Luis Loayza (Lima, 1934)
El Borges de Rodríguez Monegal[1]
Borges habla en alguna parte de “una vida
dedicada más a leer que a vivir”. Sus partidarios sabemos, por supuesto, que
leer es una manera de vivir y que otras cosas le han ocurrido aparte de sus
lecturas. Él mismo ha contado muchas de ellas en un breve ensayo de
autobiografía y en las entrevistas que concede con resignación. Los elementos
de su biografía son la biblioteca inglesa de su padre, de la que a veces cree
no haber salido nunca, el Buenos Aires de comienzos de siglo, la adolescencia
en Europa, otra vez Buenos Aires y la elección de una carrera literaria, el
empleo en una biblioteca suburbana, Perón, un nuevo oficio de profesor y
conferenciante, la fama tardía y aceptada, la ceguera, los viajes y los
honores. De otra parte está la vida secreta que todo hombre tiene y que sólo
revelan (o pretenden o creen revelar) los autores de confesiones, género al que
Borges no es aficionado: la relación con los padres, terreno en el que los
ángeles no se aventuran pero donde se precipitan algunos, provistos de gruesas
botas freudianas; los amores, los muchos amores a un tiempo famosos y
desconocidos; los incidentes, encuentros, sentimientos, triunfos y vergüenzas
que guarda para sí: su intimidad, en suma, que ha callado siempre con
elegancia, a la que aluden de manera indirecta unas cuantas páginas de su obra
y que, a pesar de las apariencias, no ha mostrado nunca en las entrevistas, en
las que suele repetir las mismas anécdotas, los mismos hechos pintorescos (esa
tortuga que purificaba en el fondo del pozo el agua que bebía la familia), las
frases generosas sobre los amigos, las ironías sobre los demás y sobre el joven
Borges ultraísta o el Borges de estos años, personaje internacional. En fin,
una tercera vida que son sus libros, lo único que conocíamos de él antes de que
lo alcanzara la fama y que, bien mirado, son suficientes.
No era fácil escribir una
biografía de Borges. Rodríguez Monegal se ha limitado a reunir y aumentar con
unos cuantos datos inéditos los testimonios sobre la vida pública que ya se
conocían, aunque dispersos en muchos libros y revistas. La mayoría de las veces
ha eludido la vida secreta o no ha hecho sino aludir a ella con discreción.
Esto último no es una crítica sino más bien un elogio. La única excepción son
sus ensayos de psicoanálisis. La interpretación de las relaciones que mantuvo
Borges de niño con sus padres es, para el no creyente, fantástica, temeraria
–puesto que no es posible que Rodríguez Monegal disponga de suficientes
elementos de juicio- y, a fin de cuentas, inútil. Lo mismo puede decirse de
otro momento de la vida de Borges en que se aplican estas convenciones: la
muerte del padre, el grave accidente que sufrió poco después y el hecho de que,
al reponerse, escribiera el primero, o uno de los primeros, de sus cuentos. En
descargo de Rodríguez Monegal cabe señalar que las especulaciones están
presentadas como tales, separadas claramente de las páginas biográficas y
críticas. Rodríguez Monegal no ha escrito una biografía psicoanalítica de
Borges, aunque haya caído varias veces en la tentación, sino una biografía
literaria, como lo anunacia el título elegido, es decir centrada en las
actividades literarias de Borges, que ha sido escritor, traductor, director de
revistas, director de colecciones, asesor editorial, periodista literario,
profesor y conferenciante de literatura. La investigación es amplia, el juicio
crítico seguro y, sobre todo, Rodríguez Monegal sabe contar bien y con
sobriedad. El libro no dejará del todo satisfecho a nadie, como suele ocurrir:
si quien escribe la vida de un autor que admiramos nos diera la impresión de
conocerlo y comprenderlo perfectamente, llegaríamos a creer que el biógrafo es
mejor escritor que el biografiado: en el presente caso, nos dedicaríamos a
releer a Rodríguez Monegal y no a Borges. No es así, pero el libro se lee con
interés y es difícil imaginar quién podría haber escrito uno mejor. Rodríguez
Monegal siente por Borges la simpatía y la admiración indispensables, sin
llegar a la idolatría. Está cerca de él y, lo que menos importante, lo bastante
lejos; después de todo, es un uruguayo que escribe sobre un argentino y quizá
la distancia sea propicia; no se limita a exponer y celebrar las opiniones de
Borges, es capaz de contradecirlas y arriesgar las suyas. En fin, Rodríguez
Monegal es un buen lector y crítico de Borges pero, felizmente, salvo algún
adjetivo, como un saludo al pasar, no es un “borgiano” ni en la exposición ni
en el estilo. Esto hay que agradecérselo. Un ejemplo negativo aclarará lo que
quiero decir. Al final de una larga entrevista que concedió a la televisión
francesa, se veía a Borges rodeado de amigos, a quienes pidió que hicieran un
comentario. Sólo se animó una señora, que dijo más o menos estas palabras: “Yo
creo, Georgie, que todos nosotros somos un sueño tuyo, que tú nos estás
soñando”. A veces los admiradores...
