico
celebrado, como era de esperarse, por el Padre Jesús. En realidad la noticia se
hizo cuando intempestivamente el judío y su consorte decidieron enviar a María
a España para visitar a su hermano, el que supuestamente estaba siguiendo
importantes estudios en la entonces Universidad Central de Madrid. Ella pudo
ocultar su embarazo por cinco largos meses dado que era flaquita, ay hijo no te
imaginas la silueta que tenía, dice, para luego tratar de convencernos que
veinticinco años después prosigue igualitita. Pasado ese primer lapso la
barriga era ya inocultable.
Mas lo triste de la historia
es que el padre Jesús no quería deshacerse de sus deberes como servidor de Dios
y cuando sopesó entre ser padre de verdad o padre católico, el fiel de la
balanza se inclinó para lo sagrado antes que para lo terrenal, pues la verdad
es que el hombre no sabía hacer mejor cosa que la misa, las confesiones y
dirigir las reuniones de Acción Católica.
El padre Jesús confesó su
terrible pecado al prior de la parroquia de Chancay y éste lo hizo salir del
confesionario para, paseándose por
Jesús decidió entonces volver
a su natal Sevilla. Lió bártulos sin decirle una palabra a la pobre María y
tomó las de Villadiego. Dejó una secreta misiva, hecha llegar a María con el
prior luego de su veloz partida, en la cual prometía no olvidar jamás a su
amada y retornar apenas la situación se lo permitiera. Hablaba de sus queridos
padres, que quién les iba a mantener, que sobre él habían cifrado sus últimas
esperanzas los pobres ancianitos. Pero no mencionó para nada a su futuro
vástago.
Es lógico pensar que nuestra
María no se quedó quieta en Madrid dándose de inmediato, apenas pudo (y esto
fue cuando la pequeña Verónica vino al mundo) un salto a Sevilla. Allí no halló
ni el polvo de su Jesús y todos los clérigos desconocieron su existencia, sin
distinción de jerarquías. Ni los sacristanes osaron abrir la boca al respecto.
No era para menos; se vivía la época del generalísimo Franco y los falangistas
con el apoyo espiritual del Opus Dei gobernaban con dureza España esgrimiendo
la cruz y la espada.
° ° °
A María no le quedó otra cosa
que retornar primero a Lima y luego, ya entonada ante su madre porque había
decidido vivir con su hija contra toda oposición, volvió a su Chancay natal.
Pero eso sí, le dijo su madre, dirás que el crío es hijo de tu hermano, así me
lo hagas quedar mal al pobrecito, tan solo allá quemándose las pestañas para
poder ayudarte cuando yo y tu padre, el que nos mantiene, hayamos tenido que
dejar este mundo cruel y traicionero.
María se reía para sus
adentros, sin atreverse a contar a su madre que su querido hijito vivía de
tasca en tasca sin importarle un bledo sus estudios. Un golpe más al de ser
abuela de hijo de cura y la vieja mancaba. De manera que se fue con su
sobrinita a vivir en el pacato pueblo donde conociera al cura de sus amores y
nunca supo por qué, pero nadie se admiró de ver crecer a la chica diciéndole
mamá a la tía. Y así transcurrieron veintitrés largos años de virginidad para
María y su Verónica, sin que al cruzárseles un hombre guapo en el camino ellas
pusieran de inmediato contra y se cambiaran de calle retrocediendo el camino
emprendido.
