Esporas de América Latina

“esporas”, en griego, significa “semillas”. Los microrrelatos, cuentos breves son una suerte de semillas en donde se concentran literatura, vida, ideas, emociones y tantas otras cosas más. Esta sección está dedicada a dichas “formas breves” de escritura.

 

César Aira (Coronel Pringles, 1949), novelista, ensayista, dramaturgo y traductor es uno de los autores más importantes de Argentina y de América Latina. Vive y trabaja en Buenos Aires, en el barrio de Flores, desde 1967. Publicó su primera novela Moreira en 1975 y desde esa fecha no se ha detenido, creando así una de las más vastas obras narrativas del continente, una perfecta “máquina de narrar”. Aira es un fino explorador del lenguaje, poseedor de una imaginación desbordante y de un equilibrio pocas veces visto en la literatura que se traduce en la sapiente combinación de lo verosímil con lo fantástico. Esta arquitectura produce una fuerte atracción en el lector. Escritor culto, dueño de una prosa prístina que sostiene el complejo andamiaje de las ideas efervescentes y de los múltiples sentidos, Aira es un narrador muy visual, pletórico de imágenes, cinético. Es uno de los animadores de la editorial rosarina Beatriz Viterbo que cuenta con un catálogo de calidad y con una “Biblioteca César Aira” en la cual se pueden encontrar una parte consistente de sus novelas y de sus ensayos. La obra de Aira está publicada en Venezuela, México, Chile, España y traducida en Brasil, Francia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra. Entre sus obras de narrativa podemos citar Ema, la cautiva  (1981),  Canto castrato (1984), Una novela china  (1987),   El llanto  (1992),   Cómo me hice monja (1993),  La guerra de los gimnasios (1993), La costurera y el viento (1994), Los dos payasos (1995),  El congreso de literatura (1997), Las curas milagrosas del Dr.Aira (1998), Un episodio en la vida del pintor viajero (2000), La Villa (2001), Cumpleaños (2001), Varamo (2002), Las noches de Flores (2004), Cómo me reí  (2005), Parménides (2006); de ensayo Copi (1991),  Alejandra Pizarnik (1998), etc.

 

“A pie de página” agradece profundamente a César Aira su cortesía y gentileza por habernos permitido publicar algunos fragmentos del Diario de la Hepatitis.

 

 

“Cuando se habla de la segunda conciencia, la ‘conciencia de la conciencia’, y de la tercera, y la cuarta... No puedo dejar de pensar que el modo de detener esa escalada es crear una ficción, un dispositivo como los de la Literatura, que sirva de escenario, laboratorio, estadio final, de todos los infinitos ”

 

©César Aira, Diario de la Hepatitis, Buenos Aires, bajo la luna, (2da ed.), 2003.


Martes
Miércoles
Sábado
Domingo
Viernes


 

DIARIO DE LA HEPATITIS

(febrero de 1992)

 

 

MARTES

 

Qué sentimiento de error interminable... Es el resultado obvio de la situación. En el estado febril de esta tarde, en la angustia, trataba de dorimir dando vueltas en la cama... De pronto noté que había dormido, quizá muy poco, unos segundos. O una hora. Imposible decidirlo, y además no tenía la menor importancia. Lo único cierto era que ya estaba despierto otra vez. Sabía que había dormido porque recordaba el sueño: yo o alguien desde mi punto di vista tomaba un helado, creo que de limón por lo blanco, y en un corpúsculo de la crema, en una gota que saltaba, había hombrecitos...

 

Entonces... me avergüenza decirlo... ¡hasta dónde llegará la miseria que padezco!... empecé a tratar de atraer al sueño pensando en hombrecitos en una gota de helado... a enhebrar las divertidas o peligrosas aventuras de los hombrecitos en el helado...

 

©César Aira, 2003.

 


 

MIÉRCOLES

 

Pasada esta crisis de la novela, los pajaritos vuelven a lo suyo. Tras una serie interminable de tijeretazos, el gran chillido. Eso sucede todo el día, en todas las horas de luz.