El libro se ha publicado en
los Estados Unidos y está dirigido a lectores norteamericanos. Entramos en él
como en una casa a la que no hemos sido invitados; la conversación se extiende
en temas que nos son un poco ajenos, advertimos errores u omisiones que quisiéramos
corregir, no debemos olvidar que en realidad nadie habla con nosotros, más vale
esperar otra reunión, quiero decir la edición en español, en la que sin duda el
autor hará algunas modificaciones. Cabe adelantar unas cuantas observaciones y
aquí hemos de limitarnos a dos, una sobre la influencia inglesa en Borges y
otra sobre el momento en que empieza a escribir cuentos.
Rodríguez Monegal insiste en
la importancia del inglés en la vida y obra de Borges, y este debe haber sido
uno de los temas de mayor interés para sus lectores. Borges, que tantas veces
ha declarado su amor por el inglés y las literaturas de lengua inglesa, se
sentirá, por supuesto, de acuerdo. Tal vez parezca impertinente pensar que, en
ocasiones, ambos exageran un poco. No es inútil recordar, desde luego, que
Borges comenzó a hablar inglés muy pronto con su abuela paterna Fanny Haslam,
que aprendió a leer en inglés y que en este idioma hizo casi todas sus primeras
lecturas. En cambio, no parece demostrado que fuese un niño bilingüe y el
inglés para él algo más que un segundo idioma. Cuando Borges era niño su madre
no sabía inglés (que aprendería años más tarde), el español era el idioma usado
entre los padres y (es de suponer) entre el padre y el hijo. No obstante,
Rodríguez Monegal habla de un “doble código lingüístico”. La biblioteca del
padre estaba formada sobre todo por libros ingleses, mientras que el español se
hallaba asociado a los antepasados militares -¿por qué en particular a ellos y
no a la madre, a la vida de todos los días, a la ciudad en que vivían?- y, en
consecuencia: “Si el inglés era el idioma de cultura, el español se convertiría
en el idioma asociado a los hechos de armas y los dioses de la guerra”. Esta
suposición permite imaginar una crisis que, a su vez, culmina en una supuesta
solución: Borges “tratará de dar a esta crisis lingüística que impregnaba su
experiencia una solución paradójica en obras que, aunque escritas en ese idioma
inferior, el español, se hallaban sintácticamente más próximas del idioma
inglés”. Es mucho suponer.
Borges escribió de niño, a
los seis años, un resumen en inglés de la mitología clásica y luego, a los
siete u ocho años, un relato más o menos fantástico, “La visera fatal”, en el
que pretendía (como muchos adultos antes y después) imitar el estilo de
Cervantes. Ahora bien, citando a Borges, Rodríguez Monegal afirma que éste leyó
el Quijote en inglés e intentó el
ejercicio de plagio a través de unos cuantos capítulos leídos en español. El
lector cree deducir que, siendo muy niño, Borges leyó todo el Quijote en
inglés, lo cual parece extraño, por más anglófila que fuese la familia. Puesto
a leer el Quijote, ¿no hubiese sido
mejor que el padre le pusiera el original entre las manos? ¿O no había un Quijote en español en casa? Parece que
sí, puesto que Borges suele recordar una edición Garnier, que siempre le ha
parecido el verdadero Quijote, porque
lo leyó por primera vez en ese libro de tapas rojas. En segundo lugar, ¿cómo se
entiende que Borges haya dicho también que la primera novela que leyó por
entero, después de recorrer las Mil y una
noches y algunos libros de Stevenson, fuese La casa de los postigos verdes, de Douglas, a los doce años de
edad? Lo más probable es que, como nos pasa a todos, Borges no tenga recuerdos
perfectamente claros de sus primeros años y que en su familia, como también
sucede, la precocidad de los hijos se haya vuelto cada vez más extraordinaria a
medida que pasaba el tiempo. Nada de esto tiene gran importancia, como no sea
para advertirnos que conviene avanzar con prudencia en el terreno movedizo de
los recuerdos de infancia. Rodríguez Monegal ha desoído la advertencia. La
imitación de Cervantes, primer ejercicio propiamente literario, no confirma la
teoría del doble código lingüístico o es un derrocamiento muy temprano del
inglés como idioma de cultura.