Todo hubiera seguido su mismo
curso de no haber surgido unos leves y casi secretos toqueteos medianocheros en
la ventana de las dos vírgenes que las sobresaltó de sobremanera. Abrazadas
madre e hija atisbaron por entre las raídas cortinas dándose con el rostro de
una dama vecina, ferviente católica ella, pero cónyuge de un árabe musulmán
converso que inclusive había hecho bautizar a todos sus hijos, y nada menos por
el ya olvidado padre Jesús, quien hasta llegó a apadrinar al primogénito de la
familia. Era de él, del padre Jesús, de quien traía noticias, y sin tener
conocimiento que la joven Verónica pensaba a su padre tan difunto como a su
abuelo materno, soltó de sopetón que en su reciente visita a España ella y su
esposo el árabe se habían dado un salto por Sevilla para buscar y encontrar a
su compadre. Luego de muchas indagaciones y de jugosas donaciones a varias
parroquias lograron dar con su paradero en la villa de Utrera, ubicada a
orillas del Guadalquivir. El encuentro fue bastante emocionante y las
remembranzas del puerto peruano de Chancay no se hicieron esperar, por supuesto
que ligadas a mutuos amigos, hasta que la mujer del árabe le soltó de sopetón
de cómo había visto crecer “huérfana” de padre a la pequeña Verónica, hoy toda
una señorita. Jesús lloró sus culpas y se comprometió a visitar a su hija, pero
antes deseaba hablar con ella, que le telefonease, pues se moría de vergüenza
de sólo pensar en ser rechazado. A la comadre peruana se le subió el indio y le
dijo que más vergüenza debería darle el haber abandonado a esa criatura que
había crecido sin padre y tan huraña como la madre, que ambas huían
despavoridas de los hombres y que si bien vivían en una buena casa y tenían
hasta su automóvil, una camioneta para ser más claros, donde la mujer repartía
víveres por todo el norte chico, el abandono del interior de la casa era
terrible, pues no recibían a ningún cristiano de visita, salvo a una prima
lejana que solía llegar a veranear en el puerto todos los meses de marzo de
cada año, una reportera de televisión más o menos afamada que era supermetiche.
Madre e hija se soplaron toda
la historia de medianoche dada por la vecina que incluía la descripción
pormenorizada de los banquetazos que tuvieron que invitarle al cura, quien
accedió a irse con ellos a Sevilla, hasta lograr por esos medios sacarle una
promesa de visita y su teléfono privado, para que primero le llamase su hija
invitándolo a venir al Perú.
Las dos mujeres ni
pestañearon al escuchar la larga historia que terminó con la entrega del
papelito con el teléfono y la dirección de Jesús y apenas se fue la inusitada
visitante nocturna, terminaron por ir a acostarse sin hacer el mínimo
comentario. Pero a María esa noche de principios de diciembre del 97 se le
movieron los conchos y en vez de tirar el papel que anunciaba la resurrección
de Jesús, optó por guardarlo en el cajoncito de su mesa de noche, en un pequeño
cofre de madera donde escondía secretamente la foto del otro falso fallecido,
su padre.
° ° °
Como en todos los años, ese
marzo de 1999 arribó la lenguaraz reportera Daniela al puerto de Chancay, y
buscando fósforos para fumarse un cigarrillo que la acompañase a hacer sus
necesidades matutinas al baño, se dio con la foto del cura Jesús, al que por
supuesto conocía de muchacho, ya hecho un cincuentón y fotografiado delante de
una iglesuca que no era la de Chancay, a no dudarlo. A la hora de desayunar le
espetó de sopetón la pregunta a María y al notarla dubitativa le dijo: Ya, no
te me hagas la cojudona y dime como es que tienes esa foto del Jesús en tu mesa
de noche. Más aliviada ante la evidencia María confesó lo relatado por la mujer
del árabe. Esto no lo puedes dejar así nomás, hija, la conminó la reportera y
de inmediato empezó a trazar planes para que
Así fue. De manera que a
principios de abril Verónica se enfrentó a la voz de Jesús y se hablaron entre
sollozos y risas, quedando en que para agosto él saldría de vacaciones y se
vendría al Perú para no solamente conocerla sino entregarle todo el amor que le
tenía guardado. La joven le dio su número de telefónico y las llamadas se
hicieron primero semanales, luego interdiarias hasta convertirse en casi
cotidianas. El mes de agosto se iba acercando y la casa de Chancay heredada por
ambas del abuelo judío transformándose hasta el extremo de reabrir habitaciones
que habían permanecido cerradas durante años, una de ellas supuestamente el
dormitorio nupcial. Entonces surgió por primera vez una discrepancia entre
madre e hija: Verónica se opuso tenazmente a la adquisición de una cama de dos
plazas y media para ese cuarto, que con una de plaza y media bastaba, ni que su
papá fuera tan gordo. María prefirió callar y otorgar; más que recuperar un
marido ella lo que quería era darle la felicidad de un padre único y verdadero
a su hija.
