“esporas”,
en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una
suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y
tantas otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de
escritura.
Noé Jitrik (Rivera, 1928), novelista, cuentista,
poeta, teórico y crítico latinoamericanista y profesor universitario argentino.
Pertenece a ese gran grupo de críticos latinoamericanistas entre los cuales
mencionamos a Angel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Julio Ortega, etc. En su
prolongada actividad académica y de investigación ha enseñado en las
Universidades de Córdoba, Buenos Aires, Besançon, El Colegio de México, UNAM (México),
Indiana, California, CELARG (Venezuela), etc. En 1939 se traslada a Buenos
Aires donde vive gran parte de su vida. En 1961, en Córdoba, contrae matrimonio
con la escritora y periodista Tununa Mercado. En 1964 se traslada a Buenos
Aires junto con la familia. Durante la dictadura de Onganía (1966) y luego de
que
“A pie de página” agradece
profundamente a Noé Jitrik su cortesía y gentileza por habernos permitido
publicar su relato.
“El hastío en las sociedades puede ser
explicable: si el imperio va a ser eterno qué nos queda, estamos hastiados
-¿hartos?- de que no se vislumbre nada en el horizonte. Pero tal vez, si el
hastío es negativo en el presente, porque se lo padece, no lo sea a futuro.
Hegel pensaba que el hastío de una sociedad es un momento muy sordo aunque
dramático de gestación, semejante al embarazo; en apariencia no pasa nada pero
por debajo se gesta el cambio, la evolución, la tormenta social. Así explica,
creo, el hastío que llovía sobre la sociedad francesa antes de la revolución y,
en consecuencia, de qué modo se estaba preparando
©Noé Jitrik, 2006.
Aburrimiento
A no más de cien metros de mi casa,
tomando por la calle Juan XXIII (vaya nombre), me topo con una casa, cruzando
la calle transversal, que ostenta una inscripción: “Carnicería”, dice, palabra
que me parece amenazante u ominosa, como las que veía Borges en sus vagares
juveniles. Por debajo no hay tal carnicería – la debe haber habido en otras
épocas, ya lejanas a juzgar por el tipo de letra y lo desteñido de su color-
sino una casa sencilla, como de campo, y su puerta, junto a la cual no hay
ventanas, está casi siempre cerrada. De vez en cuando, en momentos en que el
sol se muestra más amable, esa puerta se abre pero no se ve casi nada en el
interior; tampoco podría uno detenerse y tratar de distinguir algo en ese
agujero porque junto a ella, sentado pacíficamente, está, como custodiando la
entrada, un señor ya mayor, un anciano se diría: sin duda está tomando aire. Lo
saludo apenas al pasar y él responde, casi musitando, y yo sigo viaje, sin
pensar en él hasta una nueva ocasión.
Lo
he visto, además, sacando una silla al exterior y llevándola a la acera de
enfrente; lo observo sin llamar la atención y veo que mira hacia adelante,
quizás a los pájaros, quizás a los perros, uno de los cuales lo acompaña,
echado junto a él, sea junto a la puerta de su casa, sea frente a ella. Pensé,
alguna vez, en detenerme y hablar con él pero algo en su manera de estar solo
me lo ha impedido; me parece, cada vez que lo veo, que está aburrido, que nada
podría cambiar ese estado del espíritu.
Viejo
tema el del aburrimiento, concepto en realidad poco definido aunque reconocible
y, en muchas ocasiones, confesable. No intentaré hacerlo ahora y aquí, porque
ni siquiera estoy aburrido, pero nomás invocar ese estado detenido –porque el
aburrido siente, ante todo, que no pasa nada, ni siquiera el tiempo-, nada
fluctuante, me trae al presente las diversas formas y manifestaciones de ese tan
difundido sentimiento, aplicable no sólo a las personas sino, incluso, a las
edades y aun a las épocas: los seres humanos se aburren de cuando en cuando o
de una vez para siempre, aunque de manera diferente según las clases sociales,
los niños se suelen aburrir cuando desaparecen ciertos estímulos que,
previamente, los han entretenido o divertido, ciertas épocas, no la nuestra
precisamente, son tachadas por los historiadores de aburridas porque todo
parece estancado, las estructuras inconmovibles y las aventuras abolidas,
imaginariamente desde luego o porque no se avizoran cambios.