La primera obra publicada de
Borges es una traducción de Oscar Wilde escrita a los nueve años. Debe ser una
buena traducción: cuando apareció, un profesor de inglés la adoptó como texto
de clase y más de un lector la atribuyó al padre de Borges. La traducción de
Wilde demuestra que Borges conocía el inglés pero también que dominaba el
español, no sólo como un lector que comprende el sentido de un texto, sino como
un escritor principiante capaz de redactar en un estilo por lo menos correcto.
Por lo general se traduce de la lengua aprendida a la lengua materna. No es
posible, o aconsejable, por otra parte, emprender una traducción literaria si
antes no se ha leído mucho en el idioma al cual se traduce. Creo –también esto es
una suposición, pero parece fundada- que Borges ha olvidado muchas de sus
lecturas de infancia en español.
Sobre todo cabe dudar que,
como afirma Rodríguez Monegal, Borges haya escrito nunca obras en español que
“están sintácticamente más próximas al idioma inglés”, afirmación que sería
necesario demostrar. Por lo demás, Rodríguez Monegal no insiste demasiado en
ella y en otro lugar la contradice o corrige: Borges, observa con toda razón,
es un escritor de lengua española y, más concretamente, un escritor
hispanoamericano de la región del Río de
La influencia inglesa en Borges
es literaria, no lingüística: el amor por ciertos autores leídos muy pronto y
recordados siempre; la preferencia por ciertos temas y hasta por cierta manera
de tratarlos; es mucho, pero no la intimidad irremplazable de la propia lengua.
Esa intimidad no tiene relación alguna –¿es preciso repetirlo?- con el purismo,
el casticismo y el academismo, supersticiones dialectales que no hace falta
tomar en serio. Borges puede elogiar el idioma inglés, que no se siente digno
de manejar (¿qué quiere decir ésto?),
celebrar el latín que aprendió y olvidó, recordar que el alemán fue el idioma
que estudió por propia elección, y limitarse a declarar que el español es su
destino. Basta: el destino de un escritor es su lengua. También es su destino
–que a veces le pesa- haber sido Borges.
Dicho esto, hay que reconocer
que el propio Borges es un poco responsable de muchas confusiones, de que lo
tomen por un escritor que escribe un español a la inglesa y también (Rodríguez
Monegal no comete estos errores) de que lo llamen un escritor inglés que
escribe en español o un hombre ajeno a toda patria y a toda tradición. Frente a
la hispanidad, la latinidad, la americanidad y hasta la argentinidad, temas tan
frecuentados, Borges se ha callado siempre o ha hablado con ironía o escepticismo.
Rodríguez Monegal piensa que su escaso entusiasmo por españoles e italianos
viene de que en Buenos Aires, a comienzos de siglo, la mayoría de los
inmigrantes eran españoles o italianos y Borges los sentía ajenos, muy
distantes y distintos de los libros que prefería. En su ensayo autobiográfico
Borges recuerda que cuando leyó a Prescott, de niño, le extrañó que presentara
a los conquistadores como personajes novelescos; para él, descendiente de esos
soldados, eran gentes sin interés. La explicación no es muy clara. ¿Los
conquistadores no eran interesantes por ser antepasados suyos? Sin embrago
otros antepasados militares, más cercanos, como el coronel Suárez, a quien
siempre ha considerado el vencedor de
Junín, le interesan mucho. En todo caso Borges no parece haber leído, o al
menos no ha comentado a los cronistas del descubrimiento y conquista de
América, en los que tal vez hubiera encontrado el sabor de la aventura que le
es tan grato en las sagas. Borges no fue nunca un hispanista como no fue nunca
un afrancesado, las dos tendencias preferidas de los intelectuales
sudamericanos de su generación. Desde joven solía burlarse de los dogmas
aceptados en el medio literario de Buenos Aires –el nacionalismo, el culto por
España o por Francia- y prefirió inventarse un personaje un poco marginal:
tenía sangre inglesa, era gran aficionado a la literatura inglesa, compuso un
Borges tan británico que muchos (y hasta él mismo en momentos de distracción)
llegaron a tomarlo al pie de la letra. En el anglicismo de Borges hay, por
supuesto, interés y admiración por la cultura inglesa, pero también cierta
oposición al medio que los rodea. Sin embargo el humor, la ironía, la exclusión
de lo oratorio y lo patético, como el gusto por los trajes bien cortados, son
características difundidas del caballero inglés que pueden darse, sin mayores
consecuencias, en caballeros de otros países. En todas las grandes ciudades
latinoamericanas tuvimos en la primera mitad del siglo, y quizá seguimos
teniendo, nuestros anglófilos, personajes discretos por definición. Borges ha
sido uno de ellos, por supuesto, sobre todo literario (más admirador de la
prosa de Stevenson que de la política de Thatcher), pero cabe recordar que en
alguna ocasión se olvidó del juego. Me apresuro a decir, antes de citar la
anécdota que cuenta María Esther Vázquez, que no sugiero que Borges haya
disimulado durante años bajo una máscara británica su patriotismo vociferante.