La fecha de arribo del padre
Jesús al Perú fue fijada para el trece de agosto. Pero como dice el dicho, el
hombre propone y Dios dispone. De manera que un par de días antes de su viaje
Jesús llamó a su hija para decirle que acababa de fallecer una tía suya,
hermana de su madre, el último de los parientes que le quedaba, y que tendría
que postergar su visita por ello. A Verónica le sobrevino un ataque de nervios,
una pataleta que ni de niña la tuvo, y por poco destroza todos los arreglos y
refacciones de la casa, de no haberse sentido en la medianoche de ese día un
toqueteo en la ventana: era la mujer del árabe que había escuchado la rabieta y
venía a corroborar la existencia, en todo caso pasada, de la tía del cura. Pero
Verónica ya no quería saber nada de ese hombre, para ella había muerto, total
si lo único que tenía grabado en su mente era su voz, el resto no le importaba.
María corrió donde Daniela
para rogarle hiciera una llamada al cura para aclarar las cosas. Hablaron por
primera vez con total independencia y entonces ella supo que este hombre era el
único e irremplazable amor de su vida. Él también se emocionó y quedaron en que
para diciembre sin falta vendría a Lima, que mientras tanto iba a atiborrar a
su hija con cartas de contrito perdón.
Se fijó la fecha para el 24
de diciembre. Arribó Jesús a las doce del día y María y Daniela estaban ya en
el aeropuerto desde una hora antes, estirando las cabezas, empinadas todo el
tiempo, tratando de ubicar, foto en mano, al esperado visitante. Casito se les
pasa ese cincuentón coloradote, medio calvo y con anteojos oscuros para el sol,
vistiendo elegante ropa sport. Lo pescaron totalmente desprevenido,
arrancándolo de las manos de unos taxistas que habían cogido sus maletas para
llevarlo sabe Dios a dónde.
Daniela se había conseguido
una camioneta de la televisora y los llevó de frente a su casa de Miraflores,
un departamento ubicado en el piso trece del malecón 28 de Julio, justo frente
al azul mar Pacífico. Sirvió cervezas heladitas en su terraza que daba justo
frente al mar y comieron cebiche y mariscos a más no poder. Como ella tenía que
hacer en el canal de televisión, salió un rato y dejó a la pareja esperando la
bella puesta de sol. Cuando él intentó tomarle la mano ante tan bello
espectáculo, ella le dijo que le había prometido a su hija no tener nada con
él. Jesús le contestó que sólo quería tocar su mano, que el resto no importaba.
En esas estaban cuando retornó Daniela acompañada por el chofer de la camioneta
del canal, quien cargó con las maletas del cura mientras ella los empujaba a
salir a toda prisa. Antes de que pudieran abrir la boca ya los tenía instalados
en un bello hotelito frente al mar, con aire acondicionado y todo lo demás,
producto de un aviso de canje de la televisora. Sendos chilcanos de pisco
aligeraron las cosas. María confiesa que fue como la primera vez, él eyaculando
como el gallo y ella cerradita como una virgen, y que gracias a unos siguientes
chilcanos de chuchuhuasi pudieron repetir el plato con mayor tranquilidad. A
las diez en punto de la noche la camioneta cuatro por cuatro vino por ellos,
cuando terminaban su tercer encontronazo. Daniela los embarcó velozmente y
cinco minutos antes de las doce, justo para el nacimiento del otro Jesús, Jesús
llegó para saludar a su hija veinticuatro años después. Mientras padre e hija
se besaban emocionados, Daniela apareció no se sabe de dónde y le dio un
pañuelo a Verónica, diciéndole, seca el rostro de tu padre. Ella lo secó y su
rostro quedó grabado en el pañuelo. María había encendido el televisor para
esperar la señal de las doce en punto. Se asombró de ver algo parecido a su
casa registrándose en la imagen del principal canal del país, pero entre
lágrimas no sabía bien lo que veía. Lo que sí no dudó en reconocer, fue la voz
de Daniela contando el final feliz de su reportaje mientras aparecían escenas
superpuestas de su íntimo reencuentro con Jesús, quien al sonar las doce
campanadas dio un salto de júbilo y abrazó a su mujer, María, gritando:
¡mandaré todo a la mierda y nos casaremos! Mujer, he aquí a tu esposo, hija, he
aquí a tu padre. Y se hizo el gran milagro de la última Navidad del siglo
veinte.
María secó su último vaso de
cerveza y me invitó, si quería, a tomarnos un par de vasos de vino en su casa.
