Alfredo
Bryce Echenique, Entre la soledad y el
amor, Barcelona, Debate, 2006, 107 páginas.
Generalmente se define el ensayo como un género en el cual la libertad temática es una de las características
más importantes. Puede abarcar un sinnúmero de argumentos y de reflexiones,
opiniones, pensamientos, ideas y demás. Hay ensayos legibles e ilegibles,
breves y largos, académicos y no académicos, interesantes y aburridos. El
ensayista, como el escritor, tiene como responsabilidad suprema capturar el
interés del lector o ahuyentarlo. Y, al parecer, esto último ha prevalecido.
Porque si nos ponemos en el lugar del lector atento, exigente, profundo y poco
amante del conformismo imperante de lo que propone y/o propina el mercado editorial
globalizado, encontraremos que la lectura de este breve y pretencioso libro de
ensayos habrá creado sin duda una miríada de sensaciones encontradas. Que
pueden ser, por ejemplo, el pasmo, el estupor y hasta el rechazo. Es, creemos,
la reacción legítima de los lectores exigentes contra la banalidad de moda que,
disfrazada y vendida como profunda, recurre a los malabarismos del sofisma y a
la retórica sensiblera con abundancia de lugares comunes, paráfrasis de ideas
ajenas y exiguas contribuciones propias unidas a la pesada y reiterativa
nostalgia de los tiempos idos. Todas estas cosas causarán, indefectiblemente,
extravío o aturdimiento a nuestro lector que había nutrido no pocas
expectativas en el autor, el cual no es un ilustre desconocido sino uno de los
escritores peruanos más internacionales y conocidos del momento. Me refiero a
Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), que ha publicado un breve libro de
ensayos titulado Entre la soledad y el
amor en el cual intenta mostrarnos una nueva faceta de su itinerario en el
mundo de las letras: la del ensayista. Quienes han leído a Bryce se habrán dado
cuenta de sus notables recursos y capacidades para la novela, el cuento, la
crónica y la autobiografía en donde hemos hallado tanta riqueza y tanta
originalidad. Pero parece ser que en esta obra encontramos muy pocas ideas que
puedan satisfacer nuestra curiosidad y nuestros deseos de conocimiento.
Asimismo, creemos que nada importante permanecerá dentro de nosotros, luego de
haber concluido su lectura. Quizás sólo una fastidiosa sensación de “horror
vacui”. Entre la soledad y el amor es
un libro acerca de los temas recurrentes en la obra de Bryce: la soledad, la
depresión, la felicidad y el amor. Temas, por cierto, extremadamente importantes,
nada fáciles y siempre actuales. En el prólogo, el autor nos muestra sus
intenciones oscilando entre lo didáctico y lo pretencioso cuando afirma que el
texto en cuestión se presenta como
“...una meditación cuando menos honda sobre el núcleo ardiente de mis libros”
(p.12), para luego declarar que “trata de ser todo lo ágil y sugerente posible,
pero al mismo tiempo trata de no alejarse nunca del rigor que debe tener un
texto de pensamiento” (p.12) y concluir diciendo que el objetivo de las páginas
es que “...instruyan y conmuevan por su conocimiento vital, pero también por su
manera y madera literaria” (p.12). Por supuesto que todas estas buenas
intenciones no cumplen ni de lejos con su cometido porque no encontramos lo que
siempre buscamos en un autor: la originalidad, la profundidad y lo nuevo. Este
libro carece de aliento, de ritmo y más bien nos da la impresión de leer un
pequeño, complaciente y monótono “manual de autoayuda” a la Jorge Bucay, tan de moda en
estos tiempos de alienante y extensiva facilidad y de torpes extravíos “new
age” para individuos con pocas luces. La presunta agilidad de la que habla el
autor nos revela, más bien, la falta de sustancia de sus “reflexiones”.
Inclusive nos parece un ocioso ejercicio retórico tendiente a ocultar el vacío
de las ideas tan hegemónico y común en estos tiempos. Hay un evidente
desequilibrio del tono de la narración. La prosa con la que están escritos los
ensayos es llana, inerte, laxa. Y el pensamiento es inevitablemente débil,
insostenible. Esto y mucho más hace de la lectura no un placer sino un
verdadero sufrimiento. Sufrimiento porque tenemos y nos creamos expectativas
legítimas como lectores y mientras leemos estas páginas, con estupor, hilaridad
y rechazo, nos vienen a la mente imágenes un poco “dejà vu” como los
despropósitos emitidos por apócrifos y oligofrénicos personajes televisivos que
ofician de consejeros sentimentales en programas embrutecedores y lamentables o
las notas publicadas por algunos sobredimensionados gacetilleros en insulsas
revistas del corazón. Como lectores nos sentimos burlados, timados y
traicionados. ¿Qué podemos pensar, esperar o decir de frases tan trilladas que
rayan en lo obvio? Pensar mal, protestar, irritados, ante semejante
demostración y homenaje al vacío. Para muestra no uno sino varios botones: “La
segunda forma de estar solo es organizar la ausencia del otro” (p.21), “Toda
soledad es signo de una decepción íntima. La realidad no coincide con lo que
esperábamos de ella. La realidad ha decepcionado a nuestra imaginación” (p.22),
“No hay comunicación entre padres e hijos. Los niños están en familia y a la
vez solos” (p.34) y un largo etcétera que sería inútil y tedioso citar. Por
otro lado, el único texto salvable de
este libro se titula “Del humor, del dolor y de la risa (crónica de una
depresión)”. Allí encontramos al Bryce que todos conocemos, es decir, el
escritor dueño del humor, de la ironía y de ese estilo “endiablado”, “rítmico”,
sugerente y atractivamente “caótico”, “sin reglas como Céline y Rabelais” que
es su mejor “tarjeta de presentación” o uno de sus “signos de identidad”. Dicho
texto nos distrae solamente por un breve instante y logramos ver al Bryce
auténtico, pero no es suficiente. Cuando proseguimos con la lectura de otros
ensayos esa “ilusión del efecto” se derrumba aparatosamente. Pero, como quiera
que sea, un solo ensayo no “salva” toda la obra. Entre la soledad y el amor es un libro totalmente insalvable,
prescindible y olvidable que nos muestra una opción y/o una elección fallidas.
Es como si estuviéramos leyendo a Sepúlveda, a la Allende, a Coelho o a
Bambarén en versión aún más sensiblera y consolatoria, con el agravante de
hacer pasar este librito como “didáctico”, “instructivo” o “profundo”, a pesar
de las abundantes referencias a autores como Hegel, Hölderlin, Bréton, etc. Se
nos cae de las manos y se esboza en nuestros sufridos rostros una mueca de
desagrado o un inevitable bostezo. Y, por otra parte, nos hace rebelarnos con
furia e indignación desde nuestra posición de lectores exigentes y carentes de
ingenuidad, culpables. La indignación y la furia que sentimos no son el
resultado de las ideas con las cuales nos podemos embarcar con gusto en la
polémica. Son el efecto ante la ausencia de ideas y ante la indigencia de los
razonamientos. No creo que sea honesto tratar de enmascarar el vacío con la
“agilidad”. Se puede ser ágiles escribiendo, siempre y cuando se tengan cosas
que decir. En esta obrita no las hay y podría haber sido más eficaz publicarla
con un heterónimo divertido e improbable en plan de broma o volverla a titular
con algo así como Breve manual de
autoayuda para señoras televidentes e insatisfechas. Para no perder la cara
ni el prestigio. Para intentar, al menos, ser creíbles y respetuosos con los lectores.
©Luis
Dapelo, 2007.