Lo más probable es que se olvidara de pronto de un personaje e inventara otro.
Londres, 19 de octubre de 1964. Borges quiso probar hidromiel, la bebida
que tomaban los anglosajones. Él y Mr. Fleming, el acompañante asignado por el
Consejo Británico, compraron una botella y, ya en el hotel, se tomaron más de
la mitad. Borges, excitado por el alcohol, al que no está acostumbrado, olvidó
su natural cortesía y comenzó a reprocharle a Mr. Fleming las Invasiones
Inglesas. Ante la mirada azorada del joven representante de Su Majestad
Británica, terminó casi amenazador: “Pero nosotros los echamos a puntapiés,
tirándoles agua y aceite hirviendo desde las azoteas”. Mr. Fleming, que no
tenía la menor idea de tales invasiones, se limitaba a asentir, atónito: “Of
course, of course...” (
Borges y muchos de sus críticos
creen que el primero de sus cuentos es “Pierre Menard, autor del Quijote”, recogido en El jardín de los senderos que se bifurcan y
luego en Ficciones. Es sorprendente
que, casi llegado a los cuarenta años, un escritor intente por primera vez un
género nuevo para él y escriba una obra maestra. ¿Por qué no los había escrito
hasta entonces? Las preguntas recuerdan un poco el instante decisivo que a
veces descubre Borges en la vida de algunos escritores o de los personajes de
sus cuentos: de pronto se produce una iluminación y el hombre sabe para siempre
quién es. Él mismo se ha limitado a contar los hechos. A comienzos de 1938
murió su padre. Ese mismo año, poco antes de Navidad, Borges fue a casa de una
amiga que debía almorzar con él y con su madre; mientras subía corriendo las
escaleras no vio una ventana abierta y se hirió en la frente; se presentó una
infección que lo tuvo entre la vida y la muerte (para el protagonista de “El
Sur”, víctima de un accidente semejante, esos días son un descenso a los infiernos).
Al recobrarse temía haber perdido las facultades mentales; se dijo que si no
lograba escribir un poema o un ensayo, el fracaso sería demasiado violento;
prefirió intentar un cuento, género que no practicaba, y escribió “Pierre
Menard, autor del Quijote”. Rodríguez
Monegal sugiere una explicación psicoanalítica. Borges, que era soltero y vivía
con su madre, iba en busca de una amiga: esto es, o puede ser, “significativo”.
El golpe en la escalera debe entenderse como una expiación subconsciente por la
muerte del padre, y después de ese suicidio simbólico vino el renacimiento.
Borges escribió los cuentos de que hasta entonces no había sido capaz.
Todo esto es muy interesante
pero cabe señalar como lo hace el propio Rodríguez Monegal, que Borges había
escrito antes otros cuentos: “Hombre de la esquina rosada” y los relatos de
Para el misterio, admitiendo
que exista un misterio, puede proponerse otra explicación modestísima, de
carácter meramente literario: Borges escribió sus cuentos cuando fue capaz de
escribirlos, en la evolución normal de un escritor que llega a su plena
madurez. La clave se halla en los propios textos. “Hombre de la esquina rosada”
y los relatos de
En “El acercamiento a
Almotásim” se advierten, en cambio, las condiciones estructurales y
estilísticas que hacen de Borges el gran narrador que conocemos; por primera
vez se adueña de esa región que es sólo suya y que se encuentra entre la
crítica, la metafísica y la poesía. Que Borges presentara el cuento en forma de
reseña bibliográfica puede atribuirse, como él mismo lo ha hecho (con su
autoironía habitual) a la pereza de escribir toda una novela, pero sin duda lo
animó un propósito consciente de renovación formal. Lo propiamente narrativo es
sólo parte del relato, el resumen de la novela comentada. En las observaciones
críticas se discute la narración, se señalan posibles variantes, implicaciones,
consecuencias: vemos al cuento haciéndose, el cuento se critica a sí mismo. Se
dice, por ejemplo, que en una segunda edición de su novela, el autor ha
sugerido que el misterioso Almotásim, a quien el protagonista busca en vano por
toda
Borges ha descubierto el
cuento que es también un ensayo y empleará la misma técnica de exposición en
“Pierre Menard...”. Menard se propone escribir otra vez, palabra por palabra,
el Quijote de Cervantes, y lo
interesante no es tanto su decisión cuanto las especulaciones que suscita. Un
párrafo de Cervantes escrito por un oscuro autor francés del siglo veinte
cambia por completo de significación, lo cual entraña una teoría de la lectura.