Llegamos y ella me presentó a Jesús, un español coloradote y casi con triple
tonsura por la calva que lucía. Pasé a la casa y no tuvieron tiempo de cerrar
del todo su dormitorio, donde como cabecera del tálamo nupcial lucía algo así
como un pequeño altar y lo que en un comienzo me pareciera un raro ropero, era
nada menos que un confesionario. Cuando la hija bajó las escaleras vestida de
monja casi me caigo de espaldas, pero un ritmo a popurrí me recordó que justo
estábamos en carnavales.
©Maynor
Freyre, El team de los chacales,
Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da
ed., 2005.
El líder de los perros ahorcados (de El team de los chacales, 2005)
Les quitó hasta la manera de
andar. No sólo eso. Les cortó la palabra. Desde su llegada caminaban como
zombies, imitándolo a él, y sólo balbuceaban hum, hum, hum, pretendiendo dárselas
de sabelotodos tal como fungía el Líder.
Lo vi por primera vez en
Eso mismo pude constatar en
persona, cuando de la plazuela pública pasó a los salones y luego al paraninfo
de la universidad, tras presionar a las autoridades universitarias con la ayuda
de sus discípulos y adeptos más conspicuos.
Atraídos por su subyugante
monosilabear y por su calmo caminar de oso saciado, los muchachos del grupo
literario artístico, al cual me había sumado a mi arribo a esta andina ciudad,
nos fueron dejando solos a mí y al viejo profesor de historia dedicado más a
las libaciones y a la juerga que a los libros con los que debía enseñar y que
cada vez más solía entreverarse en sus clases de la historia patria,
confundiendo la época republicana con la prehispánica y a ésta con al del
virreinato. Los viernes, terminada la jornada profesoral, deambulábamos por los
bares y chinganas de las afueras de la ciudad en búsqueda de una guitarra, un
charango, un arpa o un violín traedores de nostalgias de sabe Dios qué.
Estábamos brindando de lo más
felices en San Juan Bautista, cuando llegaron de repente los muchachos de
nuestra desecha capilla literaria para invitarnos al gran estreno: el Líder iba
a dar una charla en el paraninfo universitario, era una conquista clasista
frente a las autoridades pequeño-burguesas a las cuales nos sumaríamos de no
asistir ese siguiente día sábado. No sé con qué dinero cancelaron nuestra
cuenta y nos llevaron casi a rastras a nuestras casas para que durmiéramos la
mona y así poder librarnos del índex en que iban a caer los inasistentes a tan
egregio acto.
Por supuesto que don Máximo
se perdió esa misma noche por otros laberintos y supe después que considerando
su estado de dispsomanía lo único hecho por los discípulos fue espantarlo de
los alrededores de mi residencia, pues el maestro me había catalogado de “recuperable”.
Craso error.
Una comitiva llegó a mi casa
un cuarto de hora antes de que empezara la exposición del Líder, intitulada “El
único e indiscutible atajo para llegar a la verdad”. A las siete en punto no
había un asiento libre y a las siete y diez minutos de la noche el paraninfo,
generalmente a medio llenar para para los más importantes certámenes
académicos, rebalsaba de gente.
Ubicado en la antepenúltima
fila, justo en el lugar del auditorio donde se encontraban los principales
fanáticos del Líder, me sentía acalorado, golpeado por un bochorno y una
pesadez inexplicables. Yo me hallaba en el grupo como un gato techero caído en
medio de una jauría de perros callejeros más o menos organizada. En verdad no
tenía nada contra ellos, salvo el tedio que solía acompañarme desde mi
matrimonio por no poder tener la libertad que tanto añoraba y que decidí perder
para no caer en la bobalicona bohemia en la que me metiera. Pero mi esposa,
gestando un bebé, estaba en la capital del país para asegurarse un buen tratamiento
médico, sin la menor garantía por esos lares.
Encaramado sobre la cátedra
empezó el Líder una perorata suave, letánica, cuasi sacerdotal, en vez de esos
discursos incendiarios a los que nos tenían acostumbrados los caudillos en
plazuela. Parecía, por momentos, estar rezando una oración, aunque por
instantes convertía el atril en un púlpito y se lanzaba una monserga, hecha más
con ánimo persuasivo que conminatorio. El atajo no lo era tanto, pues se iba
convirtiendo en un largo camino regado de roja sangre y asfaltado por miles de
miles de muertos, lo que bajo el tono de su voz no significaba otra cosa que
regar el digno jardín de la revolución social que él se había decidido a
emprender como Mesías único e indiscutible para nuestro atrasado y golpeado
país.