 

Hay pájaros imitadores. ¿Habrá pájaros inimitables? Quizás es todo lo que se proponen ser. Quizás todo lo que estamos oyendo son maniobras armónicas para hacer imposible la imitación. Complicaciones raras para desorientar al imitador. Si ésa es la intención, la repetición no es una torpeza: es el truco más sutil.

 

Entra en el aire por mi ventana, en forma de nada, como si viniera de espaldas.

 

Entró en el aire, rígido como una piedra.

 

Entró el pensamiento, contoneándose.

 

Entró una bola de plástico rosa, y cayó sobre mi pie descalzo.

 

©César Aira, 2003.

 


 

SÁBADO

 

Bien pensado, en la prosa todo es paréntesis, especialmente en la prosa que se sabe prosa, la que se complace de serlo.

 

La prosa es el mecanismo de los paréntesis –creo que es más bien a la inversa.

 

La prosa es la lengua escrita, liberada de las restricciones de la memoria y de la irreversibilidad del sentido.

 

Escribir es entrar en el reino encantado de las adivinanzas.

 

Adivinanzas. Paréntesis.

 

Las soluciones de las adivinanzas se escriben siempre cabeza abajo.

 

©César Aira, 2003.

 


 

DOMINGO

 

Luz, madre del sueño.

 

Industria blanca de bostezo, la somnolencia y el dormir profundo.

 

Claridad de hipnotismo.

 

Ojos que se cierran en las transparencias del aire.

 

Día que me adormece en sus honduras cada vez más ilumindas.

 

Deslumbramiento narcótico...

 

©César Aira, 2003.

 


 

VIERNES

 

Hay una mujer en el barrio, alta, flaca, rubia, de edad indefinida, que se pasea repitiendo “Véte Satanás”. Es su ensalmo, su paseo, su OM. Va y viene todo el día; debe de tener su base de operaciones en el templo evangélico de aquí a la vuelta. La veo desde la ventana.

 

El barrio está pasando por un momento raro: una anciana agoniza en la planta baja a la calle, con la ventana abierta, la cama al lado de la ventana, un velador encendido en la mesita de luz las veinticuatro horas. Otra, provecta, deformada por la delgadez, vigila en la puerta de la casa de la esquina, justo frente a mi ventana. La sacan en la silla de ruedas a las ocho de la mañana, y ahí se queda hasta la noche, apenas cubierta con un camisón blanco, mostrando las piernas esqueléticas.

 

Los pájaros sacan chillando uno por uno todos los tornillos de estos días interminables.

 

Véte, Satanás.

 

Me pregunto si existirán de verdad las inclusiones, del tipo: yo estoy en mi cama, mi cama está en mi casa, mi casa está en el barrio, el barrio en la ciudad, la ciudad...

 

Quizás existen, pero en un registro instantáneo, sin duración. El tiempo las está desplazando todo el tiempo, aunque yo siga en la cama.

 

Mi cama está en el mundo, el mundo está en el barrio, el barrio está en mi casa...

 

No es tanto un sistema de inclusiones como de expulsiones. Véte Satanás.

 

Y es menos un ensalmo o una amenaza que una descripción. Las expulsiones se consuman sin cesar. A gran velocidad, todo el tiempo, como un desplazamiento incesante y atorbellinado.

No se concibe la poesía argentina de los años sesenta sin “la loca”. Es el personaje central, la figura recurrente. Si alguien alguna vez se propusiera hacer un estudio de la poesía de Alejandra, paradigma de los poetas de esa época, debería empezar por “la loca”.

 

La loca era una ficha poética, desprovista de sentido. Tardó muchos años en recuperarlo. Pero aquí también, recuperarlo no es incorporarlo, sino expulsarlo.

 

“Lo expulsado por el vacío creador” (Lezama Lima).

 

©César Aira, 2003.