Guillermo Cabrera Infante, Delito por bailar el chachachá, Madrid, Suma de Letras, 2000, 128 páginas.

“Señor juez, señor juez, señor juez, mi delito es por bailar el chachachá”, con estas letras, de una canción cubana de 1956, empieza uno de los tres cuentos de Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1929-Londres, 2005), reunidos bajo el título de Delito por bailar el chachachá. El cubano Cabrera Infante, escritor de gran talento, lector voraz y refinado, eficaz periodista cultural y cinéfilo convicto y confeso, fundó la Cinemateca de Cuba, ganó el Premio Biblioteca Breve y tras la ruptura con la revolución castrista, decidió exiliarse en Londres donde residió hasta su muerte. En la mayoría de sus obras literarias como Así en la paz como en la guerra (1960), Tres tristes tigres (1967), La Habana para un infante difunto (1979), Delito por bailar el chachachá (1995), etc., se hace referencia, muy a menudo, al tema amoroso y lo narrado se carateriza por la ironía y, al mismo tiempo, por una constante nostalgia de La Habana de su juventud. Esta visión fuertemente evocativa deja, a veces, en el lector un sabor amargo. Su producción literaria se afianza en el exilio que se convierte también en uno de sus motivos inspiradores al igual que la literatura universal y el cine del siglo XX. La ruptura ideológica y física con Cuba condicionó, sin lugar a dudas, su literatura. La narración está unida bajo varios elementos constantes como la música popular, La Habana y las mujeres que no sólo resultan importantes para la calidad literaria de los textos, sino que cumplen con la función de explicar lo que acomuna a las obras de un autor que siempre quiso ser distinto y único. Esta obra se compone de tres cuentos: "El gran ecbó", "Una mujer que se ahoga" y "Delito por bailar el chachachá", que empiezan con una escena similar: en un restaurante de La Habana, en una tarde lluviosa de un viernes, al final de los años ‘50, un hombre y una mujer, que son siempre los mismos, están almorzando. Las tres historias se desarollan de manera diferente pero el espacio y el tiempo narrados son análogos. La música y la literatura componen una escritura basada en dos voces: la del narrador, en los dos primeros cuentos, y la del protagonista en el último. El objetivo del autor es que el lector, según las reglas musicales, lea la obra como una «modulación», es decir una «digresión del tono principal». De hecho, la música cubana está llena de rasgos que contrastan y delinean el ritmo. Los cuentos, hechos de recuerdos, tienen conexiones entre sí y están estructurados como una “minicrónica” de la cultura y política cubanas; se empieza por los cantos religiosos de la santería (sistema de cultos sincréticos resultado de la combinación de creencias africanas con el catolicismo), pasando por el bolero cubano hasta llegar al chachachá «ese ritmo sin igual». La relación del hombre con la mujer y, al mismo tiempo, de la pareja hacia su país se desarolla, poco a poco, a través de sus pensamientos y conversaciones : vida, muerte, amor, infidelidad, fe, política, neurosis, perversiones, literatura, música, etc., son temas que caracterizan no sólo a los cuentos sino a Cuba entera. El protagonista masculino está siempre representado como un hombre racista, homofóbico y muy independiente que, sobre todo en el último cuento, devora con los ojos a cada mujer que entra en el restaurante después que su pareja se marcha y sus chanzas se tornan cada vez más aburridas. Quizás sea por esa razón que, al final de todos los relatos, la mujer se despide de él. No puede vivir sin mujeres, pero no puede vivir con ellas, y su cinismo es síntoma de una debilidad romántica enmascarada. El desengaño es amoroso en los dos primeros relatos y termina siendo político en el último. De este modo, el lector se queda envuelto entre el olor del puro cubano y el ritmo de la música que, de un cuento a otro, mutan y lo acompañan hasta el final. La palabra rige soberana, la realidad representada está expresada a través de similitudes fruto de una búsqueda meticulosa. El lenguaje es rico de adjetivos usados para describir, con mucha precisión de detalles, personas o hechos. La voz del narrador se alterna con la de los protagonistas que interactúan con personas que hablan con un marcado acento cubano. Delito por bailar el chachachá es una obra muy interesante en la cual podemos ver a Cabrera Infante, gran alquimista del lenguaje y afabulador que, desde el principio, despierta la curiosidad del lector y lo hace sumergirse en la atmósfera habanera y cubana de los años ’50, mostrándole todos sus aspectos políticos, sociales, positivos y negativos. Aparentemente, La Habana puede parecer una ciudad como tantas, pero en realidad su patrimonio cultural y musical y su fascinante personalidad la hacen realmente especial.
Valentina Tardito, 2006.