Hablar
de aburrimiento hace recordar La romana, una novela en la que todos se
aburren, es la “noia”, de Alberto Moravia (de quien creo que pocos se
acuerdan), que se anticipó un poco al filme de Michelangelo Antonioni (a quien
se recuerda más), La notte; en ambos casos, los personajes no saben qué
hacer con sus vidas, a nada le encuentran sentido; en suma, se aburren soberanamente
y nada tiene gracia para ellos. Quizás, porque no son las únicas expresiones
artísticas de tal sentimiento, se pueda leer, en esas y otras obras del
momento, el incómodo inmovilismo que parecía agobiar a
En
italiano, aburrimiento, como declinación del interés por las cosas, provocado porque
las cosas mismas están apagadas, es “noia”; en francés es más complicado:
“s’ennuyer” es eso pero el verbo indica también fastidio, que suele acompañar
al aburrimiento pero que puede no estar vinculado a ello; tal vez por eso, se
dice “cafard”, que une a lo aburrido un poco de melancolía y de
ensimismamiento. Nuestro aburrimiento, el de estas localidades nuestras, o el
de nuestro idioma, tiene de todo eso pero también su vida semántica es
independiente; a veces es producido por los otros, quiero decir otras personas,
a veces por la rutina y la repetición, a veces por una carencia, a veces por un
desgano respecto de un hacer y otras porque ese hacer no ofrece ninguna
perspectiva excitante. Por supuesto, también por un no hacer, como es el caso,
me parece, del señor mayor que descansa bajo la inscripción “Carnicería” y, de
paso, de infinidad de jubilados que si se aburrían en sus respectivos trabajos
se aburren mucho más cuando lo han perdido. Que no es lo mismo que sucede con
los desempleados, animados todavía por la esperanza de conseguir empleo o por
la rabia por no conseguirlo.
Y
puesto que hay diversos tipos de aburrimiento hay que intentar clasificarlos
para entender sus diferencias. Así, por ejemplo, una primera se impone:
aburrimiento no es lo mismo que “spleen”, ni que tedio, ni que hastío. “Spleen”
era una pose, que rigió la vida de los elegantes, y los poetas, de principios
del siglo XX: era bueno tenerlo y sobre todo ostentarlo exclamando, eso sí,
“todo me aburre”, porque no se podía decir “tengo spleen”. El tedio
puede llegar a ser mortal y moralmente extremo; el que lo padece no es que se
aburra: no tiene nada que lo estimule; la vida lo mata, los demás son el objeto
de un desprecio infinito sólo porque no logran proponer un estimulante, los
hombres son vulgares, las mujeres son sólo objeto de uso, el arte es vacío y la
sociedad en general un desastre sin redención. El hastío es otra cosa, es
resultado y producto de una experiencia, no es inexplicable como en los otros
matices o, al menos, puede tener razones para experimentarlo como, por ejemplo,
escuchar discursos de políticos, aguantar programas de televisión, verse
obligado a leer mala literatura, etcétera. Se vincula, desde luego, a
cansancio.
El
aburrimiento en los niños proviene de un exceso: se lo llena tanto de
sustitutos desde que nace que su imaginación enmohece y, en consecuencia, si no
posee tales sustitutos, o los que vienen después –del muñeco a pila hasta el
tren eléctrico pasando por la televisión- no sabe qué hacer con su cuerpo ni
con lo que lo rodea. Los ancianos, en cambio, lo saben todo o creen saberlo
todo, tal vez porque ejercieron la imaginación, tal vez porque creen que la
vejez la otorga, pero ese saber no satisface, ya sea porque tratan de hacer
escuchar su voz en medio de un griterío, ya porque poseen un caudal limitado de
posibilidades de comunicación –como sería el caso del considerado afásico
porque no se entiende de primera intención lo que dice-, ya porque sólo espera
que pase el tiempo y no hay nada más aburrido que eso si la espera no tiene un
satisfactor eficiente. Yo diría que los satisfactores eficientes existen, es
bueno no perder la esperanza: “me hiciste esperar un día pero al fin llegaste”,
declara el amante, “tuve que esperar semanas mi trámite pero finalmente llegó,
con el dinero incluido”, dice el solicitante, “por qué no empieza el concierto
de una vez”, dice el impaciente, “sé que no vendrá pero la espero igual”,
enuncia un viejo tango, que yo venero.
Y, puesto
que mencioné la palabra “impaciencia”, es lógico que se piense en su contraria,
“paciencia”, que es lo que se necesita para poder esperar. De donde se podría
decir que cuando estas dos palabras, impaciencia y paciencia, no consiguen
armonizar, ni en el niño ni en el viejo, irrumpe, arrasador, el aburrimiento.
El
hastío en las sociedades puede ser explicable: si el imperio va a ser eterno
qué nos queda, estamos hastiados -¿hartos?- de que no se vislumbre nada en el
horizonte. Pero tal vez, si el hastío es negativo en el presente, porque se lo
padece, no lo sea a futuro. Hegel pensaba que el hastío de una sociedad es un
momento muy sordo aunque dramático de gestación, semejante al embarazo; en
apariencia no pasa nada pero por debajo se gesta el cambio, la evolución, la
tormenta social. Así explica, creo, el hastío que llovía sobre la sociedad
francesa antes de la revolución y, en consecuencia, de qué modo se estaba
preparando
¿Pasará
lo mismo con aquellos que se aburren? ¿Se producirá un parto significativo en
la vida del hombre que descansa bajo la palabra “Carnicería”? No lo puedo
saber: son dos dimensiones diferentes e imprevisibles: así como el aburrimiento
puede instalarse y convertirse en tedio y éste en hastío, también puede
desaparecer súbitamente, tal como vino; de pronto, uno puede iluminarse sin que
nada cambie pero lo que cambia, sin duda, es la significación de las cosas, las
voces y las miradas de los otros, el sabor, en fin, de la vida.
©Noé Jitrik, 2006.
[1] PAN, Partido de Acción Nacional, partido clerical-conservador que gobierna
México desde la pérdida de la hegemonía política del PRI (2000) [N.d.R.]