La idea podía haberse expuesto en un ensayo, sin elementos narrativos, y en
realidad Borges ya lo había hecho. Rodríguez Monegal cita “La fruición
literaria” (artículo de 1927, recogido en El
idioma de los argentinos, 1928), en que se analiza una imagen poética en
función de sus posibles autores –un poeta contemporáneo, un poeta chino o
siamés, el testigo de un incendio, Esquilo- y se demuestra que, en cada caso,
nuestro juicio será distinto (aunque lo más probable es que, si somos
prudentes, no nos pronuciaremos hasta conocer al autor). El ejercicio de
imaginación crítica resulta más eficaz en un cuento, pero como simple narración
“El acercamiento a Almotásim” es quizá más impresionante que “Pierre Menard,
autor del Quijote”.
Parece improbable que “Pierre
Menard, autor del Quijote”, aunque
escrito después de la muerte del padre y el grave accidente, sea un momento
decisivo en la obra de Borges o una clave de su presunto enigma biográfico.
Después de Cuaderno San Martín (1929),
Borges no había publicado otro libro de poemas y debía pensar que la poesía lo
había abandonado a él. Durante los años treinta su interés por la narración fue
haciéndose más intenso. En el prólogo a La
invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, Borges defiende la
narración fantástica y critica la novela realista o psicológica, que a muchos
parecía la única forma moderna; del mismo año es
Mis dos objeciones al libro
de Rodríguez Monegal son en realidad una sola: la inutilidad de los mecanismos
psicoanalíticos aplicados a la biografía de un escritor. El psicoanálisis
supone la organización de los datos biográficos en torno a ciertos elementos
que se consideran fundamentales y los resultados sólo convencen a quienes están
convencidos de antemano. En las grandes biografías sentimos la impresión de ver
vivir a un hombre; en otras, ese hombre desaparece y queda el autor que expone
sus disquisiciones, más o menos ingeniosas o mecánicas. No hablo de un problema
científico –la verdad o el error de ciertas teorías-sino de uno artístico, la
presentación de unos hechos. Cuando los hechos han sido presentados
eficazmente, el lector puede ordenarlos según las teorías que prefiera, sin
someterse a ninguna imposición. Tratándose de un escritor, el psicoanálisis
puede relegar a un lugar secundario la interpretación literaria. No creemos en
el “doble código lingüístico”, que explica la infancia de Borges, pero echamos
de menos un examen de cómo fue formándose su estilo; no nos convence la
hipótesis de la muerte y el renacimiento simbólicos, pero quisiéramos seguir
más de cerca su carrera de escritor, sobre todo durante los años treinta,
cuando alcanza, no sin esfuerzo, una espléndida madurez. Rodríguez Monegal
estudia, casi siempre con mucha inteligencia, cada uno de los libros de Borges,
pero no llegamos a advertir con entera claridad esa evolución y, a diferencia
de otros, Borges es un autor que ha estado siempre en movimiento. Quizá era
mucho pedir todo esto en un libro dirigido al público norteamericano; cabe
esperar que en la versión española, Rodríguez Monegal trate con mayor
detenimeinto nuevos aspectos, sobre todo los propiamente estilísticos, que no
pasan con dificultad, a otro idioma. (Borges enseña que es un prejuicio suponer
que una traducción es siempre superior al original; de acuerdo, pero al leer
las muchas citas de sus libros en esta biografía, descubrimos con cierto
escándalo que Borges es siempre mejor en español, aunque él mismo haya colaborado
en las traducciones.)
©Luis
Loayza, 2000.