A estas alturas del sermón de
las mil horas estaba cabeceando de sueño y asaltado por esa abrasante sed de
las resacas borracheriles, y decidí dejar al sumo sacerdote en el púlpito y
abandonar la misa. Por suerte alguna mano amiga en la semioscuridad del salón
auditorio me disuadió del acto, advirtiéndome: ¡cuidado con lo que haces!
Entonces, para disimular mi frustrado mutis, balbucí una pregunta, levantando
la mano al ponerme de pie, en un intento por disimular mi frustrado mutis.
No viene al caso rememorar la
pregunta literalmente, pero sí recuerdo que indagué el porqué en vez de estar
perorando todo el mundo sobre la lucha armada en cafés, plazuelas y púlpitos,
de una vez por todas, sin mayor palabreo de por medio iban y hacían volar el
sistema, tal como lo prometían en todos los idiomas y colgaban a los enemigos
antirrevolucionarios de los postes. Decenas de miradas se posaron sobre mí. Yo
sudaba a chorros, pero impertérrito esperaba la respuesta del asediado, quien
hizo caso omiso a mi pregunta aunque de soslayo se refiriera a la banda de
provocadores que querían hacer abortar la verdadera, única e invencible
revolución que sólo él, el Líder, el Mesías, iba a poder dirigir. Mis amigos
escritores que estaban a mi lado, prácticamente me arrastraron fuera del
recinto, y al salir me pusieron en las manos una botella de aguardiente para
que me calmara, pues las manos me temblaban a rabiar y sudaba como un maldito.
Apenas a dos cuadras de
distancia quedaba mi casa, de manera que me llevaron hasta allí y añadieron a
la botella, de la cual ya había escanciado un cuarto de su contenido por lo
nervioso que me encontraba, un par de cajetillas de cigarrillos negros y la
promesa de traerme a don Máximo en cuanto pudieran, que ya regresarían ellos.
Eran mis amigos.
La luz de la madrugada hirió
mis ojos en cuanto unos fuertes toqueteos a la puerta de casa me hicieron
despertar mientras soñaba con lastimeros aullidos. Tambaleante abrí la puerta
dándome con el perro del señor Vega, el dueño del departamento donde residía,
colgando de una soga, sin vida. Don Máximo me lo señaló, sobrio como nunca, y
de inmediato me ayudó a hacer mis maletas. Él estaba con su Wols comprado a
plazos parado en la puerta y deberíamos salir de inmediato para el pueblo más
cercano, echarnos un par de tragos allí y seguir rumbo a la capital embalados,
era lo más recomendable, se lo habían dicho en secreto los muchachos del grupo
literario que ahora sí estaban asustados. Metí todo lo que pude en mis dos
maletas, dejando abandonados discos y libros, aparatos eléctricos y muebles.
Por los cerros ya se escuchaba el estruendo de los dinamitazos. Al recorrer las
calles surgían más y más perros ahorcados con un cartel escrito con burda letra
que decía: ASÍ MORIRÁN LOS PERROS
CAPITALISTAS BURGUESES. ¡VIVA EL GRAN ESPADACHÍN!
Como siempre me pasa, decidí
hacer una locura. Pare, pare usted don Máximo o lléveme de vuelta a casa, si
quiere, le dije. Yo me quedo. Prácticamente lanzó mis maletas del automóvil y
tuve que apearme al vuelo. Un cargador se acercó solícito y se hizo de mis
bultos. Volví a casa. Me esperaban.
Desde entonces ya llevo
veinte años en prisión, acusado de instigador de la insurgencia. He estado en
cuatro listas de amnistía, pero nunca me ligó. Recién desde hace un año,
aproximadamente, me han permitido que escriba, por eso estás leyendo esto. Supe
que don Máximo murió de cirrosis un año después de la “noche de los perros
ahorcados”. Yo, al menos, he podido preservar mi vida y hace veinte años que no
bebo una gota de licor, lo juro. Ah, aún no he cambiado mi manera de andar y
sigo tan locuaz como siempre.
©Maynor
Freyre, El team de los chacales,
Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da
ed., 2005.
El team de los chacales (de El team de los chacales, 2005)
Chacal. Una especie de perro
salvaje, algo menos que un lobo, quizá equiparado con el coyote. En todo caso
un cuadrúpedo abyecto, cobarde cuando está solo. Feroz cuando anda en manadas.
Con la ferocidad del lobo y la astucia de la zorra. Así es este animal.
Y así los apodamos cuando
llegaron al barrio, caminando remolonamente, de mirada retrechera. Vestían
arrabaleramente: llevaban pantalones parchados, zapatos de distinto color,
zapatillas atadas con soguillas, camisas con el cuello y las mangas
arranchadas; tenían un pañuelo amarrado a la frente que daba vuelta a todo el
cráneo, al estilo de los piratas de las películas, con el que pretendían
detener la caída de sus hirsutos cabellos.
Se sentaron bajo los pinos,
en la bajadita que servía de tribuna a quienes no jugaban. Con las cabezas
gachas, mirándonos de refilón. Nosotros seguimos el partido, pero esmerándonos
en hacer las mejores jugadas, para lucirnos, cómo no. Hasta que “
El que entró a jugar era un
cholo grandazo con unos yines viejos cortados hasta las rodillas.
Inmediatamente sacó de su bolsillo trasero un, más que pañuelo, trapo
descolorido que circundó alrededor de su cabeza. Poseía un dribling endemoniado
pero a su vez tan desordenado que terminaba por llevárselo al out, fuera de la
cancha. Al principio creímos que era por los nervios del inusitado debut y lo
apodamos “Loayza”, como al maestrito del Ciclista Lima. Pero al ratito su loca
gambeta lo llevó a chocar nada menos que con el flaco “Huaraca” Cairo, quien le
dio una soberbia barrida. Entonces el cholo “Loayza” se puso en pie
descontrolado y se le fue encima al más bronquero del barrio. Y se armó la
trocatinta.
De caballeros era que los dos
pelearan solos en medio de un ruedo hasta darse lo suficiente y entonces
separarlos. Pero los chacales eran nada menos que chacales. Para ellos todo
debía hacerse en manada. En un santiamén nos vimos envueltos todos en la pelea:
quienes estábamos jugando el partido y los espectadores de toda laya; hasta los
perros empezaron a mordisquear por aquí, por allá y por acullá. “Huaraca” había
madrugado a “Loayza” rompiéndole las narices de un artero cabezazo aunque ahora
se las veía negras pues el cholo le estaba haciendo el abrazo del oso y lo
tenía medio asfixiado. “
Fue como si un hada madrina
hubiera sacado su varita mágica y paralizado a toda la sarta de energúmenos en
que nos habíamos convertido. Pero la tregua duró apenas un suspiro. Ya
llevábamos las de perder, pues al verse en minoría los chacalitos habían ido
por refuerzos, y eso significaba hermanas y hasta madres portando sartenes y
cacerolas para defender a sus críos. No sólo eso: algunas bacinicas, no
precisamente vacías, surgieron enristradas por hermanitas furibundas. Los más
chicos del barrio corrieron a soltar los perros bravos y adiestrados guardados
en los jardines de algunos de los caserones de las familias de la muchachada y
nuestras madres asomaban por las ventanas de los segundos pisos, así como las
sirvientas por las azoteas, lanzando procacidades que nosotros creíamos
indignas de sus santas boquitas. Todo era en vano. La trocatinta se había
armado pesase a quien pesase. La sangre se fue mezclando con el barro y los
orines y ni siquiera era posible una honrosa retirada, pues los invasores se
mostraban dispuestos a luchar hasta el exterminio final.
En eso, ¡oh milagro!, se
escuchó una voz ronca, de mando, que en forma estentórea hizo un llamado al
alto al fuego.
-¡Comadres, paren esto!
¿Quién les va a dar después ropa para lavar, quién les va a comprar sus tamales
los domingos, quién va a contratar a sus maridos como electricistas,
gasfiteros, albañiles, pintores, mecánicos, carpinteros...?
No la dejaron ni terminar la
larga enumeración, mientras yo coloradote por ver a mi abuela en trazas de
entrecasa (seguro había estado dándole de comer a las aves en el corral)
gritando como una placera en pleno parque, trataba de escabullirme por entre el
seto de granados que cercaba el recinto.
No la dejaron terminar y como
una decena de sus comadres se le acercó lloriqueando a pedirle perdón, en tanto
otra decena de ahijados se postraba ante ella de rodillas con la cabeza gacha.
La escena se tornaba tragicómica en medio de la barahúnda de súplicas que
rodeaba a mi abuela mientras las orandas vecinas cerraban sus ventanas
consternadas por la aborrecible visión que se presentaba ante sus compungidos
ojos: toda una señorona como
De repente interrumpió la
escena otra trocatinta mayor: cientos de extraños personajes irrumpieron por la
avenida Santander apedreando automóviles particulares, parando a los escasos
ómnibus destartalados que circulaban por sus pistas y un grupo de ellos cargaba
en vilo un enorme mojón pintado de blanco y negro, de esos que servían para
organizar el tránsito en las vías de doble sentido, echándoselo encima a un
pequeño automóvil cuyo chofer huía despavorido en tanto su carrito se convertía
en un trozo de chatarra aplastado contra el suelo. No tardaron en aparecer los
“caimanes” cargados de policías de asalto entrando justamente por todos los
lados del parque donde jugábamos pelota y arremetieron contra todo el mundo,
especialmente contra los “Chacales”, cuya pinta, aunque más estrafalaria, se
parecía mucho a la de los agitadores vestidos con pantalones remangados hasta
las rodillas y en bividí. Mis hermanos y yo, junto con algunos muchachos del
barrio embalamos rumbo a mi casa por ser la más cercana, trasladando a mi
abuela casi en andas, hasta la pasamos por encima de los setos de granados que
rodeaban al parque, mientras a su tras corrían sus caseras pidiéndole no nos
abandonase por favor comadrita, rogando a sus ahijados, madrinita no nos deje
que ahora sí no nos libramos de la cana. ¡Tremendos chacales, ojalá los maten!,
refunfuñaba yo para mis adentros, hasta llegar a la puerta falsa del caserón
por donde mis hermanos mayores ya habían logrado introducir a la abuela.
La policía de asalto nos
pisaba los talones y apenas ingresamos los de la familia con algunos amigos del
barrio, intenté cerrar la puerta falsa para que nadie más entrara. El vozarrón
de mi abuela me petrificó: ¡Pobrecito de ti mal nacido si le cierras la puerta
a esa pobre gente perseguida inocentemente! Y luego, dirigiéndose a los
policías que pugnaban por ingresar al jardín exterior de la casa: Ustedes no
saben quién soy yo, abusivos, al primero que transponga una raya de mi santo
hogar lo traspaso de un solo balazo, así me caiga muerta aquí mismito. Y se
apareció en la puerta de la casa ya con otra pinta, con unos tacones puestos
que seguramente las negras sirvientas se los habían traído junto con el abrigo
de pieles que ahora lucía tocada por un sombrero de esos de ir a los
matrimonios, pero siendo lo más imponente la vieja escopeta de cartuchos que
nos servía, de puro malograda como estaba, para jugar a la coboyada.
Ah, y por si acaso, los
saluda la viuda el general Santander, cuyo epónimo nombre lleva la calle que
están pisando. El oficial al mando del grupo de asalto, un capitancito de ralo
bigote, quiso hablar, pero lo mandó cuadrarse ordenándole que formara la tropa,
porque cómo era posible que tuviera así sudorosos a sus hombres que daban pena,
todos unos servidores de la patria, acérquese nomás, le dijo, no me tenga
miedo, no le voy a hacer nada, y le arregló al capitán el nudo de la corbata,
le acomodó la polaca y le dio el primer vaso de chicha que las negras cazurras
habían sacado en un gran porongo y empezando a repartir entre los asilados de
la casa, que hasta revoltosos los había, aparte de toda la comadrería y los
ahijados, y mientras le contaba al capitán las hazañas de su difunto esposo que
en paz descanse, dictó la orden de retiro para los asediadores, quienes
subieron marchando a sus camiones y se marcharon. La abuela sacó repentinamente
la pelota de cuero debajo de su abrigo y de un pantadón la envió al techo: Y
pobre del que me la saque de ahí hasta el próximo domingo, porque eso sí, el
partido contra el Team de los Chacales sí que no me lo voy a perder por nada
para la semana que viene. Como parece tampoco pasará con “Loayza” y “Huaraca”,
a quienes en vano “
©Maynor
Freyre, El team de los chacales,
Lima, Editorial San Marcos, Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, 2da
ed., 2005.